Por Profa. Ma. Luisa Díaz González
Esta semana, Ediciones ERA, informó que “…suspendería sus actividades para comenzar a hacer el cierre con todas sus librerías y puntos de venta que tienen sus libros”… Lo que anunciamos, señalan: “Es que Ediciones Era reduce al mínimo sus operaciones”. una noticia que sin duda cimbró las redes sociales y provocó diversas reacciones en la sociedad. A través de las páginas del Facebook, pude leer algunos comentarios en los que las personas expresaron su sentir al conocer el cierre de esta casa editorial. Para algunos, la noticia les ha resultado desoladora, triste, terrible, preocupante, horrenda, gravísima, dolorosa, lamentable, una barbaridad, una desgracia, una ironía, una lástima, un infortunio, entre otras expresiones; en contraposición, para otros, sus opiniones oscilaron entre “El mercado ya cambió…ellos no se supieron adaptar”, “es su culpa”, “renovarse o morir”, “sus libros eran muy caros”, “solo lo viejos chochos leen libros”, “los viejos lloran, a los jóvenes les vale”, “han cambiado los tiempos…han cambiado las lecturas”, “faltan políticas públicas para apoyar a los independientes”, “faltan políticas públicas para promover la cultura…la lectura”, “han cumplido un ciclo”. En fin, podría llenar un par de páginas con las opiniones que circulan y circulan desde ese día.
Como lectora, promotora de lectura, propietaria de una librería y de una biblioteca que he abierto al servicio de la sociedad, me sumo al sentir de aquellos quienes han opinado que al cerrar Ediciones Era, “se pierde un bastión de conocimiento”, que no pudimos apoyar cuando terminada la pandemia necesitaba urgentemente de nuestra ayuda. La pandemia nos cimbró, nadie volvimos a ser iguales antes y después del COVID. Las editoriales, las librerías y las bibliotecas, en ese tiempo, fueron declaradas actividades no sustanciales. Casi por dos años estuvieron cerradas y si a ello le agregamos que la alimentación y la salud son las principales prioridades de todo ser humano, a quién entonces le iba importar comprar libros, en medio de una crisis sanitaria y económica. Obviamente las ventas se desplomaron, no sólo como ellos lo dicen, en un 25 % , sino hasta un 100 % durante todo el tiempo que se nos prohibió abrir a toda la cadena librera. ¿Cómo entonces puede recuperarse una editorial, cuando generosamente apoya a librerías independientes del país, consignándole los libros de su catálogo y estas librerías corrieron la misma suerte durante la pandemia? Casi imposible volverse a poner de pie, por ello, Era anuncia: “Nuestros agentes, (representantes) se irán poniendo en contacto con cada librería para ir cerrando sus adeudos”, deudas quizá impagables por las propias librerías independientes.
Quienes tenemos un camino lector construido, tenemos mucho que agradecer a Era, su fondo editorial como ellos lo señalan, “…siempre los distinguió por publicar con rigor, con belleza y con libertad, sin sacrificar jamás la calidad por la conveniencia” y eso lo agradecemos como lectores, como agradecemos los 66 años de arduo trabajo, sus más de 500 títulos que incluía a la mayoría de los mejores escritores mexicanos: Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo, José Revueltas, y muchos más.
Ediciones Era se va de a poco y ya siento una profunda nostalgia, ese vacío que se siente como cuando perdemos a un amigo entrañable. Sé que Ediciones Era no desaparecerá al bajar sus cortinas, permanecerá viva en cada uno de sus libros publicados, en las generaciones de lectores que aprendimos a leer el mundo a través del rigor, la belleza y la libertad con la que siempre publicaron sus textos. Se apagarán la luces de sus oficinas, de sus máquinas, de sus bodegas, pero no las de nuestras conciencias, no las de su legado, mientras sigamos abriendo sus libros, Ediciones Era seguirá existiendo.
A la sociedad, nos queda el compromiso de continuar formando “comunidades lectoras”, como así lo denomina IBBY México, y si, que el maestro de grupo, nos siga ayudando a pedir la compra de un libro al padre familia, que los padres de familia lleven a sus hijos a las librerías a comprar libros, que los gobiernos impulsen programas de apoyo con incentivos para toda la cadena editorial. Yo lo decía en un artículo que escribí hace tiempo sobre las librerías independientes, “nuestras pequeñas librerías independientes, constituyen pequeños actos heroicos que, a decir de alguno, hay que hacer por contribuir a la patria”. Hoy el libro está exento de impuestos para quien lo compra, pero no para quien lo vende; las licencias de funcionamiento, los requerimientos de protección civil, las cartas de anuencia vecinal de los Comités de Acción Ciudadana, todo es dinero que hay que pagar de la venta de un libro. Por ello, se requiere de esas comunidades lectores, que nos ayuden, porque no queremos saber de más cierres de cortina, dentro de la cadena editorial. Y como lo dijo una señora en un posteo en el facebook, ¡Si salvamos al BOING, qué podemos hacer para salvar a Ediciones Era!







