Sabía que para escribir sobre números debía tenerlos a la mano, físicamente a la mano. Poco a poco fui adquiriendo las publicaciones impresas del INEGI: censos, cuadernos municipales, anuarios estadísticos, temáticos y conmemorativos. Con base en ellas publiqué por años piezas de divulgación estadística, con herramientas del periodismo, no de la academia, pero que sirvieron a más de alguno. Era antes de que la plataforma digital tuviera todo en línea de manera tan amigable como ahora. Después fue imposible conservarlas y tuve que donarlas o darlas al kilo. Recuerdo una noche entera en que traté de cuadrar una cifra censal, hasta que a las cinco de la mañana se soltó del libro una tirita de papel, una fe de erratas escondida entre las páginas, donde aparecía, corregida, la cifra que me había desvelado.







