
Cuando revisamos la historia, siempre nos vamos a topar con las deudas que cargamos como sociedad. Para bien y para mal la historia nos hace y nos define. Para Isaac Newton, la conclusión es sencilla: “Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”. Desde la perspectiva de Marx, “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Somos de alguna manera el resultado de esa historia, también, para bien o para mal. Esa es la razón por la que resulta de la mayor trascendencia reconocer nuestra historia, tal y como se ha mostrado en el acto con el que se hace un reconocimiento al inaugurar la Glorieta Nayarit. Se trata, en efecto, de un acto que preside el Gobernador Miguel Ángel Navarro, con una doble significación, la de ese reconocimiento histórico y la del reconocimiento del valor artístico del talento de los nayaritas.
El reconocimiento a los pueblos originarios es de enorme relevancia dado el genocidio del que fueron víctimas al arribo de los españoles. Ese genocidio fue un acto de barbarie que casi extingue a las poblaciones originarias de lo que ahora es México. Algo parecido ocurrió en el norte del continente, región en la que las poblaciones originarias fueron encerradas en lo que se da en llamar “reservaciones”. En las Antillas, la desaparición de pueblos enteros es un hecho terrible que poco ha sido estudiado y menos dimensionado en el plano moral e histórico. En Sudamérica, así como en la región que ahora es México, la población originaria no fue aniquilada no solamente por razones numéricas, sino porque los pueblos atacados fueron perseguidos hasta regiones donde fue imposible su aniquilación.
Los primeros siglos, fueron de una constante reducción de las cifras poblacionales de los pueblos originarios. Una parte de esa disminución demográfica se explica por las enfermedades que acabaron con la vida de millones de personas originarias. Otra parte de la reducción de las cifras demográficas, se explica a partir de los excesos de los que fueron víctimas esas poblaciones. El esclavismo fue parte de esa historia, aunque esa era una realidad aparte de lo que era el Imperio Español. Recordemos que la Nueva España era parte del Imperio, que no era considerada como colonia. Eso es parte de una revisión aparte.
La región que ahora es parte de la geografía del estado de Nayarit, se encontraba poblada de personas que habían ocupado estas tierras que se encontraban sin dueño. Más tarde, a lo largo de varias décadas antes de la llegada de los españoles, esos pueblos chocaron entre sí, pero fue la llegada de los conquistadores lo que configura un parteaguas. Tras una relativamente breve historia, que se extiende por casi medio siglo, el territorio fue ocupado por españoles y los pueblos originarios que resistieron la aniquilación, se remontaron a regiones de difícil acceso.
Los primeros años de la etapa novohispana fueron de resistencia y del inicio de un proceso de conformación de las bases de una nueva nación. Una nación que fundamentalmente es mestiza, una nación que imbricó las raíces españolas con las de los pueblos originarios.
El mestizaje dio pie a una nueva nación, una nación mestiza. Esa nación es la que sienta las bases para un nuevo país que es al que pertenecemos los mexicanos de hoy. Cierto, ese mestizaje siempre se mantiene en constante transformación. No obstante, ese mestizaje ha sido parte de la construcción de una identidad nacional que no ha logrado desprenderse de los comportamientos discriminatorios. Esa discriminación que afecta a la sociedad mexicana, no solamente afecta a las mujeres, sino a quienes se visten o poseen una apariencia que se escapa de la “media”, sino que afecta a las personas por su condición económica y no se diga, por su origen demográfico o por el uso de lenguas originarias.
La deuda con los pueblos originarios es impagable. Es por eso que el acto simbólico donde se reconoce su valor como parte de la conformación de la identidad nacional actual, es de relevancia absoluta. Se queda corto ese reconocimiento, pero es de enorme valor que se realice. Enorme valor que se suma a otros actos como las obras de arte de Juan Miguel Navarro, de Emilia Ortiz, de Julio Casillas Larios, la de Vladimir Cora y la de otros más que han hecho de la herencia cultural de los pueblos originarios, un punto de referencia para que el mundo conozca su aportación a la cultura universal.
El mandatario estatal, el doctor Navarro, siempre se ha mostrado solidario con esa parte de nuestra sociedad, a la que le ha dedicado tiempo, así como una clara conciencia de su importancia como parte de la identidad nacional que es suma de culturas. Sin duda, es bienvenida la obra urbana, artística, cultural, que representa la Glorieta Nayarit.







