El padre Demetrio Siordia alzó la mirada hacia el cielo y, con los brazos abiertos, pronunció una plegaria frente a decenas de feligreses que lo rodeaban entre piedras y maleza:
“Con la gracia y el favor de Dios y de María Santísima, y con la venia del Señor de la Ascensión, bendecimos este sitio en abandono secular. Te pedimos, Señor, si es tu santa voluntad, que estos vestigios sean rescatados y mostrados en nuestra parroquia, pues fueron concebidos para tu mayor gloria, porque fueron dedicados a ti y a tu gracia divina”
Acto seguido, roció agua bendita sobre las piedras labradas y sobre los presentes que atestiguaban aquel momento singular en el camino a la sierra de Rosamorada.
El padre Siordia había llegado a Santiago Ixcuintla en 1944. A partir de ese momento encabezó una profunda transformación urbana y cívica, respaldada por un dinamismo pastoral que llegó prácticamente a todos los ámbitos de la vida social. Hacia mediados de aquella década, la población dejaba atrás los estragos de la histórica inundación de 1926: lucía un templo remodelado, un teatro techado, planteles escolares nuevos —uno para niñas y otro para niños— y una creciente bonanza agrícola sustentada en bodegas comerciales y un moderno mercado municipal. Se forjaba el mito de la «Costa de Oro» y el sacerdote figuraba entre sus principales protagonistas.
Años después, en 1954, un grupo de cazadores santiaguenses encabezada por don José María Narváez, que practicaban la caza del venado y Jabalí tan abundante en las faldas serranas rumbo a San Juan Bautista, advirtió la presencia de imponentes piezas de cantera al margen de un arroyo cercano a Los Arrayanes y San Marcos Cuyutlán.
Aquellas estructuras habían formado parte de la capilla de la Cofradía de Cuyutlán, corporación civil y religiosa dotada por el rey de España de estancias ganaderas y parcelas de siembra comunal. El asentamiento floreció al amparo de una frugal bonanza minera de principios del siglo XVIII, época en la que se erigió el santuario flanqueado por un pórtico atrial de cantera con marcadas líneas de transición virreinal y sobrio barroco novohispano.
Enterado del descubrimiento, el párroco Siordia acudió a inspeccionar los restos. Maravillado por la riqueza escultórica y preocupado por su inminente pérdida, organizó una expedición bajo la apariencia de un día de campo familiar en el abundante arroyo cercano. Para la faena dispuso de dos camiones de carga en los que viajaban cerca de treinta santiaguenses —entre ellos el niño Octavio Campa Bonilla—, quienes, tras una jornada de esparcimiento en el arroyo, se dieron la titánica tarea de cargar los pesados bloques de piedra labrada en las bateas de los transportes. Sin saberlo a cabalidad, rescataban lo que con el tiempo se convertiría en uno de los elementos visuales más representativos de Santiago Ixcuintla: el arco atrial, la cruz de cantera, el medallón distintivo de la época y la monumental pila bautismal.
Fueron necesarios múltiples viajes para trasladar el conjunto monumental hasta el corazón de la cabecera tabaquera. Allí, maestros canteros avecindados cerca de la parroquia restauraron y reensamblaron cada módulo con paciencia gremial. Hacia 1959, Santiago exhibía con orgullo un patrimonio arquitectónico singular que le confería una dignidad simbólica única en la geografía nayarita.
El lente de don Miguel Ángel Pintado conservó para la posteridad la estampa de aquella tarde remota en que el padre Siordia pidió la venia divina para salvar del olvido de la selva los vestigios doblemente centenarios y darles nuevo sitio en el atrio y en el corazón de losd santiaguenses.
Hace apenas unos días, Román Villela me guió hasta el sitio exacto de aquellas ruinas, a un kilómetro de Los Arrayanes. Me mostró el claro donde se levantaba el templo, la loma que albergaba el tiro de la mina y la ribera de donde aún parte un antiguo acueducto colonial sepultado por la maleza.
“Aquí estaban las piedras, amigo; de aquí se las llevaron sus paisanos para embellecer Santiago”
“Así es, Román” —le respondí conmovido—. “Un pedazo de Cuyutlán es ahora, una pieza central del alma de Ixcuintla. Prácticamente es la historia de nuestros pueblos.










