Entre el bullicio y la indiferencia que envuelve al corazón de Tepic, aparece la figura encorvada de Jorge Alberto Silva. Con más de 60 años a cuestas, su caminar se ha vuelto una danza lenta y torpe, mientras su mirada vidriosa busca un punto inexistente en el horizonte. Dice ser originario de Morelos, pero ese dato parece ser el único anclaje que le queda con un pasado que se desdibuja cada vez más debido al paso del tiempo y los excesos.
Su refugio se encuentra a orillas del Río Mololoa, un sitio que abandona puntualmente cada mañana para enfrentarse a la ciudad. El motivo de su jornada no es el sustento alimenticio, pues admite que sólo vive para tomar y toma para vivir. Las monedas que logra recolectar tienen un destino único y fatal: la siguiente botella de licor que le permita silenciar la realidad de una existencia que transcurre en el abandono.
Lleva a sus espaldas décadas de un consumo crónico que ha devastado su fisonomía y su voluntad. Hace años intentó sin éxito dejar de beber, pero la enfermedad se arraigó con tal fuerza que hoy parece ser parte de su propia piel. La desnutrición es evidente en su pérdida de peso, proyectando la imagen de un hombre que se desvanece físicamente ante los ojos de quienes pasan a su lado sin detenerse.
Cuando el diálogo intenta profundizar en sus raíces o en la existencia de familiares, su memoria se fragmenta en pedazos irreconciliables. La posibilidad de tener hijos es una pregunta que cae en el vacío de su mente; simplemente no logra recordar si alguien en este mundo lleva su sangre o si alguna vez tuvo un hogar que no fuera el cielo abierto y la humedad del río.
Intentos fallidos marcan su historia personal, incluyendo su paso por grupos de apoyo como Alcohólicos Anónimos que no lograron rescatarlo del abismo. Para él, los mecanismos de rehabilitación quedaron en el pasado, dejándolo atrapado en un ciclo vicioso del que no parece querer ni poder escapar. “No funcionan”, sentencia con amargura Silva al ser cuestionado sobre la posibilidad de buscar ayuda profesional nuevamente.
Las huellas del descuido son visibles en su ropa percudida y sus zapatos destrozados, complementando el cuadro de un hombre que ha renunciado a la dignidad básica. Su aliento, cargado de un olor a alcohol fermentado, es el sello de una condena autoimpuesta que apaga cualquier destello de esperanza entre quienes intentan cruzar palabras con él.
Mientras Jorge Alberto continúa su marcha sin rumbo fijo, la capital mantiene su ritmo frenético, ignorando a un ser humano que parece destinado a perecer en el anonimato. Lamentablemente, en su mundo de sombras, nadie lo busca y su ausencia no parece importar a una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado mientras él camina hacia su fin.







