En octubre, en plena época de huracanes, mis abuelos veían el cielo ponerse negro y decían: “Ya llegó el Cordonazo de San Francisco”. Y yo, de chamaco, miraba el cielo sin entender qué había hecho ese santo para que lo culparan de semejantes tormentas huracanadas. ¡Si el hombre hablaba con los pajaritos!
Según las malas lenguas de las buenas gentes, el asunto tiene casi dos siglos, o poquito más. Y la frase quería decir una sola cosa: las lluvias aún no se despedían y faltaba lo mejor. O lo peor, ¡a según!
En San Blas, los marineros tenían un nombre para esos temporales: el Cordonazo de San Francisco. ¡Peeero ojo! El Cordonazo no es un fenómeno exclusivo de Nayarit. La expresión se utilizó en distintas regiones de México.

Sin embargo, en San Blas tenemos un testimonio histórico extraordinario, pues resulta y resalta que por esta región pasó un francés de nombre Ernest Vigneaux, quien recorrió México entre 1854 y 1855.
Y como buen visitante curioso, todo lo apuntó en su obra Voyage au Mexique…. Su relato fue publicado en 1862 en la revista francesa Le Tour du monde… Después de describir las tormentas que encontraron durante la navegación, escribe:
“… eran llamados cordonazos, golpes de cordón o golpes de látigo… El último, y a menudo el más terrible, llega generalmente en la época de la fiesta de San Francisco, el 4 de octubre, y por eso recibe el nombre de Cordonazo de San Francisco.”
También hubo otro francés que dejó constancia de este fenómeno. Se llamaba Eugène Duflot de Mofras y, en su relato sobre la costa de San Blas, cuenta que la temporada de lluvias podía terminar con un huracán entre el 1 y el 5 de octubre, justo por los días de la fiesta de San Francisco.
“Estos huracanes […] duran poco, pero tienen tanta violencia y ponen la mar tan brava que nada puede resistirles. Esto es lo que se llama en el país el cordonazo de San Francisco.”

Hoy tenemos una explicación científica para estos fenómenos: sabemos cómo se forman los huracanes y las tormentas en el Pacífico, cómo influyen las temperaturas del mar, los vientos y las condiciones de la atmósfera.
Durante siglos, cuando no había satélites, radares ni pronósticos del tiempo, también existía otra explicación… la de la fe.
San Francisco de Asís vestía el hábito, sujeto a la cintura por un cordón y se dice, se cuenta, se rumora que, cuando se acercaba su fiesta, el santo sacudía o azotaba las nubes con aquel cordón. Y claro, llegaban los huracanes.
Para algunos, San Francisco movía su cordón para anunciar el agua que necesitaban los campos, los animales y la gente. Para otros, lo utilizaba para ahuyentar o castigar a los demonios, y la lluvia que venía después limpiaba la tierra del mal.
Hoy se explica científicamente cómo se forman esos fenómenos; ¡peero! en aquella época se tenía su propia manera de entender lo que veían en el cielo. Es decir, la ciencia explicó el huracán; la fe le puso nombre a este fenómeno meteorológico. ¡Amén!
Fuente: Ernest Vigneaux, Voyage au Mexique, 1854-1855 / Amores Carredano et al., De ida y vuelta. Imágenes transnacionales: México-Francia-España, 1843-1863.







