Lorenzo, tío paterno, estrenó reloj y me regaló el suyo, que aún conservo en algún baúl de difícil localización. Era un niño, y portarlo me dio sensaciones y privilegios. En mi frustrado paso por el seminario, a los once años tocaba la campana para clases y misa. Eso me daba pequeñas libertades legales que otros no tenían. Ni estrenar zapatos me dio esa rara felicidad. Un motivador con ínfulas de psicoanalista dijo que esa embriaguez viene de poseer lo que otros no. Lo dudo. Esa sabia virtud «de conocer el tiempo» (¿qué otra cosa da un reloj?) hoy la tenemos todos: el teléfono da la hora exacta. ¿Por qué los políticos, del PT o de Morena, sienten tanta pasión por relojes de superlujo? Tal vez conocer el tiempo otorgue privilegios que no conocemos.







