Los maestros de la CNTE llevan semanas exigiendo al gobierno de Sheinbaum condiciones económicas que el propio gobierno reconoce inviables. Para Jorge Zepeda Patterson, ese episodio ilustra un patrón que ya derrotó a los gobiernos de izquierda en Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina, Honduras y Chile. En su columna de este miércoles en El País, el biógrafo de la Presidenta construye el argumento más ambicioso de su serie reciente sobre la 4T: el sector duro de Morena está conduciendo al movimiento por el mismo camino que hundió a la izquierda latinoamericana en la última década.
El punto de partida del columnista es una pregunta: ¿es imposible una economía con predominio estatal orientada hacia los pobres en un mundo dominado por el mercado? Lo que construye a continuación apunta a que sí, al menos en los términos en que la izquierda tradicional la ha planteado. Y que México está a tiempo de evitar el desenlace que ya se cumplió en casi toda América Latina, aunque esa ventana se está cerrando.
Para explicar por qué fallaron esos gobiernos, Zepeda Patterson señala los “rendimientos decrecientes” de las políticas redistributivas. Las primeras medidas tienen un efecto inmediato y visible: subsidios, pensiones, aumentos al salario mínimo, fin de prácticas abusivas. Ese impulso inicial saca estadísticamente a millones de personas de la pobreza. Pero llega un punto en que el gobierno topa con límites presupuestales. Financiarse con deuda o con impuestos permite avanzar un poco más, pero produce inflación, salida de capitales, depreciación y estancamiento. En ese momento, muchos ciudadanos, incluso entre los sectores más pobres, perciben que la derrama se estancó mientras sus condiciones de vida se deterioraron.
A ese techo presupuestal se suma la globalización. Los gobiernos populares mejoraron el poder adquisitivo de las mayorías, pero ese dinero no se tradujo en incentivos para la planta productiva local: incrementó las importaciones de Asia. Zepeda Patterson lo ilustra con un dato concreto: Walmart abre una tienda cada tres o cuatro días en México, pero la mayor parte de sus anaqueles tienen productos traídos de fuera. A pesar del incremento histórico de las exportaciones, el país se estanca porque nunca se construyeron las cadenas de suministro que activaran a miles de medianos y pequeños productores. El dinero circula, pero las fábricas que deberían fabricar lo que se consume son chinas, vietnamitas o coreanas.
El tercer elemento que el columnista señala es la corrupción, aunque lo trata con más cuidado porque sabe que pisa territorio incómodo. Los gobiernos populares, dice, no son peores que los anteriores en esa materia. El problema es la distancia entre lo que prometieron y lo que practicaron. Denunciaron la corrupción durante años como el gran mal a erradicar, y cuando incurrieron en ella el efecto sobre la credibilidad fue devastador.
La pregunta que sigue es si Sheinbaum puede romper esa inercia. Concede que la Presidenta ha intentado algo que sus pares latinoamericanos no lograron: construir una relación funcional con el capital privado. Esa estrategia ha producido algo inusual en este tipo de gobiernos, una actitud receptiva entre los dueños del dinero respecto a que “la esperanza de paz y estabilidad en México pasa por el objetivo, por el bien de todos, primero los pobres, al menos durante unos años.” Ese consenso frágil es el activo más valioso que tiene el gobierno en este momento.
El problema es que ese activo se erosiona desde adentro del propio movimiento. En torno a Sheinbaum, observa el analista, hay una tendencia al endurecimiento político que produce el efecto contrario al que la estrategia de inversión requiere. La posición de los sectores duros de Morena lleva a priorizar el atrincheramiento partidista, sostener el poder a toda costa y profundizar la polarización con otras fuerzas sociales. Esas acciones minan los puentes que simultáneamente se construyen para generar confianza entre los inversionistas. El movimiento jala en dos direcciones al mismo tiempo, y la tensión desgasta.
La frase que condensa esa posición dura la cita con ironía: “Se intentó, pero no se pudo, por la perversidad de los conservadores y la ultraderecha.” Es el guion del martirologio de izquierda, la narrativa que convierte la derrota en victoria moral. El autor la llama directamente por lo que es: el camino a la inmolación. Hay una izquierda dentro de Morena capaz de acomodarse a esa derrota, incluso de celebrarla, porque confirma su superioridad ética. Frente a eso, es contundente: “Me parece una chorrada, porque lo verdaderamente inmoral es estar en condiciones de hacer algo más por los millones de mexicanos que lo necesitan y boicotearse por una pretendida pureza ideológica.”
La apuesta política que defiende el texto es la más incómoda para la izquierda tradicional: “La única izquierda viable en el mundo en que vivimos, nos guste o no, es aquella capaz de generar empleos dignos para la mayoría de la población.” Todo lo demás, escribe, sería una transformación con retórica encendida y estrategia inviable, y en ese caso valdría preguntarse sobre la fecha de caducidad del movimiento.
Cada frente abierto en este momento activa el reflejo de atrincheramiento que el biógrafo de Sheinbaum lleva semanas documentando: la CNTE con peticiones inviables, el debate sobre la ley de anulación de elecciones en el Congreso, los expedientes judiciales en Estados Unidos sumando nombres. Y cada vez que ese reflejo se impone sobre la estrategia de construcción de confianza con el capital productivo, la brecha entre lo que el movimiento prometió y lo que puede entregar se ensancha.
Sheinbaum tiene las condiciones para hacer algo distinto a lo que hicieron sus pares latinoamericanos. La pregunta que deja el texto es si el sector duro del movimiento que la llevó al poder se lo permitirá, o si terminará arrastrando a la 4T hacia el mismo desenlace que ya se repitió en media docena de países de la región.







