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domingo, octubre 18, 2026
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La poesía, la infancia, el fuego

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El poeta, a quien nada limita, trae en ocasiones una perla de las profundidades

a las que el sabio demuestra que es imposible bajar.

JEAN COCTEAU

La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.

DYLAN THOMAS

La poesía es tentativa de nombrar lo inefable. Nombrar lo que no se puede decir sino con la alquimia que la poesía impone a la palabra de lo cotidiano. Alquimia, transformación, transmutación ígnea. La poesía sucede cuando aparece la sospecha de que el lenguaje no puede nombrarlo todo. Este impedimento genera desasosiego, zozobra, mareo. Los signos de la poesía parecen ser el desarraigo inicial, el exilio primigenio, la imposibilidad de nombrar. Su primera patria: la infancia.

Pensemos en esa etapa prelingüística que Lacan llama el “sujeto mítico de la necesidad”. El bebé que no ha llegado al lenguaje, a la Ley, vive como un amasijo de sensaciones, agradables y desagradables, que no puede nominar. Es un nervio expuesto. Cuando llega la palabra y se levanta sobre ella, gracias a ella, ha olvidado eso que necesitaba nombrar. Pero el cuerpo no lo olvida, lo recuerda de forma oscura y amorfa, está ahí en la piel, en los huesos, en el estómago, en el esternón. Y ese vacío latente, corporal, es el abismo generador de toda creación. ¿El origen biológico del arte?      

Rilke recomendaba a un joven poeta que, incluso cuando no se tenga nada que decir, uno puede volver a la tierra de la infancia y encontrar ahí todos los motivos para la escritura. No obstante, en el verbo “volver” se expresa ya una sospecha, la de la imposibilidad. Pues   no se puede volver. En todo caso, no se vuelve sin correr el riesgo de convertirse en una estatua en el presente, porque mientras más grande es la añoranza por lo pasado, más elusivo y pétreo es el instante (por paradójico que esto parezca, no hay signo más elusivo, por impenetrable, que el de la piedra).

Volver es un fantasma que nos ronda a todos desde la primera intuición de lo poético, por lo menos, a los que nos dedicamos al extraño oficio (¿oficio de tinieblas, Rosario?) de la escritura de textos poéticos. Los que ejercen el oficio escritural como un quehacer de lo imposible. Es como si se intuyera que será en aquella tierra lejana de la infancia, en la que fuimos dioses sin saberlo, ángeles destinados al destierro, al desplome y al desplume, donde encontraremos los porqués de las grietas que desde allá nos persiguen y nos cuartean el futuro. Pero ésta es otra trampa, pues la poesía no está para dar explicaciones, no le interesa sacar conclusiones de causalidad. Explican los que quieren convencer, los que intentan persuadir o vender algo, y a esos no les interesa el misterio poético, lo que quieren son adeptos, ganancias, votantes.

La poesía, en cambio, se incendia en el delirio de su propia visión. Se consume en sí misma. No busca electores ni acólitos, en todo caso busca hermandades combustibles, inflamables, explosivas. Y cuando las encuentra, pobres seres del asombro, no les queda más que arrojarse al fuego y testificar las imágenes de esa combustión, aunque lo que resulte sea únicamente el humo. De ahí lo que pudo haber dicho algún poeta, el poema es sólo el humo que se desprende de lo que dejó en el cuerpo el incendio de la poesía.

Cioran decía que el nacimiento es una “casualidad, un accidente risible” –, y desmitificaba así el destino providencial de la vida humana. La despoja de sentido, pero ese despojo abre las puertas a otras tantas posibilidades. El poeta, entonces, con cerillos en el pantalón, recorre el camino de ida y vuelta al pasado para que su vida sea una obra iluminada por él mismo y por él mismo desconocida (pues, según Cocteau, en su humildad, el poeta obedece solamente a la noche). En este sentido,testimonia la naturaleza ígnea del tiempo, pues son las horas, los días, los años, las llamaradas que anuncian en su efímero resplandor su destino de cenizas. Solo quedan las lamentaciones ante el cruel devenir. Y aunque, por momentos, este sujeto se perciba a sí mismo como impúdico por doliente –la quejumbre siempre es impúdica–, son las cosas, su relación con ellas, las que deberán dar cuenta del derrumbe primigenio de la infancia (Eliot lo llama el “correlato objetivo”). Pues es a partir de los objetos, tan necesarios y tan prescindibles, como se va proyectando el propio deterioro (tenis, sofás, fotografías, bicicletas y otros etcéteras inflamables). Las cosas, y su inanimada naturaleza, se estremecen por las combustiones del poeta incendiado en la poesía, cuando sucede; y en su expresión, el poema –el humo– se convierte en la cifra de la herida y el vacío. Entonces, el espejo es una ventana que muestra la decadencia que nos habita, los juguetes son el abandono presentido y los pasteles de cumpleaños, los signos irrefutables de la soledad y de la incomunicación.  

Las grandes odiseas que vivían –o soñaban– los héroes del pasado, son ahora los derroteros de una especie que se sabe ínfima; sujetos condenados al sinsentido, al vacío –o al vaciamiento– de significado. “No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento”, dice Cioran, y se encienden los signos del desarraigo, del abandono, de la grieta, del despojo, para articular la catástrofe particular de nuestro nacimiento, con la catástrofe colectiva que nos nombra a todos.

No obstante, siempre podemos volver a empezar, a rehacerlo todo. Dice Borges: “…cada vez que me he enfrentado a la página en blanco, he sabido que debía volver a descubrir la literatura por mí mismo”. Así que encendamos las antorchas y vayamos a la infancia a ratificar que el pasado no ha sucedido del todo y que una de las formas de restituirlo con nuevos resplandores es, sin lugar a dudas (o con todas las dudas del mundo), el redescubrimiento de la palabra poética.

El antiguo fuego.       

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