Resulta que al menos 35 diputados entran a trabajar con pistola. Unos la traen ellos, a otros se la carga el escolta, y hasta hace unas semanas nadie en San Lázaro lo tenía contado. Se supo de pura casualidad, por un pleito.
El priista Carlos Gutiérrez Mancilla se fue a la oficina del emecista Jorge Álvarez Máynez a reclamarle, al parecer, por el agua sucia de Guadalajara (ahí gobierna Movimiento Ciudadano). Que si tú, que si yo, amenazas, los ayudantes empujándose, y ya. De esos hay seguido en la Cámara. Pero este dejó nerviosos a los de seguridad, que se pusieron a revisar en serio quién entra, metieron a los perros que huelen pólvora y explosivos, y de pasada salieron los 35. De ahí escribe Sonia Corona en El País.
Lo dice ella y cuesta contradecirla, que no se entiende para qué una pistola en la oficina si uno no es policía ni militar, ni por qué le parece peligrosa la Cámara a quien pidió el voto para sentarse ahí. En el pleno se gritan, se empujan, a veces se dan, de acuerdo. Nadie se mata por eso.
A los de resguardo el susto les duró. Ahora piden credencial de todo el que acompaña a un diputado y repiten que el reglamento no permite armas adentro, ni las del guarura.
Lo raro de México con las armas, que Corona llama «un país abundante en paradojas», es que tenerla con papeles cuesta un via crucis, todo pasa por el permiso de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), y de contrabando en cambio entran a carretadas, buena parte metidas desde Estados Unidos, donde poseer un arma viene en la Constitución. El año pasado los decomisos subieron 72.4 por ciento, dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), y Corona lo amarra con el recinto, porque a lo mejor la revisión se afinó para hallar lo ilegal, «como en el Congreso».
De los 35 no dieron nombres ni dijeron si alguno traía el arma chueca. Y no es lo mismo cargarla con permiso de la Defensa que cargarla de contrabando; mientras no lo separen, los 35 van en el mismo saco, el derecho y el chueco revueltos.
Corona no los quiere, se nota, recuerda que los diputados viven hasta abajo en las encuestas, y lee en todo esto los vicios de siempre de la clase política, que ni con el reacomodo de los partidos se fueron. Le faltó una cosa, me parece. En un país donde a los políticos los amenazan y los matan, andar con guarura o con fierro tiene tanto de folclor de la Revolución como de miedo con razones. Eso no hace legal meter la pistola, claro, el reglamento es el reglamento. Pero sí explica que 35 que ganaron una elección no se fíen ni del edificio donde les toca legislar. Lo que de veras no tiene nombre es que no haya a quién reclamarle, ni los nombres ni los permisos salieron.
Por lo pronto los 35 siguen sin nombre y resguardo promete apretar la puerta. La pistola, igual, sigue entrando a San Lázaro; nada más que ahora hay un perro oliéndole las manos al que llega.







