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martes, mayo 5, 2026
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La fragilidad a la vuelta de la esquina

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Por Lourdes C. Pacheco Ladrón de Guevara

Socióloga, investigadora de la Universidad Autónoma de Nayarit

Para Rossana Reguillo

Gracias por ayudarnos a pensar

esta sociedad de la muerte,

que no pasa.

Empiezan las conversaciones de lo que ocurrió en el recreo; del camión que tardó en pasar; del libro que se está leyendo: de la serie que se terminó y ahí empiezan a colarse las noticias de la desventura. Aunque no vemos los celulares a la hora de la comida, ya tenemos la suficiente información para darnos cuenta del desajuste de la tarde que se avecina.

Los ruidos de la calle se apagan poco a poco, de tal manera de distinguir el canto de los pájaros. Generalmente no se oyen a esta hora del atardecer porque el ruido de la ciudad ahoga esos pequeños trinos. Ahora, ha quedado en silencio; ya no se escucha el trajín de la ciudad. A lo lejos, se oyen las sirenas. El restaurant de la calle cercana cierra sus puertas. Emerge ese canto de las aves porque nadie les avisa de la fragilidad: el sol sigue ocultándose a la misma hora acompañado de los trinos. Las aves volverán a esperar la salida del sol para anunciar el día.

Los amigos, las estudiantes avisan dónde quedaron atrapados sin transporte público para regresar a casa. Los comunicados oficiales disputan la veracidad de las noticias a los medios de comunicación que se solazan transmitiendo videos de quemas de estacionamientos, de negocios; la obstrucción de carreteras.

Así es como la fragilidad se apodera de la tarde. Las familias nos enviamos mensajes de quedarnos en casa. Cerramos las ventanas ante el infortunio. Aunque no estamos en la zona norte de la entidad, la que parece que tiene mayores disturbios, el miedo ya está entre nosotras porque la habíamos experimentado antes. Tenemos la memoria de los destrozos, de los desmanes, de los robos de vehículos, de las quemas de negocios, de las obstrucciones de las carreteras. Por eso, basta con que veamos una voluta de humo para que el miedo reaparezca en nuestra propia puerta.

¿Qué hacer? Los comunicados van y vienen. Los temores también. ¿Quién es responsable? ¿quién debe garantizar la simple vida cotidiana donde el transcurrir del tiempo sea posible, dónde decir buenas tarde y buenos días a quienes caminan por la banqueta sea una ceremonia de rutina?

La sociedad es balaceada porque se atrapa a alguien. Un alguien que es más que alguien. Un alguien capaz de cambiar el ritmo del tiempo, de silenciar la ciudad, de interrumpir las clases, de cerrar los negocios, de desviar los flujos de las carreteras.

Cada vez la fragilidad nos cerca. Vivimos en el tiempo normal hasta que el infortunio vuelve a quebrar ese simple transcurrir. No, no es una guerra, no es un huracán el que hace que cerremos las ventanas, que nos alejemos de las puertas; quien vacía las mesas de los cafés. Tampoco es un virus.

Un mundo se nos ha venido abajo, el mundo que pensamos construido sobre bases firmes. Desprevenidas, ingenuas, atolondradas, pensábamos que eso de los balazos era cosa del pasado y que en el pasado había quedado. Nuestras rutinas las creíamos sólidas, por lo tanto, no las veíamos, solo estaban ahí: un día tras otro, llenándose de las pequeñas cosas en que se entretiene el día.

Así nos asalta el desconcierto.

Es la violencia en su careta de crimen organizado quien altera la superficie de la vida social, porque desde antes, ya había alterado la profundidad de la sociedad. No se resigna a perder sus conexiones, su poder, su fuerza, su equilibrio, el entramado de poder, negocio y delincuencia y aquí está, clamando a golpe de violencia, su descontento ante las nuevas reglas del juego que le imponen.

¿Qué nuevos pactos se firmarán? ¿quiénes serán los signatarios? ¿con qué reglas?

Nosotras, la ciudadanía o quien quiera que seamos, el pueblo, la gente, la clase media, los de abajo, los votantes, somos los rehenes. Nuestra capacidad de agencia surge en algunos momentos: en el periodismo crítico, en los estudios profundos, en el activismo. Mientras, los políticos siguen en los espejismos de las concentraciones de fines de semana ante adeptos que bostezan. Ven su imagen en el agua del río, pero el río pasa.

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