S.J. Murray abre con una fecha que descoloca: hace unos dos mil años, el filósofo romano Séneca ya advertía de una crisis de atención. El culpable de entonces era el papiro, que acababa de volverse accesible, de modo que los rollos abundaban y los lectores con dinero disponían de más textos que nunca. Séneca observó que las mentes que leían demasiados rollos demasiado rápido se volvían inquietas e inestables, menos capaces de «poder fijarse en un lugar y de morar consigo misma». Su diagnóstico cabe en una línea que el ensayista rescata, «quien está en todo lugar no está en parte alguna».
La lección, sostiene Murray, vale igual hoy, y la respalda con cifras que atribuye a la investigación reciente. Los profesores cuentan que a los estudiantes les cuesta ver una película larga, y ya no digamos terminar un libro. Revisamos el correo unas 77 veces al día, muchas de ellas sin que suene notificación alguna, porque nos interrumpimos solos. Y donde hace dos décadas una tarea sostenía nuestra atención dos minutos y medio, hoy aguantamos 47 segundos frente a una pantalla antes de ceder a la tentación de cambiar.
Frente a eso, dice, la sociedad busca soluciones tecnológicas para lo que parece un problema tecnológico, y ahí Murray se pone burlón: aplicaciones antidistracciones que hacen de guardias digitales, «cárceles» de plástico para el celular con temporizador de cocina, teléfonos minimalistas de quinientos dólares «que tienen la revolucionaria característica de no tener ninguna función».
La tesis llega después, y da vuelta al problema. Complicamos en exceso, escribe Murray, «un reto muy antiguo que es más moral que digital». Séneca veía la distracción como un fallo de carácter, y por eso, argumenta el autor, no hace falta otro algoritmo ni otro artilugio para impedir que la mente corra «de un lado a otro como niños revoltosos». Hace falta volver a aprender a quedarse quieto con los propios pensamientos.
El consejo práctico viene de las Cartas de un estoico, dedicar la atención a una sola idea al día. Murray lleva veinte años haciéndolo. A primera hora de la mañana busca en un libro su idea del día, y suele encontrarla en tres o cuatro páginas, menos de diez minutos. La distinción que hace importa: más que una cita memorable o un aforismo, busca un pasaje que lo obligue a replantearse su forma de ver el mundo.
Su ejemplo reciente es Tolstói. Al final de La muerte de Iván Ilich, el protagonista, moribundo, no consigue sacudirse la sensación de que la vida se le escapó de las manos, y eso que había alcanzado todas las cosas «correctas», un buen trabajo, una casa bonita, amistades de la alta sociedad. Murray lee ahí un recordatorio aleccionador sobre lo efímero de la posición social y los bienes materiales, y sobre lo que importa al final, la amistad, el amor, un propósito más allá de uno mismo, una conexión con lo trascendente.
Lo que sigue es el segundo paso que aconseja Séneca, «a fin de digerirlo aquel día». Murray se llevó la pregunta de Iván al café de la mañana y, tras tres sorbos, se descubrió revisando sus prioridades, cómo cuidaba las relaciones que le dan fuerza. Se comprometió a buscar esa misma semana a tres amigos con los que había perdido contacto. Volvió a la idea a la hora de comer y en la pausa de la tarde, y más tarde, paseando al perro, se detuvo en un puente sobre el río Colorado a escuchar los pájaros. Al acostarse, cuenta, ya no le pesaban los mensajes amontonados en la bandeja de entrada.
La imagen que sostiene el ensayo también es de Séneca, y tiene que ver con abejas. En la colmena, el néctar pasa de una a otra una y otra vez, mezclado con enzimas que le alteran la composición química hasta volverlo miel. Piénsese el néctar como información y la miel como sabiduría, propone Murray. El néctar se agria en cuestión de días; la miel resiste, y no se estropea ni después de miles de años enterrada en una tumba egipcia.
La metáfora, agrega, coincide con lo que los psicólogos llaman «procesamiento profundo». Al volver una y otra vez sobre la misma idea, le avisamos al cerebro que conviene incorporarla a la memoria de largo plazo; y cada vez que la recuperamos, la envolvemos en asociaciones nuevas, un mecanismo llamado reconsolidación que mantiene viva su pertinencia. Eso, dice, fue lo que le ocurrió con Iván Ilich, cuya advertencia acabó convertida «en una convicción personal que empezaría a formar parte de mi carácter».
Murray no reclama originalidad y traza una genealogía. Marco Aurelio ponía a prueba un principio estoico al día frente al caos de la guerra. Isabel I gobernaba apoyada en una sabiduría asimilada de Séneca y Cicerón. Lincoln tenía pocos libros y se los sabía de memoria: leyendo en voz alta a Esopo y a Shakespeare, forjó de joven una mente que él mismo comparaba con el acero, «muy difícil de rayar» pero «casi imposible de borrar, una vez que lo has grabado allí».
El contraejemplo lo toma de Sartre. En La náusea aparece «el Autodidacta», un tipo que frecuenta la biblioteca local con el propósito de leer todos los libros por orden alfabético. «Repleto de datos pero hambriento de sentido», escribe Murray, encarna la creencia de que el volumen de información sustituye a la profundidad de la comprensión. Anclar cada día en una sola idea le ha servido veinte años para esquivar ese vacío y para dejar de perseguir «el horizonte cada vez más lejano de mantenerme informado». Cambió, dice, la ansiedad de las aguas poco profundas por la sabiduría de las aguas hondas. Y cierra devolviendo la metáfora convertida en consejo: la sabiduría «no se encuentra en el néctar que recogemos, sino en la miel que nos tomamos el tiempo de elaborar con él».
El valor del ensayo está en el cambio de terreno que propone. Murray convierte un pánico tecnológico en una vieja pregunta moral, y en vez de una queja ofrece un ejercicio que cualquiera puede probar mañana temprano: leer poco, elegir una idea y cargarla todo el día. Para quien vive entre pantallas, la propuesta atrae por modesta, porque se conforma con digerir algo de lo que pasa por ahí. Y deja una sospecha incómoda, que en tiempos del papiro y en los del teléfono el estorbo ha sido siempre el mismo, nuestra costumbre de tragar sin masticar.







