
Aprendí el oficio de editor en mi paso por la Secretaría de Gobernación. Kety nos refirió la astucia de Almela en Siglo XXI: al entregar originales para revisión, deslizaba en ellos una frase ajena por completo a la obra. Cuando le devolvían el texto, acudía a la página precisa y comprobaba si el revisor la había tachado. Si la había cazado, la obra seguía su curso; si no, el aprendiz buscaba otro oficio o releía el original entero, fuera de su horario y sus cargas. Durante años repetí la trampa: «Carajo», exclamó el príncipe, la sembraba en cualquier documento, fuera político, histórico o literario. Casi nadie la advertía. Era mi prueba secreta de la calidad de una lectura. Tramposos, quienes no lo leían completo merecían dedicarse a otra cosa. Algunos terminaron de políticos.







