Al terminar Memorial del Convento, de José Saramago, solté el llanto. Ya he contado que me contagia hasta el llanto de las velas, así que no necesito justificar mi reacción ante las líneas finales de esa historia de amor. Me alejé con discreción de la alberca donde chacoteaban mis hijos. La mayor me siguió, asustada; le dije que me emocionó el libro. Se quedó un rato a mi lado, a modo de consuelo. Presté ese ejemplar a una amiga que me lo devolvió ajado pero leído. Tal vez no abunda en reediciones, porque cuando la busco para regalar no la hallo. Este fin de semana al fin la encontré en Penguin Random y la puse en las manos de mi hija menor, novel lectora. Si anda queriendo leer a Nervo, Saramago terminará gustándole.







