El 2 de noviembre de 2022, un soldado se desangró en el este de Ucrania. No era ucraniano, era taiwanés, y su muerte, cuenta Beto, es la punta de una historia que, más que de Ucrania, habla de América Latina. La usa para separar dos maneras de estar en el mundo, la de una región que vive al mes, del cheque que llega cada tanto, y la de una isla que pensó a treinta años.
Su punto de partida es la guerra de los drones, que parece independencia y es lo contrario. Ucrania fabrica hoy en casa millones de drones, pero un dron es un motor, una batería, una cámara, un cable de fibra óptica y unos imanes diminutos, y quién lo ensambla importa menos que quién hace esas piezas. Ahí aparece el dueño real. Según la Agencia Internacional de la Energía, China refina cerca del 90 por ciento de las tierras raras del planeta y fabrica más del 90 por ciento de los imanes de neodimio, el corazón del motor de cualquier dron; según el CSIS, controla en torno al 90 por ciento del procesamiento de esos imanes. China no necesita fabricar el dron, le basta con hacer aquello sin lo cual nadie lo fabrica.
Y puede cerrar la llave cuando quiere. En 2025 impuso controles de exportación sobre las tierras raras, los extendió a los imanes, a los equipos y hasta a bienes fabricados fuera con componentes chinos, y los precios fuera de China se dispararon, por su cuenta hasta seis veces. De ahí la pregunta con que Beto cruza el Atlántico, si China puede estrangular la industria que decide una guerra en Europa sólo con el refinado, qué no hará con una región que le entrega su litio, su cobre y su futuro casi regalados.
El retrato de América Latina empieza por el triángulo del litio. Argentina, Bolivia y Chile concentran, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, entre el 56 y el 60 por ciento de las reservas mundiales, la sangre de toda batería del siglo, la del celular, la del auto eléctrico, la del dron. Bolivia tiene las mayores, más de veinte millones de toneladas, y sin embargo en 2023 había procesado apenas el 0.04 por ciento, sentada sobre el tesoro con las manos vacías. La razón, dice, es que el mineral en el suelo casi no vale, el valor está en refinarlo y volverlo batería, y ese eslabón no está en La Paz ni en Santiago ni en Buenos Aires. Está en China, que procesa entre el 60 y el 70 por ciento del litio del mundo y fabrica cerca del 75 por ciento de las celdas.
La trampa se cierra país por país. Chile mandó cerca del 70 por ciento de sus exportaciones de litio de 2024 a compradores chinos, según cifras del propio gobierno chileno, y produce alrededor del 27 por ciento del cobre del mundo, sin que eso le dé poder de negociación aguas abajo: vende la piedra y otro se queda con el producto. Argentina despachó a China más del 40 por ciento de su litio en 2023, y la empresa china Ganfeng ya tiene participación de control en varios proyectos del norte. Bolivia depende casi por completo de firmas chinas para siquiera sacar el mineral del salar.
Aquí está la clave que casi nadie ve, y Beto la subraya. China es dueña de menos del 10 por ciento de las minas de minerales críticos de América Latina. ¿Cómo controla entonces la región? Sin propiedad, con contratos de compra, con el refinado, con el financiamiento. No le hace falta ser dueña de la mina, le alcanza con ser la única puerta de salida. Es la misma jugada de los drones, no fabricó el aparato, fabricó lo único sin lo cual el aparato no existe; el país no es dueño de su mina, es apenas el único que puede convertir su piedra en dinero. En Ucrania esa dependencia se paga con soldados muertos cuando falta una pieza; en América Latina se paga con el valor que se va y no vuelve, porque cada tonelada de litio que sale en bruto es una batería y un empleo de ingeniería que se fabrican y se cobran en otra parte.
Beto convoca entonces a Galeano, que hace medio siglo escribió que las venas de América Latina seguían abiertas, y sostiene que basta cambiarle el nombre al mineral para que la frase siga viva en 2026. Rechaza el consuelo de que «así es el mercado»: lo llama una decisión, la de China de tomarlo y la de los gobiernos de la región de dejárselo tomar. Durante veinte años, recuerda, buena parte del continente celebró la llegada de China como una liberación, por fin alguien que no era el vecino del norte, y llegaron préstamos, represas, estadios y carreteras. Pero el regalo tiene siempre la misma forma, te compro la materia prima cruda, te financio la deuda y me quedo con la parte donde está el dinero. Cambió el patrón de la dependencia, no la silla en la mesa, y esta vez la trampa se ve menos, porque no viene con marines ni golpes de Estado, viene «con una sonrisa, un contrato y una foto de inauguración».
Al final, el título cobra sentido. Beto pregunta si alguien mostró cómo salir de la trampa, y responde que sí, una isla del tamaño de un pañuelo, sin recursos naturales, que China reclama como propia, y que América Latina tuvo de socia durante décadas y luego botó. Esa historia, «la lección de 100 mil millones de dólares que la región no quiso aprender», la guarda para un segundo capítulo. Pero la moraleja ya está insinuada, y es la que da nombre a la pieza: Taiwán escapó pensando a treinta años, y sin recursos naturales construyó el eslabón, el de los chips, sin el cual el mundo hoy no funciona, justo el poder aguas abajo que China ejerce con las tierras raras. El valor del capítulo está en volver una guerra lejana un espejo, y en replantear la herida más vieja de la región como un asunto de tiempo, seguir vendiendo barata la piedra de hoy, o planear, como hizo esa isla, para la década de pasado mañana.







