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lunes, enero 12, 2026
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Buscan milagro en Tepic Locas del Obelisco

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Crónica Meridiano | Jorge Enrique González

Recorrer en noviembre de 2025 el país por carretera, con destino a Tepic habiendo salido de la Ciudad de México, podría ser considerado como un milagro, pero no acreditaría los rigurosos criterios de una versión moderna del abogado del diablo para llevar a una religiosa a los altares. Tres hermanas trinitarias hicieron el recorrido, con pequeños contratiempos, y se encomendaron a la madre fundadora de la congregación a la que pertenecen: Mariana Allsopp González-Manrique (Tepic, 1854-Madrid, 1933).

No era una comitiva cualquiera. En el vehículo viajaban la madre Belén, superiora general de la orden llegada desde España; la madre Rosa María, secretaria general y también española, y la hermana Karina, una tijuanense que coordina las casas en México. Venían como peregrinas siguiendo una sombra, buscando el eco de una mujer que hace más de 160 años salió de estas tierras para no volver jamás, pero que ahora, paradójicamente, parece estar más presente que nunca.

La carretera, esa serpiente de asfalto que se traga la tranquilidad de los viajeros en el occidente de México, les mostró sus dientes. Cerca de Nayarit, el sistema de alertas se encendió. Una camioneta pickup ignoró un alto, cruzándose con la impunidad que otorgan los fusiles de asalto visibles a través de las ventanillas. “Iban todos armados”, relataría después la madre Belén, con esa calma que sólo da la fe o la resignación ante lo inevitable. Kilómetros más adelante, una gasolinera tomada por la Guardia Civil confirmaba lo que todos sabemos y pocos dicen en voz alta fuera de las columnas de opinión: transitar hacia el Pacífico es un acto de fe.

Pero llegaron. Llegaron a Tepic, la ciudad que Mariana Allsopp dejó siendo una niña, cuando la orfandad y las decisiones patriarcales de un diplomático inglés, don Juan Francisco Allsopp, la embarcaron rumbo a Europa. La historia, como bien diría Javier Cercas, no es lo que pasó, sino lo que recordamos de lo que pasó, y en este caso, lo que necesitamos que haya pasado para dar sentido a nuestro presente. Y el presente de estas monjas es una búsqueda: la de un milagro que certifique lo que ellas ya saben en su fuero interno.

En una sala de las oficinas catedralicias de Tepic, guiadas por el historiador Pedro López González, el hombre que parece tener las llaves de todos los sótanos de la memoria nayarita, las religiosas se sentaron a conversar. El ambiente tenía esa solemnidad doméstica de las visitas importantes. Se habló de la violencia, sí, pero como un telón de fondo inevitable para hablar de la otra violencia, la que combatió su fundadora en el Madrid del siglo XIX.

El entrevistador, con la curiosidad de quien cree poco, les lanzó la pregunta que flota en el Vaticano: “¿Mariana va para santa? No veo que vaya por buen camino”. La respuesta de la madre Belén fue un tratado de teología práctica y minimalista: “Para nosotras ya es santa”.

Aquí es donde la crónica debe detenerse y mirar con la lupa del escepticismo ilustrado. El papa Francisco la declaró “Venerable” el 21 de mayo de 2022. Es el paso previo. Falta el milagro. La Iglesia, esa maquinaria burocrática que administra lo divino con sellos de lacre, exige un hecho inexplicable para la ciencia. Pero las trinitarias tienen otra definición de lo inexplicable.

“Un milagro es que 111 hermanas, con una tasa de edad elevada, estemos presentes en diferentes países llevando misiones grandes”, dijo la superiora. Y tiene razón. En un mundo que devora lo efímero, la persistencia de una idea nacida en 1885 bajo la tutela de un cura y una mujer de Tepic, sobreviviendo a guerras civiles, secularizaciones y crisis de vocaciones, es quizás más asombrosa que una levitación.

Durante la charla, se invocó el espíritu de El loco de Dios en el fin del mundo, ese texto donde Cercas disecciona la figura papal. Se habló de cómo los milagros no siempre son cinematográficos. A veces, el milagro es simplemente llegar viva a Tepic después de cruzarse con un convoy de sicarios. A veces, el milagro es que una niña nacida en la nobleza local, hija de un inglés y una González-Manrique, decidiera no ser una dama de sociedad, sino bajar al fango de los barrios bajos de Madrid para rescatar a las prostitutas y niños abandonados.

