
En marzo de 2002 presenté mi tesis de licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. El tema era Julio Scherer García, el hombre y su contexto. No era mi intención hacer una biografía —eso lo aclaré desde la primera página— sino más cercano a estudio de las relaciones de poder entre la prensa y el gobierno. Releído hoy, ese trabajo de investigación tiene tintes que se mantienen.
En aquella tesis escribí que Scherer el mito disminuía cuando Scherer el hombre aparecía. El personaje que la historia había encumbrado como el periodista más importante del siglo XX mexicano era, al final, un hombre de carne y hueso, con contradicciones, con miedos, con momentos de duda. Y precisamente en esa humanidad estaba su grandeza.
Quizá la mayor fortaleza de esa tesis fueron las voces que me permitieron entrevistarlos, personajes clave de la vida pública y periodística de México: Vicente Leñero, Jesús Blancornelas, Antonio Delhumeau, Eduardo Deschamps, José Martínez, Jorge Medina Viedas, Jorge Meléndez Preciado, Fernando Pérez-Correa, Juan Miranda, Gustavo Carvajal y Froylán López Narváez, entre otros. Cada uno aportó una pieza distinta del rompecabezas. Juntos, confirmaron algo que intuía desde el principio: que para entender a Scherer había que entender el sistema político que lo rodeaba, y que para entender ese sistema, había que escuchar a quienes lo vivieron desde adentro.
Parte de lo que me atrajo de Scherer no fue el mito, sino la actitud. Carlos Marín lo sintetizó mejor que nadie: “A Julio Scherer se le debe una actitud frente al poder, la cualidad radical de tratar con el poder sin dar las nalgas.” Una frase que cabe en una línea y explica décadas.
Desde que asumió la dirección del antiguo Excélsior el 31 de agosto de 1968 —justo cuando el sistema político mexicano vivía sus niveles más altos de presidencialismo y corporativismo—, Scherer entendió que el periodismo crítico no es compatible con la comodidad.
Scherer el mito disminuía cuando Scherer el hombre aparecía. Y precisamente en esa humanidad estaba parte su grandeza. Esa tensión entre el mito y el hombre se reveló con particular claridad en dos momentos que marcaron su figura ya en el tramo final de su trayectoria.
El primero ocurrió la madrugada del 10 de marzo de 2001, en el patio de un exconvento en Milpa Alta. Scherer entrevistó al subcomandante Marcos, líder del EZLN, con las cámaras de Televisa. La entrevista apareció primero en el Canal 2 aquella noche del sábado, y luego fue publicada íntegramente en la revista Proceso bajo el título “La entrevista insólita”. Insólita, sí: por el personaje, por el escenario y sobre todo por la paradoja de ver a Scherer trabajar bajo los reflectores de la televisora que criticaba. El propio don Julio llegó incómodo esa noche; la televisión no era lo suyo, era un hombre de la intimidad y el papel. Pero fue seguramente porque la noticia lo exigía.
El segundo momento fue aún más revelador. En febrero de 2010, Scherer recibió un mensaje escueto: Ismael “Mayo” Zambada, el capo del Cártel de Sinaloa, uno de los hombres más buscados del país, quería hablar con él. Scherer fue. En abril de ese año, Proceso publicó la crónica del encuentro. Ante las preguntas inevitables sobre si no era demasiado peligroso, don Julio respondió con la frase que resume toda su filosofía del oficio: si el diablo le diera una entrevista, descendería al mismo infierno por ella. No era fanfarronería.
Hoy el periodismo vive en plataformas que premian la velocidad sobre la verificación, el escándalo sobre la investigación, el clic sobre la consecuencia. Las redes sociales democratizaron la distribución de información, sí, pero también democratizaron la desinformación. Cualquiera puede publicar; muy pocos investigan. El ruido es ensordecedor y la profundidad, escasa.
Scherer tardaba semanas en conseguir una entrevista imposible. La conseguía porque nadie como él para vencer apatías, doblegar voluntades y convertir en sí el no de un hombre público que se resiste a un reportaje —como describió Vicente Leñero—. También es complicado negar que varios de sus encuentros con los personajes de corte mundial se facilitaron por su relaación con los poderosos nacionales del momento. Hoy ese proceso tiene competencia directa: el timeline no espera, el algoritmo no perdona la demora y el anunciante prefiere el contenido amable.
No se trata de nostalgia. Scherer no era perfecto ni su época era idílica. Él mismo cultivó relaciones con el poder —presidentes, gobernadores, líderes sindicales— y las usó con inteligencia. Lo que lo distinguía no era su pureza, sino su brújula: sabía hacia dónde apuntaba y no se dejaba comprar.
Lo que el periodismo mexicano necesita hoy no es imitar el formato de Proceso ni reproducir el estilo de los años setenta. Lo que necesita es recuperar ese principio básico: el periodista existe para servir a la sociedad, no al poder ni al algoritmo. La figura de poder —cualquiera que sea— sigue existiendo. Las relaciones entre prensa y grupos de poder siguen siendo intrincadas y, muchas veces, corruptas. Lo que escasea es quien las exponga sin miedo y sin negociar el precio de la nota.
Hoy que estamos en el marco del centenario del natalicio de Julio Scherer, confirmo que cuando escribí aquella tesis concluí que Scherer es una figura sin la cual difícilmente podríamos entender el fenómeno del periodista y del periodismo en México. Hoy, con algunos kilómetros más recorridos en este oficio, añadiría algo: tampoco podríamos entender lo que hemos perdido. Scherer dejó una escuela. Esa escuela no cerró. Solo necesita más alumnos dispuestos a aprender la lección más difícil: que la independencia periodística no se declara, se practica cada día, todos los días.
@rvargaspasaye
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