En 1894, un químico estadounidense llegó al Territorio de Tepic y se llevó la sorpresa de su vida profesional. ¿El motivo? Un ingenio azucarero en Puga, el cual no tenía ni un solo extranjero. ¡Perooo!, lo más loco… es que producía un azúcar de excelente calidad.
Mr. L. A. Nolf, el químico, llegó esperando ver ingenieros europeos o capataces yanquis, pero ¡sorpresa!, sólo encontró a puros mexicanos haciendo magia. Y no cualquier magia, pues dijo que Puga era menos moderna que La Escondida; sin embargo, el piloncillo que producía era “de blancura y pureza inmejorables”… ¡hasta para los estándares gringos de la época!

Los dueños, Barrón Forbes y Compañía, lo pensaban dos veces antes de modernizar la fábrica, porque el azúcar estaba “baratita”… y en los negocios, primero hay que “sacar la cuenta”.
Se dice, se cuenta, se rumora que Mr. Nolf quedó encantado con la hospitalidad de los representantes de esta casa comercial, con cierto toque de “cosmopolitismo de lo más agradable para el viajero que ha tenido la buena suerte de pasar un día en su fina compañía”… aaay sí, qué finos, finos todos ellos.
El negocio se movía como si fuera sangre en las venas del territorio. San Blas era la salida al mundo, Tepic el corazón y, entre carretas, arrieros y mulas, todos trabajaban para llevar el oro blanco a cada rincón.
“No vacilo en afirmar que más de mil quinientas mulas están empleadas todo el año, para solo el transporte de azúcar… esta azúcar es realmente magnífica”, dijo sorprendido Mr. Nolf. Pero la cosa no estaba fácil.
Según las malas lenguas de las buenas gentes, del otro lado del Pacífico venía la dura competencia del azúcar de las islas Sandwich (lo que hoy conocemos como Hawái), pues traían producción barata, precios bajísimos y una maquinaria industrial que hacía sudar hasta al más optimista de los hacendados.

El mensaje final de nuestro estimado químico fue que México tenía con qué competir, no sólo por cantidad, sino por calidad.
“México ha encontrado, como se ve, en la gran lucha industrial con todas las naciones vecinas, y el deseo del que escribe estas líneas es que esta república sepa vencerlas a todas, tanto por la calidad superior de sus productos como por su precio”, finalizó su relato nuestro estimado químico gringo Mr. A. L. Nolf, en junio de 1894.
Fuente: Pedro López González, “La ciudad de Tepic hace 100 años (1894-1994)”, Revista Trimestral de la Fundación Alica.







