Después de sobrevivir al calor, los zancudos y a los jejenes de San Blas, el viajero norteamericano y quimico Mr. A. L. Nolf por fin llegó a Tepic. El hombre venía seguramente todo magullado por la diligencia, lleno de polvo hasta en el pensamiento, pero le bastó poner un pie en la capital del Territorio de Tepic para que, como por arte de magia, “el alma le volviera al cuerpo”.
Recordemos que era 1894, y que Nolf dejó escritas sus impresiones sobre San Blas, Tepic, La Escondida y Puga en el periódico El Nacional de la Ciudad de México, mismas que luego el periódico local Lucifer replicó.
Tan bien lo trataron los tepiqueños, especialmente don Carlos Castilla y don Ernesto Lonergan, esos peces gordos de la poderosa casa comercial Barron Forbes, que el señor Nolf quedó prácticamente enamorado de la ciudad. Tanto, que le echó flores a Tepic con más entusiasmo que suegra presumiendo yerno millonario, y eso ya es decir bastante.

A Nolf , le llamó la atención la iglesia, su plaza con flores, sus árboles recortados como si alguien les hubiera peinado el copete y una alameda limpia, fresca, llena de vida tropical. O sea, Tepic ya traía estilo.

“Tepic es una ciudad pequeña, pero coqueta, con su iglesia realmente remarcable, su elegante plaza adornada de flores y árboles cortados en forma de cúpulas, y su alameda grande y limpia donde se ve toda flor tropical.”
Pero el verdadero tesoro, según este distinguido viajero, era el hotel de la Bola de Oro. Y ojo, no porque presumiera lujo de revista ni muebles de palacio, sino por algo mucho mejor: su corredor exterior, lleno de flores, con arcadas antiguas de estilo español, donde el viajero podía descansar feliz, tranquilo y recuperar el alma después del camino.

Mr. Nolf hasta remató con ironía fina: que los americanos se quedaran con sus hoteles de 21 pisos en Chicago, y los franceses “guardaran su gran hotel de París con sus lacayos de lujosa librea”… que él, con gusto, se quedaba con el humilde, pero grandioso corredor de Tepic.
Y hasta aquí le paramos por hoy, porque tampoco se trata de soltar todo el chisme histórico de un jalón, en la siguiente parte veremos las impresiones de este químico gringo, sobre la fábrica de La Escondida, la cual dejó a Mr. Nolf con los ojos más abiertos que cobrador en quincena.
Fuente: Pedro López González, “La ciudad de Tepic hace 100 años (1894-1994)”, Revista Trimestral de la Fundación Alica.







