En Xalisco, Nayarit, en la casa familiar de los Pérez Naranjo —antecedente inmediato de la orquesta Los Borregos de Xalisco—, existe una pila redonda de piedra que parecía no tener otro fin que regar las plantas de un jardín donde abundaban los naranjos, los rosales, el té de limón, la sábila y tantas otras especies que las abuelas solían cultivar.
La familia Pérez llegó a Xalisco a mediados del siglo XIX con el establecimiento de don Julio Pérez González: escritor, funcionario público y autor del Ensayo estadístico y geográfico del territorio de Tepic. Don Julio tuvo varios hijos; uno de ellos, homónimo de su padre, formó una prolífica familia cuyo primogénito nació en 1880 y la menor en 1907.
Desde la infancia, los integrantes de la familia Pérez Naranjo fueron músicos de cuna. Durante las fiestas del Centenario de la Independencia, las hermanas mayores formaron la estudiantina femenil de Xalisco, en la que participaban Margarita, Soledad, Teresa y María, haciendo las delicias del público. En los años posteriores, varios miembros se integraron a distintas agrupaciones, cimentando una dinastía musical que perdura hasta nuestros días.

La familia tenía su casa en el primer cuadro del pueblo, en la calle México casi esquina con Porfirio Díaz. Su finca, más bien modesta, colindaba con la mansión de la familia Nolasco, una residencia de altos muros levantada en cantera. La paz bucólica de Xalisco —considerado tradicionalmente un remanso de recreo y esparcimiento para los potentados tepiqueños— se quebrantó el 31 de julio de 1926, cuando el gobierno de la República ordenó la suspensión del culto público en todo el país. La diócesis de Tepic no fue la excepción, ni tampoco aquel pueblo vecino.
Mi abuela, Lupe Pérez Naranjo, tenía ya veinte años en ese momento y fue testigo de la zozobra que invadió a la población. Décadas más tarde, en una tarde nublada de los años setenta, cuando llegué a vivir a esa casa para realizar mis estudios universitarios, comencé a indagar sobre los secretos guardados entre aquellos muros. Uno de ellos era precisamente la pila redonda y sin uso aparente que permanecía en el patio. Mi abuela bajó la voz y me confió el secreto:
“Durante la guerra cristera abrimos boquetes en las paredes de las casas para pasar de una a otra sin salir a la calle, y aquí practicábamos el culto prohibido. En esa pila bautizábamos a los niños que iban naciendo; por eso nunca la hemos tirado. Es la pila de Cristo Rey”
Desde entonces, no dejé de imaginar las misas clandestinas, los susurros apagados y las consagraciones celebradas en la penumbra de ese patio. La memoria del sitio, además, guardaba un halo de misterio: varios testimonios familiares aseguraban haber visto, entre la bruma del anochecer, la silueta etérea de una mujer de cabellera blanca, inmóvil junto a la piedra o sentada en el borde de la pila.
—Es Chole, mi hermana; murió hace muchos años —le respondió con naturalidad mi abuela a una tía que, pálida y al borde del desmayo, acababa de toparse con aquella presencia fantasmal en el jardín—. Ella era la guardiana de los objetos litúrgicos que escondíamos celosamente y estaba al cuidado de ese depósito de agua bendita… por eso no se va, por eso siempre la verán rondando por ahí —sentenció con serenidad doña Lupe.
Recuperar este pasaje familiar me impulsa a seguir indagando lo que ocurrió en nuestros pueblos durante la Cristiada. ¿Cuántas historias de resistencia, fe clandestina y apariciones inexplicables quedaron entretejidas en los viejos patios de las casas nayaritas, como en aquel de la familia Pérez en Xalisco? Secretos de piedra y devoción que bien vale la pena rescatar para comprender la dimensión humana de nuestra historia.







