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Bahía de Banderas, el alto precio del paraíso

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El municipio nayarita se consolidó como uno de los mercados inmobiliarios más dinámicos del país, impulsado por inversión extranjera y turismo de alto nivel. Pero ese crecimiento tiene un costo, la vivienda dejó de ser accesible para quienes viven y trabajan ahí

Bahía de Banderas se vende como un paraíso, playas, inversión récord y desarrollos de lujo sostienen esa narrativa. Pero detrás de esa imagen hay otra historia, la de un mercado inmobiliario que crece mientras quienes lo sostienen quedan fuera.

Aquí sí hay una explicación clara. Turismo internacional, inversión extranjera, desarrollos de alto nivel y una demanda constante que no depende del ingreso local. Lo que en otros lugares es una excepción, en la costa de Nayarit es la regla.

En 2025, el municipio registró un incremento anual de 11.9 por ciento en el valor de la vivienda (octavo lugar nacional) según los datos de datos de la Sociedad Hipotecaria Federal. No es un dato aislado, no es una anomalía, como Tepic, es parte de una tendencia sostenida que ha colocado a la región en el mismo circuito que destinos como Cancún o Los Cabos, donde el mercado inmobiliario responde más a dinámicas globales que a condiciones locales.

El crecimiento no es espontáneo. Está impulsado por capital de gran escala.

Recientemente se anunció uno de los proyectos más representativos en el sur del estado, Costa Canuva, ubicado en el municipio de Compostela. El desarrollo contempla más de 4 mil 500 unidades habitacionales y una inversión superior a los 20 mil millones de pesos. Las proyecciones estiman una derrama económica de hasta 180 mil millones en los próximos diez años.

Desde el discurso oficial, estos proyectos se presentan como motores de desarrollo regional. Generación de empleo, atracción de inversión y mejora en la calidad de vida aparecen como beneficios centrales.

La lógica del mercado cuenta otra historia.

“Estamos construyendo casas como segundo hogar para extranjeros, desde 600 mil dólares. El 100 por ciento de nuestros compradores no es de la región”, señala Luis Alberto Molina, ingeniero civil y desarrollador en Bahía de Banderas.

El dato no deja espacio a interpretación. El mercado no está diseñado para el habitante local.

“Ni siquiera la mayoría de las personas puede acceder”, admite. Es decir, no se trata de una falla del sistema, sino de su funcionamiento normal: la vivienda dejó de ser una solución habitacional y se convirtió en un instrumento de inversión.

En este modelo, la propiedad se compra para vacacionar, rentar o resguardar capital. No para habitar de forma permanente, y la consecuencia es directa, el trabajador promedio queda fuera.

No compite en el mismo mercado. Mientras los desarrollos se cotizan en dólares y se orientan a compradores extranjeros o inversionistas, los ingresos locales operan en pesos y bajo otra lógica. El resultado es una brecha estructural, precios internacionales frente a salarios locales.

Pero el problema no se limita a la compra. Se traslada a la renta, al territorio y a la forma en que crecen las ciudades.

“El desplazamiento ya es evidente. La gente se está moviendo a zonas como San José, El Porvenir o San Vicente. Incluso lugares como Valle Dorado se volvieron imposibles de pagar para trabajadores de hotelería y construcción”, explica Molina.

La presión no termina ahí. En otros puntos de la costa, el fenómeno adquiere formas más precarias.

“En Guayabitos y Sayulita hay asentamientos irregulares sin servicios básicos. Son zonas donde viven obreros y prestadores de servicios que ya no pueden pagar una renta formal”.

El crecimiento, lejos de integrar, está segmentando. Por un lado, desarrollos de alto nivel con acceso a servicios, infraestructura y plusvalía. Por el otro, una población desplazada hacia la periferia, a zonas con menor calidad urbana o directamente fuera del mercado formal.

A esto se suma un problema que rara vez aparece en el discurso institucional, la capacidad de la región para sostener ese ritmo de crecimiento.

“No es sostenible. La construcción va más rápido que los servicios. Hay problemas con el suministro de agua, el drenaje no alcanza, la energía es de mala calidad y las vialidades son insuficientes”, advierte el especialista.

El diagnóstico es claro, no se trata solo de vivienda cara, se trata de un modelo de crecimiento desarticulado.

A esa presión interna se agrega un factor adicional. México dejó de ser únicamente un país de tránsito migratorio y comenzó a consolidarse como destino, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. En regiones turísticas como esta, ese flujo también compite por vivienda, elevando la demanda en un mercado ya tensionado.

El crecimiento de Bahía de Banderas sí genera riqueza. Sí atrae inversión. Sí posiciona a la región en el mapa internacional. Pero esa riqueza no se distribuye de forma equitativa. El acceso a la vivienda se ha convertido en el punto más visible de esa desigualdad.

Aquí, el problema no es que el mercado esté fallando. Está funcionando exactamente como fue diseñado. Genera valor, atrae capital y eleva el precio del suelo.

Pero en ese mismo proceso, desplaza, segmenta y excluye.

En este paraíso, mientras unos compran para vivir a ratos, otros apenas logran no quedarse sin un lugar donde habitar.

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