El torneo arranca en Norteamérica y la euforia no llega. David Wallace-Wells abre su columna con datos que cuestan de ignorar: miles de entradas sin vender, reventa por debajo del precio oficial, vuelos que no se llenan, hoteles que ven evaporarse ingresos que daban por seguros. La FIFA canceló reservas en bloque. Hay quien habla de un boicot mundial contra Donald Trump y su política de fronteras. El columnista del Times admite que el interés crecerá cuando rueden los primeros balones, pero le interesa el síntoma de fondo: por ahora la Copa despierta menos expectación que la final de la Liga de Campeones entre el Arsenal y el París Saint-Germain del fin de semana pasado. Y ahí, sospecha, hay algo que decir sobre la política y la cultura del momento.
En Estados Unidos la tibieza tiene explicaciones a la mano. El equipo local reúne más talento que antes, aunque hace años que no deslumbra. El futbol crece en ese país sin llegar a dominarlo. El patriotismo simple atraviesa una mala racha. Y las entradas, apunta el autor, cuestan demasiado. Lo que de verdad lo intriga es la frialdad del resto del planeta, ese que durante décadas se detenía un mes cada cuatro años para entregarse a un espectáculo de nacionalismo tribal de bajo riesgo. Esa cita colectiva perdió fuerza mientras el futbol de clubes ganaba una ubicuidad global en la última década, hasta sentarse junto al Mundial en la cima de la jerarquía.
El enigma que plantea Wallace-Wells es de cronología. El desplazamiento coincidió con la marea nacionalista de la política mundial, y cabría esperar que esa marea inflara también el fervor por las selecciones. Ocurrió lo contrario. La era del populismo convive con la devoción por los clubes más grandes, plantillas armadas con fichajes internacionales, camisetas patrocinadas por corporaciones extranjeras. Los equipos de prodigios locales que visten los colores de su país siguen importando, concede el columnista, pero ya nadie ilustraría la época populista hablando de la pasión por las selecciones nacionales.
El autor recoge varias hipótesis sin casarse con ninguna. Quizá el fútbol internacional canalizaba pasiones nacionalistas que hoy, en tiempos de nacionalismo real, encuentran otras vías de escape. Quizá, como sugirió Franklin Foer hace dos décadas en El mundo en un balón, el tribalismo de los clubes funcionaba como freno al globalismo y como forma de resistencia. O quizá la respuesta sea de calendario: el club juega casi todo el año, con partidos semanales, mientras el Mundial aparece un mes cada cuatro. De ahí la pregunta que Wallace-Wells lanza al lector: «¿Cuánto futbol pueden absorber los aficionados?»
Hay una observación más fina, y es la que sostiene la columna. La globalización del balón replicó la de las élites. El columnista la ilustra con dos retratos: el alcalde de Nueva York, nacido en Uganda y de origen indio, que festeja al Arsenal con el mismo entusiasmo que la llegada de los Knicks a las finales de la NBA; y Dave Portnoy, el provocador de Barstool Sports, celebrando que el Tottenham evitó el descenso como si se tratara de los Patriots. La afición se volvió global, escribe, y por eso mismo «bastante arbitraria». Uno elige a qué club pertenecer, y la elección viaja por cable y satélite sin pedir raíces.
La selección nacional debería ofrecer lo contrario, un arraigo que no se escoge a capricho, una manera de reponer la identidad que algunos sienten vaciada. La realidad francesa desmiente esa fantasía. En plena época de Marine Le Pen, los aficionados se enardecen menos por Les Bleus que por las críticas a Kylian Mbappé. La estrella del equipo insinuó su inquietud ante el ascenso de la Agrupación Nacional, y el partido respondió tratándolo como un intruso traidor, indigno de portar el orgullo del país. La cara de la selección y una parte de la nación quedaron así enfrentadas por la misma idea de Francia. Wallace-Wells recuerda que ese tipo de tensión ya no es raro: las listas nacionales se nutren de diásporas y de migraciones recientes, y se parecen poco a las fantasías de sangre y tierra de cierta derecha.
De ahí extrae su tesis más provocadora. Lo que llamamos nacionalismo se describiría mejor como provincianismo. El populista no reivindica la nación tal como es, sino la forma en que debería reformarse hacia un ideal reaccionario cuyos contornos resultan más locales que nacionales. En esa lectura, la globalización generó dos reacciones a la vez: el resentimiento de quienes padecieron la desindustrialización y la fuga de capitales, y una desconfianza más honda hacia la propia nación como unidad de organización política. Para buena parte de la derecha, dice el autor, lo que antes daba orgullo hoy produce arrepentimiento. La bandera dejó de ser un envase cómodo para esos sentimientos.
El cierre alcanza también a la otra orilla, y por eso incomoda. «Para todos nosotros», escribe Wallace-Wells, alentar al Arsenal o al PSG resulta atractivo precisamente porque carece de sentido. El liberal que rehúye el nacionalismo encuentra en el club una lealtad ligera, sin cuentas pendientes ni demandas de pertenencia. Y así, el desinterés por la selección y el furor por los grandes clubes terminan apuntando al mismo cansancio con la idea de nación, sentido tanto por quien la quisiera reformar como por quien prefiere una pasión sin consecuencias. El Mundial llega entonces a Norteamérica como una herencia que cuesta defender, mientras la patria, ese viejo motivo de fervor, busca todavía dónde acomodarse.







