Desde las seis de la tarde Tepic no se movía, se apretaba. Era viernes, último día de la semana laboral, por lo menos de gran parte de la burocracia, y la ciudad entera había decidido salir de sus oficinas al mismo tiempo, la verdad, ese es el horario de salida de casi todos, la diferencia es que ahora muchas calles estaban cerradas y todos coincidían en tomar las mismas.
Quizá también porque había partido de los Jaguares y había que llegar temprano para alcanzar estacionamiento cerca y no batallar, como cierto compañero que, por estacionarse justo, casi bloquea la entrada de una casa. Las calles aledañas al centro eran un solo tramo de luces rojas y claxons, de gente que lleva el cansancio puesto y las ganas en otra parte. Nadie se sorprendía. El tráfico, cuando hay noche de algo, es la primera ceremonia.
Los estacionamientos del centro lo sabían y cobraban en consecuencia, “cien pesos, de aquí a las diez”, escuche le gritaban a un automovilista que volteaba a ver dónde carajos se estacionaba. Una tarifa de función de gala para autos que, en rigor, sólo iban a esperar en la oscuridad mientras sus dueños se cultivaban.
Entre tanto metal detenido, miento entre tanta fibra de vidrio, los motociclistas parecían vivir en otra ciudad, una hecha de rendijas. Donde un auto veía un muro de coches, ellos veían un pasillo. Si había metro, metro y medio entre dos carrocerías, ahí se acomodaban, sin pedir permiso y sin preguntarse qué pasaría cuando el vecino quisiera irse. Ya se vería. Hay una filosofía entera en eso de vivir al ritmo del hueco.
Y entonces, de pronto, el centro. Bastó cruzar una frontera que no está en ningún mapa para que el ruido cambiara de textura. Dejó de ser prisa y se volvió murmullo. Caminaban familias enteras, de abuelos a bebés en brazos, con la lentitud sabrosa de quien no tiene a dónde llegar porque ya llegó. La avenida México y varias calles perpendiculares a ella (de la Morelos a la Zaragoza), habían dejado de ser vías para volverse sala de estar. Había puestos de artesanías, de comida, de productos de Nayarit; el Mercadito Joven, las Mujeres Empoderadas; y entre la gente, como si la ciudad se hubiera puesto a recitar de memoria, personajes de libros que salían al paso y susurradores poéticos que prestaban su voz a quien se la pidiera.
Fue ahí donde apareció el stand de los pasaportes, con una fila interminable, más de una cuadra “panteonera” de personas esperando por el suyo.


La idea era tan sencilla que dolía de buena. Te daban un pasaporte, y ese pasaporte servía para entrar a cada museo y a sus actividades. En cada recinto, un sello. Quien juntara todos los sellos recibía al final un libro de literatura mexicana, obsequio de la federación, con autores nayaritas claro está. Un premio que no se come ni se estrena ni se presume, pero que se queda en casa y que alguien, algún día, abre. En una noche de multitudes, regalar libros parecía una forma discreta de rebeldía.
Detrás de cada puerta, una versión distinta de la misma noche. En el Museo de los Cinco Pueblos había recorridos históricos, voces que se enredaban con las paredes y talleres de pintura, grabado y tejido para quien quisiera irse con las manos manchadas.
En el Centro de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz, el neoclásico se convertía en escenario, teatro, las Cuatro estaciones de Vivaldi con narración oral, voces de la Orquesta de Cámara de Nayarit.
En la Casa Museo Amado Nervo, el poeta volvía a su propia casa, un concierto romántico, poemas dichos en voz alta, historias que nacen del pueblo naáyeri, cortometrajes en una pantalla que parecía haber esperado ahí toda la vida.
En el Museo Regional, la música electrónica en vivo convivía, sin pedir disculpas, con los talleres para niños y los siglos de piedra.
Casa Fenelón abría la literatura infantil con un libro que se llama El niño que afinaba el cielo y, a pocos pasos, el rock y la música gótica.
En Fundación Vizcaya había danza y compositores. Todo al mismo tiempo, todo a la vuelta de la esquina, como si Tepic hubiera decidido por una noche que no hacía falta elegir entre lo antiguo y lo contemporáneo.
Pero lo que más me hizo detenerme no estaba en el programa, era la calle. Se circulaba libre. Nadie esquivaba motores ni peleaba con banquetas imposibles; incluso quienes se desplazan en silla de ruedas podían recorrer la avenida entera, de museo en museo, con la misma facilidad que cualquiera. Descubrí que una ciudad sin autos es otra ciudad, una más amable, aunque solo sea por unas horas, aunque haya que pagar cien pesos para recordarlo.
Mientras caminaba, no dejaba de pensar que Tepic no era el único sitio donde esa noche se abría una puerta. Sabía que, en paralelo, ocurrían cosas parecidas en otros rincones del estado. En San Blas, la Casa de la Cultura recibía a las familias desde media tarde, con música en vivo y talleres de manualidades, y las puertas abiertas para quien quisiera entrar sin pagar nada.
En San Pedro Lagunillas, frente a la ex hacienda, en el espacio Amado Nervo “El Conde”, había niños con las manos metidas en barro, un ensamble que iba de la rumba flamenca a Nayarit, y al caer la noche una película con palomitas para los más chicos.
En Rosamorada, la plaza principal se preparaba para convertirse en punto de encuentro, con música, baile y la historia de la gente del lugar.
En Amatlán de Cañas, familias enteras se reunían a compartir arte y cultura. Y hasta allá arriba, en la sierra de La Yesca, la noche también tenía su propia manera de decir que las tradiciones nos conectan.
Seis municipios a la vez, encendidos como pequeñas luces en un mapa que casi nunca se ilumina entero.
Me hubiera gustado también estar ahí, en la plaza de Rosamorada, en el patio de la ex hacienda, en la sierra, en el puerto. Uno quisiera partirse en seis, como esas fiestas donde sabe que lo mejor está pasando en la otra habitación. Pero no se puede estar en todos lados, y en el fondo esa es la mejor señal de que una noche de cultura salió bien, que dé la sensación de que se te quedó algo por ver.
Y al final, la imagen que me llevé. Un niño, el hijo de una amiga, cruzaba la ciudad con una emoción que no había visto nunca en nadie que va a un museo. Iba a una casa museo, pero no a cualquiera, a la de Juan Escutia, el muchacho nayarita que la historia terminó envolviendo en una bandera. Ahí, esa noche, había recorridos teatralizados sobre su vida y una zarzuela, Luisa Fernanda, que seguramente nadie en la fila esperaba. Para ese niño, sin embargo, no era una lección ni una fecha en un examen. Era la casa de alguien de su tierra, alguien que alguna vez tuvo su edad. Y estaba a punto de cruzar la puerta.
Quizá esa era la noche, todo el estorbo de la ciudad adulta, el tráfico, la prisa, las motos metidas en el hueco imposible, y al fondo, esperando, un niño que quería entrar a una casa. Y en otras cinco plazas, otros niños, otras puertas, la misma curiosidad encendida.







