La noche del 13 de agosto, Andrés Manuel López Beltrán anunció que Estados Unidos le había retirado la visa, y para Camarena ese anuncio, hecho en primera persona, cambia el manual de operación de Sheinbaum y de Morena. Resistir las que llama «cornadas injerencistas» de Washington ya no se hará, sostiene, en defensa de un colaborador en malas compañías o de una gobernadora; esta vez el afectado es el «hijísimo», la seña y el heredero político del fundador del movimiento. De hoy en adelante, augura, gobierno y partido se mezclarán sin fin.
Su primera tesis es que la Presidenta será la gran defensora del caso, y que se colocó ella misma en esa posición. Tuvo casi dos años, dice, para construir un margen de maniobra autónomo, y dejó pasar cada oportunidad. A partir de ahora la ve convertida en «la defensora de un júnior», dispuesta a sacrificar su gobierno por una sola prioridad, proteger a Andy y, con él, el nombre de López Obrador. No es una profecía al aire, aclara: Sheinbaum había dicho que no entregaría al exgobernador Rubén Rocha, requerido a finales de abril por una corte de Nueva York junto a otros políticos sinaloenses, porque después le pedirían a alguien más, y la carta que bajó Trump no fue, apunta, un nombre cualquiera.
Antes de seguir su argumento, conviene fijar los hechos y sus límites. La revocación es real, y Andy la denunció en una carta a Trump donde la califica de decisión política y propagandística y asegura que no existe prueba en su contra. Un punto es decisivo, y el propio columnista lo reconoce, retirar una visa «no supone la comisión de un delito y menos aún la prueba de ello». Bajo las reglas estadounidenses, esa cancelación puede ser una medida administrativa, sin que medie condena ni fallo judicial. Sheinbaum calificó la decisión de posible injerencia y exigió pruebas a Washington, y la dirigencia de Morena la rechazó como un uso político de los instrumentos migratorios. El hecho, pues, es la revocación; la culpabilidad no está establecida.
Sobre esa base, Camarena describe a un movimiento que entra en guerra en dos frentes. En el primero recuerda que López Obrador ya había tomado distancia de Trump en una carta pública de junio, gesto que hoy le parece estratégico, y sostiene que resistir a Washington se ha vuelto personal para la familia y para los gobiernos surgidos de Morena, que serán «una sola piel». El segundo frente es la prensa. Cualquier portador de malas noticias, advierte, será visto como «un brazo de la agenda injerencista», y anticipa una escalada en la intolerancia de un movimiento que, dice, encontró en el episodio «un inmejorable mártir político».
De ahí sale su retrato más ácido, y también el más cargado de opinión. Trump, escribe, le regaló a Andy la sustancia que le faltaba, la condición de víctima y un estatus de arenga. Una carrera que, en su descripción, chapoteaba en un pantano de memes, buscando relanzarse desde Tabasco rumbo a una diputación, quedó transformada de golpe en «el afiche cheguevarista del morenismo». Conviene leer estas estampas como lo que son, la caracterización de un autor de declarada oposición al obradorismo.
El tramo más delicado es el que enlaza el caso con la rendición de cuentas. Camarena sostiene que la causa del hijo borrará el escrutinio sobre los cuadros cuestionados del movimiento. Recuerda que, desde abril, la acusación judicial estadounidense contra Rocha y el grupo que gobernó Sinaloa no derivó dentro de Morena en un clamor por «limpiar la casa», y augura que ahora, «en el nombre del hijo», ese examen se diluirá aún más. Aquí es obligada la cautela. Los señalamientos que enumera contra gobernadores de Morena, y la insinuación de corrupción en el círculo de López Obrador, son juicios suyos; ninguno de los aludidos ha sido condenado, y una visa cancelada no equivale a una prueba. Les asiste la presunción de inocencia.
Su pronóstico es una «presidencia de transición». El escenario interno, dice, se vuelve de una sola dimensión, quien apoye sin reservas la defensa de Andy cabrá en el espacio público, y quien no, la prensa incluida, será tratado como estorbo. Las primeras víctimas colaterales, calcula, serán los moderados del gabinete, desplazados por los duros. Y cierra con la lógica que da título a la columna, si el embate contra Rocha no movió a Morena a deshacerse de cuadros riesgosos, en el nombre del hijo esa disposición será todavía menor.
Vale situar la pieza con claridad. Es una columna de opinión de un autor muy crítico del gobierno, escrita con retórica de combate, y buena parte de su fuerza está en adjetivos que son suyos. Lo verificable es acotado, la cancelación de la visa, la carta de Andy y su desmentido, la respuesta de la presidencia. Lo demás, la lectura de una presidencia rendida a la defensa de un heredero, el retrato del personaje, la imputación de corrupción, pertenece al columnista y admite disputa. El gobierno, de hecho, ofrece la lectura contraria, que se trata de una presión extranjera indebida ante la que reclama pruebas.
El valor del texto, más allá de la polémica, está en una observación sobre los símbolos. Una visa retirada, que en derecho es un trámite sin veredicto, se convierte en arma política que ambos bandos empuñan, Washington como presión y Morena como martirio, y en ese duelo los que suelen salir perdiendo son la rendición de cuentas y la prensa. La pregunta que deja abierta es incómoda para cualquier gobierno, si es posible responder a la presión de afuera defendiendo a los propios sin confundir la defensa de una persona con la defensa de la patria.







