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lunes, abril 13, 2026
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El poder y su relación con la verdad que fabrica

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Lorenzo Córdova Vianello abre con una tesis y la sostiene hasta el final: todo gobierno autoritario se construye sobre el monopolio de la verdad. El exConsejero Presidente del INE, hoy columnista de El Universal, conoce el mecanismo desde adentro, desde años de administrar procesos electorales bajo presión política constante, y escribe sobre él con la precisión de quien lo ha visto operar de cerca.

El argumento central de la columna es que el autoritarismo y el pensamiento absolutista comparten una misma raíz. Córdova Vianello cita a Hans Kelsen para sostener que entre ambos existe “un nexo causal indisoluble”: quien asume que posee la verdad de forma absoluta, por una pretendida superioridad ética u ontológica, construye inevitablemente un sistema de poder que no tolera la contradicción. La lógica binaria que describe el columnista es simple y por eso tan eficaz: o se tiene la razón o no se tiene. Y dado que el autoritario ocupa el primer lugar de esa ecuación por definición, cualquier voz que diverja no está interpretando la realidad de otra manera, está equivocada, está mintiendo o persigue, en palabras del autor, “alguna finalidad perversa y deleznable.”

Esa lógica tiene una consecuencia práctica inmediata: la crítica se vuelve impensable como ejercicio legítimo. El columnista señala que el autoritario descalifica por instinto cualquier cuestionamiento, sin detenerse a examinar si tiene fundamento. Hacerlo significaría admitir la posibilidad del error, y admitir el error equivale, en esa arquitectura mental, a ceder terreno en la disputa por la verdad. Por eso la respuesta refleja es siempre la misma: el que critica miente, el que cuestiona tiene motivos oscuros, el que señala inconsistencias es un enemigo.

Lo que sigue en la columna es el retrato de la mentira como herramienta de gobierno. Córdova Vianello la describe como “un hábito reiterado, una manera de enfrentar los cuestionamientos.” La mentira funciona porque es inmediata, porque no requiere demostración y porque puede repetirse indefinidamente. Los datos contrarios se neutralizan con otros datos, los hechos incómodos se sustituyen por una realidad alterna. El autor no personaliza el argumento en ningún gobernante específico, pero el marco que construye es reconocible para cualquier lector con alguna memoria reciente.

La propaganda, escribe Córdova Vianello, es el instrumento que convierte esa mentira en discurso oficial. Aclara que la propaganda no es exclusiva de los autoritarios, pero para ellos es imprescindible. El autócrata necesita canales de comunicación “múltiples y bien aceitados” entre él y sus seguidores, porque de esos canales depende que su versión de la realidad se conozca y se asimile. La columna traza una línea que atraviesa el fascismo, los totalitarismos del siglo pasado y la autodenominada 4T: todos han volcado las capacidades del Estado en reproducir la voz del líder. El paréntesis es breve pero contundente, porque ubica al gobierno actual en una genealogía que sus propios voceros rechazarían con vehemencia, lo cual ilustra exactamente el mecanismo que Córdova Vianello describe.

El episodio concreto que cierra la columna es, en apariencia, menor: una mujer asoleándose en Palacio Nacional. El aparato propagandístico lo calificó primero como un montaje de los enemigos del gobierno. Luego tuvo que reconocer que mintió. Córdova Vianello elige ese ejemplo precisamente por su trivialidad, porque si el sistema miente sobre algo tan intrascendente, la pregunta que queda flotando es qué hace con los asuntos que sí importan. La torpeza del episodio lo muestra inocuo; en el fondo es profundamente revelador. El columnista lo llama “un enorme aparato de manipulación y propaganda” que a veces se tropieza con su propia inercia.

La columna de Córdova Vianello funciona como un ejercicio de taxonomía política. Describe un tipo de poder, sus reflejos, sus herramientas y sus debilidades, con la distancia analítica de quien estudia el fenómeno y la cercanía de quien lo padeció institucionalmente. El resultado es un texto que pesa más de lo que sus dimensiones sugieren, porque cada afirmación tiene el respaldo de quien sabe, por experiencia propia, cómo se ve el poder desde el lugar donde se supone que alguien lo vigila. Que ese lugar ya no exista con la misma solidez es, quizás, el subtexto más inquietante de todo lo que escribe.

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