Las Locas del Obelisco. Así las llamaban. El nombre tiene la sonoridad de las grandes novelas realistas. Cuando Mariana y el padre Francisco de Asís Méndez fundaron la orden, las Hermanas Trinitarias, alquilaron una casa en el Paseo del Obelisco en Madrid. Su misión era acoger a las “mujeres de la vida”, a las víctimas de la trata, a las desheredadas. Lo hacían con una política de puertas abiertas, sin cerrojos, una audacia que la moral victoriana de la época sólo podía calificar como demencia.

“Seis mujeres y un cura acogiendo incondicionalmente… de ahí el nombre de las locas”, explicó la madre Belén con una sonrisa que reivindica el insulto como medalla. Esa locura es la que ahora, en pleno siglo XXI, pretenden llevar al cine. Anunciaron, con la primicia temblando en los labios, que en marzo de 2026 se estrenará la película Las Locas del Obelisco, producida por Pablo Moreno. La historia de la tepiqueña será celuloide y luz, una justicia poética para quien vivió entre las sombras de la marginación ajena.

Pero la visita a Tepic no fue, no, para promocionar una futura película o para revisar el estado del proceso de canonización. Fue un acto de reencuentro físico, casi táctil. Pedro López las llevó al Santuario, esa estructura que se levanta como un testigo de piedra de la historia local. Allí, frente a la tumba de la madre de Mariana, doña María Ana González-Manrique, las religiosas tocaron la raíz.

El historiador, con la precisión de quien conoce el árbol genealógico mejor que su propia familia, les recordó que los restos de la madre están dentro del recinto, un privilegio de la época, mientras que los del padre, el inglés don Juan Francisco, se perdieron o quedaron fuera, en el atrio. Se habló de retratos perdidos y recuperados, de las pinturas de Santiago Gutiérrez, ese artista académico que inmortalizó a la burguesía de Tepic y que pintó a los padres de la venerable.

Tepic cambia, pero el pasado es terco. Las hermanas caminaron por una ciudad que ya no es la aldea de 1854, pero que sigue necesitando, quizás con más urgencia, esa “locura” de acogida. No tienen casa en Tepic. Aún no. Pero el cortejo ha comenzado.

“Escuché por ahí que andan coqueteando con Tepic”, lanzó el entrevistador con esa mezcla de broma y verdad que abre las puertas cerradas. Y la verdad salió: el padre Cuco y el mismísimo obispo les han hecho la propuesta formal. Quieren a las Trinitarias de vuelta. Quieren que la hija pródiga regrese a través de sus herederas.

“Nos llevamos la tarea al gobierno general para el discernimiento”, respondió la madre Belén, con la prudencia de quien sabe que abrir una casa religiosa hoy en día es una empresa de alto riesgo financiero y humano. Pero sus ojos, y la emoción con la que describió pisar la tierra de Mariana, decían otra cosa. Decían que el círculo quiere cerrarse.

La entrevista concluyó con la promesa de una foto y el intercambio de contactos telefónicos. Pero lo que quedó flotando en el aire fue la densidad del tiempo. En esa sala convergieron dos siglos. Estaba el siglo XIX de Mariana, con sus carruajes, sus epidemias y su rígida moralidad; y estaba el siglo XXI de Belén, Rosa y Karina, con sus camionetas blindadas en las carreteras, sus crisis de fe y su violencia desenfrenada.

Ambos tiempos están unidos por la misma necesidad de redención. Javier Cercas suele escribir sobre cómo el pasado nunca pasa del todo, sobre cómo los muertos siguen exigiendo cosas a los vivos. Mariana Allsopp, desde su estatus de Venerable, parece exigir a sus hijas que mantengan viva la llama en Kenia o la India y también miren hacia Tepic.

El milagro que buscan para la beatificación es un requisito canónico, un tecnicismo sagrado. Pero el verdadero milagro, el que justificaría una crónica en Meridiano, es que en medio de la barbarie que a veces parece consumirnos, tres mujeres crucen el océano y las carreteras peligrosas sólo para decirnos que una de nosotros, una tepiqueña, encontró en la entrega a los demás la forma más alta de la cordura.

Si Mariana llega a los altares, será una santa tepiqueña. Pero mientras eso ocurre, mientras los médicos del Vaticano analizan expedientes buscando curaciones imposibles, en Tepic queda la certeza de que la historia es circular. Las Locas del Obelisco han vuelto, y tal vez, sólo tal vez, su locura sea lo único cuerdo que nos queda.

La trinitarias hacen un último recorrido por Catedral, ven el reloj, una y otra vez. Pedro López que parecía no darse cuenta, infatigable, seguía aportando datos, fechas, nombres, tejiendo la red de seguridad histórica para que la memoria no se desplome. Las religiosas se marcharon con la promesa de volver. Y Tepic, indiferente y eterno, se quedó esperando el milagro, o al menos, el estreno de la película.

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