
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”
Génesis (1:27)
El Papa León XIV ha obsequiado al mundo la más profunda reflexión y lo hace navegando contra la corriente. Lo ha hecho mediante la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, donde aborda numerosos temas. Ha tratado el tema de las extremas desigualdades. Ha tratado el complejo problema de la pobreza. Ha tratado sobre el papel del Estado y las responsabilidades de los gobernantes. Ha tratado el asunto complejo de la guerra y la paz. De manera relevante han llamado la atención sus puntos de vista en torno a la moda de la inteligencia artificial.
Ha plasmado en su Encíclica que “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor”. Permanecer humanos, custodiar nuestra humanidad que es irremplazable, nos dice.
La amenaza que describe el Vicario de Cristo es el que deriva del uso intensivo y extensivo de la inteligencia artificial. Esa amenaza lo es en la dimensión económica, en la social, en la personal en la familiar. Esa multidimensional amenaza es descrita por el Papa León XIV de manera trascendental. Su Encíclica no es un tratado de psicología social, no es una tesis economicista. La Encíclica del Papa León XIV no es un estudio de patología social.
En 1979, Jean-François Lyotard publicó “La condición postmoderna”. Ahí, el filósofo francés advertía sobre la amenaza que desde entonces ya se cernía sobre la humanidad. Una amenaza derivada de las grandes diferencias entre países que atesoraban grandes conocimientos técnicos y los países dependientes de la ciencia y la tecnología. No solamente advertía sobre esa amenaza, sino que ya trataba sobre las implicaciones en cuanto a la amenaza que ya gravitaba sobre la especie humana al convertir el conocimiento en valor de cambio, dejando de lado el valor de uso de ese mismo conocimiento. Sostenía Lyotard en esa obra, que “Se puede, por consiguiente, esperar una potente exteriorización del saber con respecto al «sabiente», en cualquier punto en que éste se encuentre en el proceso de conocimiento. El antiguo principio de que la adquisición del saber es indisociable de la formación (Bildung) del espíritu, e incluso de la persona, cae y caerá todavía más en desuso. Esa relación de los proveedores y de los usuarios del conocimiento con el saber tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma que los productores y los consumidores de mercancías mantienen con estas últimas, es decir, la forma valor. El saber es y será producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su «valor de uso»”. Hoy ese saber es vendido y su dimensión como elemento que humaniza, deja de ser una realidad un día tras otro. Esto es, el conocimiento deja de ser fin en si mismo, para convertirse en medio que acerca al dinero. Cierto, el dinero es el estiércol del diablo (San Basilio de Cesarea dixit).
He ahí la gran diferencia de lo expuesto por el Papa León XIV, respecto de obras que abordaron esa misma problemática de nuestros tiempos. La Encíclica pontificia aporta mucho más que un punto de vista sobre la inteligencia artificial. Va más allá de una tesis en torno a cuestiones económicas o materiales. No deja nada humano de lado, aunque su pensamiento se centra en la naturaleza humana y su relación con Dios mismo. Esto último vale también para quienes miran el mundo desde una perspectiva laica.
Su aportación no cuestiona asuntos de empleo o de inversión o de costos de producción u otras aparentes nimiedades. Su defensa es por la naturaleza humana, de una especie que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. La tesis podría cuestionada los ateos, los anticlericales y comecuras, por todos aquellos que carecen de Dios o de dioses. Eso no importa ante la fortaleza del ideario que comparte el Papa. Un ideario que, como el que puede derivar de las Sagradas Escrituras, puede ser útil desde cualquier perspectiva humanista. Desde una perspectiva laica, aunque siempre respetuosa y sinceramente comprometida con los asuntos humanos, la Encíclica aporta elementos para retomar la ruta de la evolución humana. No se trata de una evolución darwiniana en la que prospera sólo el más fuerte (¿quién es el más fuerte?) sino de una evolución que lleva al ser humano a trascender.
Nos decía de manera convincente don Pablo Latapí Sarre, que una buena educación debería integrar cuatro variables. El Maestro se refería al carácter, a la inteligencia, a los sentimientos y a la formación de la libertad. Hay quienes privilegian la inteligencia entre esos cuatro elementos de esa buena educación. La inteligencia se suele concebir como dominio de conocimientos. No obstante, el atesoramiento de conocimientos no implica inteligencia. Conocemos a verdaderos imbéciles que poseen grades conocimientos de alguna cosa. Dicho de otra manera, el saber no significa memorizar y no se puede ni se debe disociar de cuestiones que conforman la esencia del ser humano. El ser humano es trascendente. La lectura es acceso a conocimientos. Aunque con la fuerza de las ideas que movía al titán acaponetense don Alí Chumacero, mucha lectura no hace mejor persona a nadie.
El Papa León XIV ha un llamado a “educar en la sobriedad y en el sentido de los límites; educar en el reconocimiento del derecho del otro y de quienes vendrán después de nosotros a disfrutar de los bienes que nos han sido dados, o que el ingenio humano pone a nuestra disposición; educar en la libertad y en la responsabilidad; educar en el sentido de la trascendencia y del bien común”. Hasta ahora, la realidad educa para que la persona privilegie el tener muy por encima, demasiado encima del ser. La moda es tener, no ser. Eso nos hace menos humanos. Lo vemos en nuestra realidad cotidiana, desde lo lejos hasta el pueblo más cercano.







