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jueves, marzo 5, 2026

A tizne lento

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¡Híole, chato! Mire usted que uno amanece con la idea de que la vida es una cosa y la existencia es otra, pero fíjese bien en el detalle, porque en Tepic la existencia se nos está volviendo muy oscura, y no es porque no haya sol, sino porque el sol ya ni se ve con tanto tizne que nos llueve del cielo. Resulta y resalta, para que usted me entienda la magnitud del mitote, que llevamos más de un siglo con el mismo sistema de prenderle fuego a la caña como si estuviéramos todavía en los tiempos de la carreta y el candil, ignorando que el mundo ya dio la vuelta y nosotros seguimos aquí, barriendo ceniza como si fuera un deporte nacional.

Mire usted cómo está el enredo en colonias como la Mololoa o la Ciudad del Valle, donde las señoras ya no saben si lavan para limpiar o si lavan para que el hollín tenga dónde aterrizar con más elegancia. El ritual de la mañana ya no es el cafecito, sino la escoba, la manguera y las cubetas de agua para quitar esa capa de ceniza negra que se deshace al menor roce y mancha hasta la conciencia. El humo de los cañaverales y las chimeneas de los ingenios, como ese de Menchaca que ya tiene sus años encima, se nos mete por las rendijas de las ventanas y nos deja un olor a melaza quemada que, si bien suena dulce, se siente muy amargo en la garganta.

Pero ahí no está el detalle, chato. El detalle es que mientras nosotros barremos, las clínicas de salud se están llenando de gente que llega tosiendo con una insistencia que ya quisiera un motor viejo en subida. Los medidores dicen que durante la zafra llegamos a las 8 partes por millón de monóxido de carbono. ¡Ándele! Para que usted dimensione el tamaño de la barbaridad, Guadalajara —con sus millones de coches y su ruido de metrópoli— reporta picos de 10 partes por millón. O sea, que en Tepic estamos respirando casi lo mismo que en una ciudad gigante, pero sin tener los beneficios de la gran ciudad, nomás por puro gusto de quemar el follaje seco de la caña.

Y fíjese bien en lo que dice la ciencia, porque la Universidad Autónoma de Nayarit y los expertos del INECC ya le pusieron nombre al enemigo invisible: las partículas PM2.5. Son unas cositas tan chiquititas que no se quedan en el pañuelo, chato; esas se meten por los alvéolos y saltan directo al torrente sanguíneo, provocando que los ingresos por neumonía se disparen un 100 por ciento en esta temporada. Es una cosa de locos: el 88 por ciento de lo que sale de esas quemas es material que nos enferma los pulmones y el corazón, mientras los ingenios de Puga y Menchaca siguen operando como si el aire fuera de ellos y de nadie más.

¿Y qué me dice usted de otros países? Porque no crea que la caña nomás se da aquí en el Valle de Matatipac. En Brasil, que de esto saben un rato largo, ya transicionaron a la cosecha “en verde” con pura maquinaria que corta y tritura el residuo orgánico para dejarlo como abono en la tierra. Ellos auditan cosechas de 637 millones de toneladas sin prender un solo cerillo. Y en Australia, no conformes con limpiar el aire, recogen la paja de la caña para generar su propia electricidad en las calderas de los ingenios. ¡Qué maravilla! Allá transformaron un pasivo ambiental en una planta de energía renovable, mientras nosotros seguimos aquí, quemando el futuro para ahorrarle un peso al presente.

La realidad es monda y lironda, chato: nuestro campo nayarita tiene planicies que son una chulada para meterle tecnología, pero el cambio de paradigma exige voluntad y dinero. Necesitamos que los gobiernos y los líderes cañeros se dejen de cuentos y abran líneas de crédito blando para importar esas cosechadoras que, aunque cuestan sus buenos billetes, nos van a ahorrar millones en medicinas y en vidas humanas. Hay que capacitar al machetero para que suelte el filo y aprenda a manejar la cabina de un tractor con aire acondicionado; el empleo rural tiene que dejar de ser una condena de hollín y sudor para volverse una profesión técnica y moderna.

Al final de cuentas, ver a Tepic tiznado después de un siglo es el reflejo de una industria que se nos quedó anclada en el pasado mientras el aire del presente nos exige limpieza. La tecnología ya garantiza la supervivencia del azúcar sin necesidad de asfixiarnos a todos en el proceso. El tizne debe desaparecer para dar paso a la rentabilidad limpia, porque para endulzar el café no hace falta amargarle la existencia a todo un pueblo que lo único que quiere es respirar a pleno pulmón sin que le cueste la salud.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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