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viernes, febrero 13, 2026
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Negocio con bata blanca

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El discurso oficial suele vestirse de una solemnidad que empalaga a los que todavía conservamos el sentido del olfato. Nos hablan de “fraternidad universal” y “apoyo humanitario” con un tono tan elevado que parece que uno debería persignarse antes de escuchar la mañanera. Pero ya lo decíamos: hay que tenerle una santa desconfianza a la palabra solemne, porque debajo de la guayabera blanca y el abrazo diplomático con el régimen castrista, casi siempre lo que asoma es el cobre de los negocios de siempre. En esta ocasión, el humanismo salió carísimo y, para variar, terminó alimentando las cuentas de empresas que de blancas sólo tienen la factura.

La reportera Sara Pantoja pone las cifras sobre la mesa en una investigación que publica en el más reciente número de la revista Proceso debería quitarle el sueño a cualquiera que todavía se tome la molestia de pagar impuestos. Según el reportaje con el título Importar salud de La Habana benefició a empresas ligadas a escándalos el Gobierno de México destinó más de mil 600 millones de pesos para cubrir los “detallitos” logísticos de los médicos cubanos enviados a nuestro país. Hablamos de hospedaje, transporte y comida para una brigada de especialistas desplegada en 12 estados donde manda el color guinda. Es una cifra brutal si se considera que ese monto representa casi la mitad de los 3 mil 500 millones de pesos que costará la credencialización del Servicio Universal de Salud que tanto anuncian con bombo y platillo. Mientras al pueblo le recetan paciencia ante la falta de paracetamol, al régimen de La Habana y a sus gestores se les deposita con una puntualidad que ya quisiera cualquier jubilado de Morelos.

Lo que de verdad cala, lo que hace que la puerca tuerza el rabo, es a quién decidieron darle la lana. La indagatoria de Pantoja revela que el IMSS-Bienestar, bajo el mando de Alejandro Svarch Pérez, entregó el contrato LA-IB-CSG-0110-2025 a empresas como Kol-Tov y Productos Serel. Estas joyitas de la libre empresa forman parte del Grupo Kosmos, un corporativo apodado en el mundo empresarial como “el cártel de la comida”. Resulta que estos señores no son precisamente unas hermanitas de la caridad; cargan con un historial de investigaciones por lavado de dinero, venta de despensas a sobreprecio a Venezuela y hasta menciones en los Pandora Papers por el uso de estructuras offshore. Es un humanismo muy sospechoso el que se sirve de los mismos que han sido señalados por tranzar con el hambre ajena.

Pero la danza de los millones no termina ahí. Otra de las ganadoras de este festín presupuestario fue Perlop Operadora de Alimentos. Esta empresa, constituida en Tuxtla Gutiérrez, tiene la inmensa fortuna de que sus dueños son identificados en Chiapas como “paisanos” de Zoé Robledo, el mero jefe del IMSS. La coincidencia es tan grande que hasta parece planeada en una mesa de café chiapaneco: la empresa recibe contratos millonarios para atender a los “colaboradores externos” cubanos mientras los servicios de salud para los mexicanos de a pie siguen en terapia intensiva. Es la vieja maña de la política nacional que no conoce de colores: se usa una causa noble para que los amigos de la casa pasen a la caja a cobrar su respectiva tajada sin que nadie les pida cuentas.

Incluso dentro del mismo gobierno las aguas están turbias. El reportaje menciona que Luz Elena González Escobar, actual secretaria de Energía, fundó una operadora de restaurantes en 2024 y ha sido empleada de empresas del Grupo Kosmos, como La Cosmopolitana. Con estos antecedentes, queda claro que la “austeridad republicana” es un traje que sólo se le pone al pueblo, mientras que para los proveedores favoritos hay alfombra roja y contratos fast-track. El conflicto de intereses es un fantasma que recorre los pasillos de las dependencias de salud, pero aquí nadie se asusta, porque el miedo se quita con unos cuantos ceros en la cuenta bancaria.

El contraste de las realidades revuelve el estómago. Mientras en la isla los cubanos sobreviven con salarios que apenas alcanzan los diez dólares mensuales y se asoman al abismo del hambre, los médicos enviados a México reciben un trato de delegados sindicales de lujo. El anexo técnico del contrato exige que el personal cubano sea transportado en vehículos modelo 2015 o superior, con aire acondicionado y seguro de cobertura amplia. Se les aloja en hoteles de tres estrellas o departamentos con habitaciones individuales que garanticen “descanso y seguridad”, equipados con lavadora, refrigerador, estufa y hasta la vajilla incluida. Todo esto se paga con cargo a las partidas de estados como Guerrero y Veracruz, donde se desplegaron hasta 449 especialistas. Uno se pregunta si el humanismo es para el pueblo cubano o para asegurar que el negocio de la importación de personal no se detenga.

La Presidenta defiende la medida asegurando que los médicos ayudan a los más necesitados. Es una verdad a medias que esconde una mentira completa. Nadie duda de la necesidad de manos en las clínicas rurales, pero el método apesta a burocracia dorada. Importar salud de La Habana es la vía para financiar indirectamente a un régimen autoritario, y de paso, para engordar a los monopolios locales que ya le han tomado la medida a la llamada transformación. El Grupo Kosmos, investigado al inicio del sexenio pasado y con cuentas congeladas por órdenes presidenciales, hoy sigue siendo el proveedor favorito para alimentar el “sueño caribeño” en suelo mexicano. Como dice el dicho: el que quiera azul celeste que lo pague, pero aquí el azul lo pagamos nosotros y el “celeste” se lo quedan los de siempre.

La generosidad con sombrero ajeno es una especialidad de nuestra clase política. Mil 600 millones de pesos habrían servido para equipar clínicas mexicanas con equipo propio y medicinas que no sean placebos. Pero la infraestructura permanente no deja tantas comisiones rápidas ni permite fotos tan bonitas en las cumbres internacionales de solidaridad socialista. Se prefiere el esquema de la “ayuda humanitaria” porque el nombre funciona como un amuleto contra las críticas; impide que la gente pregunte por las facturas y por el historial de los proveedores. La seriedad con la que defienden estos gastos es, en realidad, un escudo de cartón para que no veamos que el dinero público fluye hacia las mismas tuberías oxidadas de la corrupción empresarial.

Ahí se las dejo. Para que la próxima vez que escuchen hablar de solidaridad con Cuba, se pregunten si el beneficio es para el paciente que no tiene ni una gasa en la sierra o para el empresario que está brindando con champaña por haber ganado el contrato de las batas blancas. Póngale choya al asunto, que la caridad, cuando pasa por las manos de la política mexicana, siempre se queda con el cambio y nos deja el puro recibo.

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