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La política de alianzas y de distanciamientos

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El próximo año es clave en materia electoral. El 6 se junio de 2027, con credencial en mano habremos de aportar nuestro voto para que se asignen cargos de elección popular a los que obtengan la mayoría de sufragios. Como en la película de Sergio Leone, “El bueno, el malo y el feo”, con las siglas se identifica todo tipo de individuo. En todas las siglas hay personas buenas (la mayoría) y personas malas (los menos, pero con alto poder destructivo). ¿Cómo debemos proceder con los buenos, con los malos y con los feos?

El punto de partida es de la mayor relevancia en el análisis presente. Creo que la mayoría de las personas de cualquier sigla, son buenas personas. De lo contrario, el cielo ya se habría derrumbado.

No obstante, como Gonzalo N. Santos, hay quienes consideran que la moral es un árbol que da moras. Los que creen que la política es engaño, mentira y traición, se abren a todas las posibilidades. Por eso no extraña que esos elementos metan la mano al dinero público para pagar campañas, o se muestran dispuestos a pactar con grupos criminales para que sean esos los que cubran sus necesidades de dinero para ganar votos.

En efecto, en cualquier sigla podemos encontrar buenas personas. En Morena, en PT, PVEM, PAN, PRI, MC y demás, en todos lados hay montescos y capuletos, jacobinos y girondinos. Hay en todos lados personas honestas, íntegras, respetuosas de las cosas ajenas. De la misma manera, en todos los acrónimos podemos ver o descubrir elementos con vocación criminal. ¿Cuál es entonces la diferencia entre las siglas?

La diferencia entre las siglas, al menos en este campo, es la forma en que el ala de las complicidades cubre a los pillos. Solapar es un verbo muy interesante. El diccionario lo define como “Ocultar maliciosa y cautelosamente la verdad o la intención”. Ese es el caso que nos ocupa. Cuando una persona que “milita” en las mismas siglas que otra persona, comete un acto antijurídico, debería recibir la pena que se merece.

Todas nuestras normas, a las que todos nos debemos someter, provienen de un pacto: en este caso, el Pacto Federal. Ese pacto implica que aquellas personas que contravengan lo dispuesto en la Ley Fundamental, deben pagar las consecuencias de ello.

Las personas que se identifican con algunas siglas no están obligadas a solapar a los malhechores. Por el contrario, es necesario defenestrar a quienes traicionan la confianza que se deposita en esas personas. Las siglas no tienen un programa o declaración de principios lleno de propuestas criminales, delincuenciales. Los que traicionan a sus compañeros de sigla, no merecen la solidaridad de nadie, ni de tirios ni de troyanos.

Un ejemplo con las siglas del PAN. Es de todos sabido que una persona de nombre Lucero Sánchez, que se hizo famosa por el remoquete de “chapo diputada”, fue «acusada de pasar el año nuevo en México con Joaquín “el Chapo” Guzmán». Podríamos mencionar ejemplos con otras siglas. Pero dado que no es el tema central en este espacio, debemos enfocarnos en las cuestiones centrales.

Primero. El ejemplo citado no significa que el PAN postule deliberadamente a candidatos propuestos por el crimen organizado.

Segundo. La infiltración de una persona así, no debe tolerarse. Los primeros que deben deslindarse de personas que hayan cometido actos antijurídicos, son los mismos elementos que se identifican con esas siglas, en este caso, con el PAN. Este principio debe ser aplicable para cualquier acrónimo.

Ahora está de moda la solicitud de una oficina de los Estados Unidos, para que se detenga y extradite al gobernador de Sinaloa, ahora con licencia, Rubén Rocha Moya, a quien acusan de delitos relacionados con el narcotráfico. ¿Qué procede en ese asunto?

Lo que procede idealmente es que luego de haber renunciado, Rocha Moya debería acudir a ese país a dar la cara a quienes lo acusan. Suena a ingenuidad, pero no lo es. Las siglas de Morena y de los partidos que lo llevaron a la gubernatura de aquella entidad, por su parte, se deberían deslindar de ese proceso. Se podría valorar la necesidad y legalidad de acompañar al señalado en su proceso.

Las instituciones de los Estados Unidos atraviesan por una etapa de poderoso descrédito. Primero, por el terrorismo desatado contra inmigrantes y por el asesinato de sus propios ciudadanos. Ejemplos de esto son tristes y por respeto, mejor ni mencionar nombres. Asimismo, por el uso vengativo de los organismos de justicia para golpear a los “enemigos”. Un ejemplo de esto último es lo que ocurre en el caso del exdirector del FBI, James Comey, grotescamente acusado de publicar en una red social la foto de unas conchitas marinas, lo que fue interpretado como una amenaza de muerte. ¿Qué hizo Comey? Se entregó a las autoridades y declaró ser inocente: fin. Eso mismo debería hacer Rubén Rocha (tiene dinero) y, luego de demostrar su inocencia o que fracasen los acusadores, proceder a una demanda multimillonaria contra el gobierno de ese país como lo hace el presidente de ese país.

La cosecha de votos no puede depender de que se solape a quienes cometen delitos. Los que van por lana pueden regresar trasquilados. Es verdad que el cierre de filas procede entre quienes se identifican con ciertas siglas. Empero, una cosa es cerrar filas en torno a una persona que ha delinquido y otra cuestión muy diferente cerrar filas ante una embestida contra la soberanía del país.

Algo que debe unir a todos aquellos que coincidan por sus principios democráticos es el cierre de puertas a los sistemas propios del Santo Oficio. Recordemos que, para el Santo Oficio, para ser culpable bastaba con ser acusado de algo. A nadie, a absolutamente nadie le conviene dar el visto bueno a las acciones intervencionistas, pues esas mismas fuerzas pueden caer bajo el peso de los intervencionistas. Solamente recuérdese lo ocurrido con el buen Maximiliano, ese que acabó con sus huesos en el Cerro de las Campanas.

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