Peloteo | Tomás es más

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En este año 2022, cuando más amenazada se ve la prevalencia del toreo por su propio rezago mercadotécnico y la irrupción de una corriente a nivel mundial que la considera brutal y anacrónica, torea esporádicamente un hombre enigmático y silencioso pero a la vez dueño de una acusada personalidad y un valor inconcebible, que lo reivindica como un arte de profunda expresión humana.

Ese hombre es el torero. Ese hombre es el torero por antonomasia. Ese hombre es el torero por definición. Ese hombre es José Tomás.

Con su forma dramática de concebir un toreo sin concesiones, con su forma de asumir con todos sus riesgos el reto de ser torero y de jugarse la vida en cada tarde, sin que la frase cajonera tenga cabida en este caso, José Tomás sigue escribiendo páginas que dejarán huella en la historia del toreo.

En el libro “Imagen Primera de…”, escrito por Rafael Alberti, encontré una frase en la que el “cantor de los ángeles pretéritos” habla de Antonio Machado, y que bien podría aplicarse para describir al torero madrileño: “Con la naturalidad, con la llaneza propia de lo verdadero, de lo que no ha brotado en la tierra para el engaño”.

Alguna vez le dije lo siguiente:

En cada tarde que tú te vistes de luces, asumes el riesgo inherente al toreo sin importar la categoría de la plaza y sin buscar ventajismos o salvoconductos para disminuir ese riesgo. Por eso te han pegado cornadas lo mismo en una modesta plaza de Jalisco que en un tentadero o un coso monumental. Hay toreros que incomprensiblemente hacen todo lo contrario: se pasan la vida buscando rebajar el peligro, eludiendo al toro con edad, toreando a larga distancia y llegando al vergonzoso extremo de desprestigiar su título de matadores de toros lidiando becerros engordados; aberrantes contradicciones de lo que supone salir a torear.

Desde el 17 de junio de 2007, fecha en que reapareció en Barcelona luego de mantener su torería latente y enrejada durante algún tiempo, lo sigue a todas partes con su cámara Anya Bartels, fotógrafa alemana que ha tenido la prudencia de no incordiar al hermético personaje y a la vez el atrevimiento de estar más cerca de él que nadie, gracias a sus oportunos y artísticos asomos a sus rituales en el ruedo. Tomás se pone a la mínima distancia de los toros y Anya se pone a la mínima distancia de Tomás.

¿Una alemana fotografiando corridas de toros?, ¿haciéndolo con arte y no por mera curiosidad periodística o antropológica? Anya demuestra en Serenata de un Amanecer, el imponente libro que está por reeditarse, que posee la sensibilidad para captar toda la grandeza de un torero con valor y con valores que se arrima todas las tardes, con lo que ello puede implicar en términos de agotamiento físico y mental. Y digo “puede”, porque en el caso de Tomás, a pesar de las cornadas, de no quitarse cuando todo el mundo sabe que el toro se lo llevará por delante, mantiene intacto su espíritu para salir a la siguiente corrida con la misma idea, con idéntico plan. Como lo hizo hace unos días en su exitosa encerrona en Alicante.

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