Breverías | Margarencias

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De manera ocasional Juan Carlos ríe sin razón aparente. Suponemos que es la herencia de su afición juvenil por la aquella bendita hierba. Un día le pregunté y me dijo que la risa involuntaria viene al recordar a Márgaro Guerra, un hombre que vendía agua fresca de cebada en su natal Acaponeta. Se arremolinaban los niños a comprar los diminutos vasos y a escuchar “margarencias”, fantásticas aventuras de cacería: con una bala mataba a cuatro animales gracias a su rifle mágico y don de lenguas, que le permitía comprender el idioma de los animales, como el coyotés, el palomés, el venadés, el güilotés. Y como Vicente, él seguía contando si el público pedía más agua. Ya hombres, regresaban a su pueblo por una “margarencia”, para no olvidar el verdadero valor de la risa.

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