
En el singular sistema político mexicano, el presidente saliente aceptaba con resignación que el entrante le echara la culpa: era el precio del respiro en mitad del torbellino. Quizá esa válvula de escape también convenga a la presidenta Claudia. Pero ella no la busca ni su antecesor la toleraría: la narrativa de la cuatroté se llama continuidad, y su nombre concreto es el segundo piso. El manual no contempla traiciones. Están en su derecho de avanzar por la ruta que les fija. Por desgracia, las obras faraónicas heredadas, la corrupción inocultable y unos soportes económicos cada vez más débiles amenazan con presionar hasta hacer estallar su control, hasta hoy sólido, sobre el poder y la urna. Nadie sabe cómo ocurrirá la grieta. Quizá antes, mucho antes, de lo que se atreven a imaginar.







