Como puede observarse, las mediaciones (racionalidad) en la esfera de la igualdad entre personas, se muestran ajenas en algunos campos específicos. Hasta ahora, en el terreno de lo real, la “perspectiva de género” tiende a interpretarse como perspectiva contra el género masculino, como “perspectiva androfóbica”, como simple misandria (odio hacia los hombres). Esto reclama una reflexión social profunda sobre el tema. De lo contrario, no se comprenderá que la magnitud del problema de la desigualdad en una sociedad patriarcal es mayor de lo que se supone, pues afecta no solamente a las mujeres, sino a los hombres que son víctimas, también, de estereotipos que le impiden su desarrollo pleno como ser humano.
El principio de igualdad entre hombres y mujeres es un derecho humano. El Pacto Federal lo plasma en su artículo cuarto: “La mujer y el hombre son iguales ante la ley”. Ni al lado de ese principio ni por encima de este existe otro principio de valor semejante. En esa misma línea de razonamiento, podríamos concluir que ningún principio legal puede estar por encima del principio universal de igualdad de hombres y mujeres. Los protocolos de la Suprema Corte para juzgar con perspectiva de género de ninguna manera deben interpretarse como dogmas para justificar el avasallamiento de los derechos de los varones privilegiando los derechos de las mujeres. La Corte no es androfóbica. Dichos protocolos no pretenden definir los derechos de la mujer como superiores a los derechos de los hombres: los protocolos para emitir juicios con perspectiva de género han sido definidos para relegar todo indicio de presencia de categorías sospechosas, para erradicar el uso de estereotipos.
La perspectiva de género no debe afectar de ninguna manera los derechos de un individuo. En el mejor de los casos, lo que procede es que se afecte de manera lo más alícuota posible, los derechos de quienes integran una comunidad. Verbigracia: cuando se reducen los costos fiscales a las personas de edad avanzada, no se afecta directamente el derecho de los individuos. En cambio, sería profundamente dañino y eventualmente contraproducente, obligar al vecino de un anciano, a pagar la mitad de los impuestos de la persona anciana.
El estereotipo, el prejuicio, facilita la interpretación de la realidad en armonía con la mayoría de personas que integran una comunidad. De ahí que sea absolutamente verdadera la afirmación que supone que las cosas no las vemos tal como son, sino que en realidad vemos las cosas tal como somos. A partir de esa interpretación estereotipada, la sociedad resuelve su problemática, reiteradamente de manera indebida. Hoy esas formas de resolver han entrado en una crisis que reclama una reinterpretación de la realidad y del uso de los signos que la describen, a partir de cambios mayúsculos en la forma que concebimos los problemas sociales y sus soluciones.
Los paradigmas tienen su raíz más profunda en los estereotipos. No se puede concebir un paradigma sin un estereotipo, sin prejuicios. El cambio de paradigmas exige de cambios culturales profundos, cambios en la cosmovisión, cambios de mecanismos de interpretación de la realidad como lo son los estereotipos. Solamente que los estereotipos, que dañan las condiciones de bienestar de las mujeres (y en realidad también de los varones), no deben ser combatidos aplicando criterios que vulneren los derechos de los hombres en el plano individual. Dicho de otro modo: la igualdad como fin, requiere aplicar la igualdad como principio.
¿Cómo resolver los problemas de las mujeres en una cultura que se muestra injusta con las mujeres?, ¿los problemas de la mujer deben resolverse haciendo a un lado el principio constitucional y convencional, de igualdad entre mujeres y hombres?
En 1916, tres años después de fallecer Ferdinand de Saussure, se publica su influyente obra, el “Curso de Lingüística general”. En el sostiene que “Si pudiéramos abarcar la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos, entonces toparíamos con el lazo social que constituye la lengua. Es un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una misma comunidad, un sistema gramatical virtualmente existente en cada cerebro, o, más exactamente, en los cerebros de un conjunto de individuos, pues la lengua no está completa en ninguno, no existe perfectamente más que en la masa”. Esas imágenes verbales a las que alude Saussure son productos culturales, que se construyen social e históricamente.
El idioma es producto social e histórica, consecuencia de la pugnaz relación entre otredad y mismidad. Esa reflexión sausuriana ya la planteaba Marx, con claridad meridiana (antes, en 1851-52), en “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, al señalar que “…el principiante al aprender un idioma nuevo lo traduce mentalmente a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal”. Valga el ejemplo solamente para ilustrar el razonamiento que presento. Esto es, el idioma nuevo es comprendido en toda su significación asumiéndolo como obra cultural, social e histórica.
Pensar pues, en procesar modificaciones en el campo de la igualdad entre hombres y mujeres, no tiene tanto que ver con la normativa sino con el procesamiento de profundas transformaciones culturales. Los esteotipos mismos tienden a evolucionar y a recargarse con nuevos significados con el tiempo.
La “perspectiva de género” requiere de una definición asexual. Pensar la perspectiva de género como una estrategia para vencer las estructuras culturales del hombre, parece pensar en una guerra no declarada contra el hombre como “género” y como individuo. Estimo en lo personal que el quid de la cuestión nada tiene que ver con una guerra de sexos, sino, en todo caso, con un problema de injusta distribución de la riqueza y del ingreso.
A fines del siglo XIX ya se había percibido que con la irrupción de la maquinaria y la gran industria, la mano de obra de mujeres y niños se incorporaba al escenario productivo. Eso tuvo como primera consecuencia la reducción del salario de los trabajadores. Se transitó del concepto de un salario individual para una familia, al de salario familiar para los individuos. Dicho de otro modo, se pasó del salario familiar, salario individual que satisfacía las necesidades de una familia, al concepto de ingreso familiar.
No solamente se muestra inferior el salario de las mujeres, sino que ese nivel por abajo del que perciben los hombres, provoca el descenso del salario de los varones y en general la caída general de los salarios. De ello no tienen la culpa las mujeres, sino quienes aprovechan la abundancia de mano de obra para reducir sus costos, los salarios.
La perspectiva de género, por tanto, debe sustentarse en la exclusión de estereotipos que vulneren los derechos de igualdad de la mujer. Esos derechos de la mujer no deben significar un combate frontal de los derechos de los individuos. No son los hombres, como “genero”, los que han construido, ni el lenguaje, ni el contexto de desventaja de la mujer. El problema proviene de un sistema que coloca en la cima de todos los valores, la ganancia. La ganancia no distingue de género.







