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¿Quién es dueño de la máquina?

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Reflexión a partir de la columna «Los otros daños de la IA: dependencia y subordinación», de Jorge Zepeda Patterson, publicada en El País

Más allá de los temores habituales sobre la inteligencia artificial, el empleo que borra, la vida automatizada, la posibilidad extrema de que una máquina termine actuando contra sus creadores, Jorge Zepeda Patterson apunta a un peligro menos comentado, que la IA se vuelva la maquinaria más poderosa de desigualdad entre países ricos y rezagados desde la Revolución Industrial. Su tesis, la que ordena la columna, corre el foco de una pregunta a otra, del quién usa la IA al quién la produce, controla sus datos, posee el cómputo donde se entrena y captura la renta que genera.

Su marco es histórico, y ahí gana solidez. La máquina de vapor, recuerda, no sólo transformó la producción, reordenó el mapa del poder mundial y ensanchó la ventaja de quienes dominaron la energía, el transporte y las finanzas sobre los que llegaron tarde. La electricidad, el petróleo, la computación e internet repitieron el patrón, cada ola prometió democratizar oportunidades y premió a quienes ya tenían universidades, infraestructura, capital e instituciones para absorberla. La IA, advierte, radicaliza esa lógica porque atraviesa todos los sectores en vez de ceñirse a uno, una tecnología que aprende, predice, diseña, diagnostica y decide.

El núcleo de su argumento es la propiedad, más que el uso. Un país puede adoptar aplicaciones de IA y quedar atrapado como consumidor dependiente, comprar licencias y automatizar trámites mientras los modelos, los chips, las nubes y las plataformas siguen en manos de unas pocas potencias y corporaciones. La dependencia, resume con una imagen afortunada, dejaría de ser importar maquinaria para volverse «inteligencia empaquetada».

Para México, dice, la advertencia es concreta. El país tiene talento, cercanía con Estados Unidos, una base manufacturera importante y la oportunidad del nearshoring, además de una conversación pública creciente sobre el tema. Pero arrastra rezagos en infraestructura, capacidad institucional, adopción empresarial y formación especializada, y cerrar esa brecha, sostiene, exige convertir el plan en resultados, cómputo disponible, talento entrenado, inversión sostenida y reglas claras.

Su analogía más filosa es económica. México corre el riesgo de repetir, en clave digital, una tragedia vieja, exportar esfuerzo e importar valor agregado. Durante décadas ha discutido cómo dejar de ser una economía de ensamble, y la IA podría hondar ese dilema. Si fábricas, hospitales, escuelas, bancos, juzgados y gobiernos operan con sistemas diseñados fuera, entrenados con datos ajenos y cobrados en dólares, la autonomía nacional se estrecha. Su frase lo condensa, quien no controla su infraestructura creativa apenas controla su destino económico.

Zepeda añade un pliegue que suele olvidarse, la brecha también se instalará dentro del país. Las grandes corporaciones llegarán antes a los sistemas avanzados y al talento; las universidades de élite formarán especialistas antes que las marginadas; los estados con centros de datos y energía atraerán inversión mientras otros quedan en economías de baja productividad. Sin corrección a tiempo, dice, la IA ampliará las desigualdades regionales, educativas y empresariales que ya existen.

De ahí su giro central, la advertencia es política, no técnica. México debe decidir, plantea, si quiere ser un mercado para inteligencias ajenas o un país capaz de producir, adaptar y gobernar parte de esa infraestructura. No se trata de competir con Estados Unidos o China, meta que hasta a Europa se le antoja lejana, sino de entrar al ecosistema donde la IA se produce. Y propone una política de Estado con nombre y apellido, infraestructura de cómputo y energía limpia, formación masiva de talento técnico y humanista, alfabetización digital desde la escuela pública, apoyo a las pymes, software público, protección de datos y una regulación que ni asfixie la innovación ni entregue la soberanía tecnológica. Sugiere incluso especializarse en un nicho de robótica o de chips para usos específicos, como hizo Corea del Sur en los años noventa.

El diagnóstico lo comparten muchos economistas del desarrollo, y su fuerza está en el paralelo histórico. Pero esa misma historia guarda contraejemplos que la columna esquiva: hubo rezagados que sí dieron el salto, la propia Corea o la India con los servicios de software, y parte de la IA de hoy llega como modelos abiertos y herramientas baratas que abaratan la entrada, lo que enturbia el cuadro de la dependencia pura. Su receta, por lo demás, es más fácil de enumerar que de financiar, porque el cómputo y la energía limpia piden un compromiso fiscal y político que el texto nombra y no cuesta. La discusión pasa menos por si el riesgo es real, que lo es, y más por si un Estado de ingreso medio puede levantar esas capacidades a tiempo.

Con ese matiz a la vista, el cierre es el que le da filo. La máquina de vapor, escribe, partió el mundo entre potencias industriales y periferias proveedoras; la IA amenaza con levantar una frontera aún más difícil de cruzar, la que separa a quienes diseñan el futuro de quienes sólo pagan por usarlo. El valor de la columna está en desplazar la conversación sobre la IA, del miedo a que la máquina piense por nosotros a la pregunta más vieja de quién es dueño de la máquina, y en volver un debate técnico un asunto de soberanía y de renta. Si México actuará a tiempo es lo que queda abierto, y el texto es honesto en algo, la respuesta dependerá menos de la tecnología que de una voluntad política que él puede exigir, pero no garantizar.

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