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viernes, febrero 6, 2026
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Los zapatos del ministro

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El escenario del Teatro de la República, en la siempre ilustre Querétaro, fue el testigo mudo de una de esas escenas que harían palidecer de envidia al mismísimo Carlos Monsiváis en sus mejores crónicas de la carpa nacional. Hugo Aguilar Ortiz, el flamante mandamás de la que yo llamo la Suprema del Acordeón, esa instancia que hoy suena más a polca de encargo que a concierto de legalidad, se presentó a la conmemoración de nuestra Constitución de 1917 envuelto en un aura de santidad administrativa que ni el incienso de sus rituales previos lograba disimular. Tras haber pregonado a los cuatro vientos su martirio por la pérdida de la camioneta blindada, el funcionario intentó vendernos la imagen del servidor de a pie, aquel que, según su propia retórica, no temería codearse con la plebe en los vagones del Metro.

Sin embargo, el diablo decidió esconderse en los detalles, específicamente en el brillo sospechoso de un calzado que gritaba aristocracia mientras la lengua del portador predicaba, el muy hipócrita, austeridad. Resulta fascinante, por no decir patológico, observar cómo se intenta construir un personaje de humildad franciscana sobre una base de privilegios que se resisten a morir. Estamos ante el mismo individuo que, en un despliegue de esoterismo oficialista, no tuvo empacho en invocar a Quetzalcóatl en el Zócalo, pretendiendo que la serpiente emplumada bajara a validar sus decisiones. Aquella ceremonia, que costó un ojo de la cara al erario, fue el preludio de este bochorno queretano donde la realidad le dio un puntapié a la simulación: no hay misticismo que aguante la imagen de un subalterno de rodillas limpiándole el polvo de los zapatos en plena vía pública.

La prensa internacional no ha tardado en diseccionar esta tragicomedia con la precisión de un cirujano. Los corresponsales extranjeros observan con una mezcla de estupor y mofa cómo el encargado de defender a los más pobres se pierde en la retórica de la pobreza fingida mientras sus accesorios delatan una cuenta bancaria blindada. La contradicción es tan vasta como el rezago de la defensoría; se pide al pueblo que confíe en una justicia descalza, pero se camina con suelas de importación que jamás han sentido el calor del pavimento de una colonia popular. Es la ironía máxima: invocar la soberanía y la sencillez mientras se habita una burbuja de cristal que sólo se rompe cuando la cámara capta el ángulo incorrecto de la servilleta limpiando el cuero del patrón.

Dentro del ámbito nacional, los analistas coinciden en que este episodio no es una simple anécdota de vestuario, sino la radiografía de una gestión que prefiere la liturgia al derecho. La Constitución de 1917, forjada en el fuego de una revolución que buscaba equidad, terminó siendo el telón de fondo para un hombre que parece más preocupado por el lustre de su bota que por la solidez de su encargo. No se puede hablar de una transformación cuando el principal operador del sistema se comporta como un actor de método que olvidó el guion pero conservó el vestuario de lujo. La dignidad del cargo no se encuentra en el Metro, pero tampoco se esconde en el desdén hacia las formas que la investidura exige.

Finalmente, el espectáculo de los zapatos de Aguilar Ortiz nos deja una lección amarga sobre la vacuidad del discurso actual. Se puede quemar todo el incienso del mundo y se puede prometer viajar en el transporte más humilde, pero si la intención es engañar al ojo ajeno para perpetuar el poder propio, el resultado siempre será el ridículo. El funcionario camina sobre un fango de incongruencias que ninguna alfombra roja en Querétaro podrá tapar. La justicia en México sigue esperando a alguien que, más allá de su inmaculado calzado o de sus invocaciones prehispánicas, tenga la firmeza de caminar recto sin que nadie tenga que arrodillarse a sacarle brillo al paso.

Ahí se las dejo.

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