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La fotografía de la selección

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Hace unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum, los directivos del futbol mexicano y los seleccionados nacionales realizaron un acto performativo que definió perfectamente la jerarquización del poder en el futbol mexicano.

El abanderamiento realizado en el Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Futbol capturó en fotografía el extraordinario momento en que los dirigentes del futbol mexicano se postraron junto a la presidenta por encima de los llamados “guerreros aztecas”.

El simbolismo no es menor. Los rostros impecables de la mujer presidenta y los hombres de cuello blanco ocultaban a los 23 jugadores que a partir de hoy representan el sueño de un país. Solo dos figuras lucieron al frente del seleccionado: Guillermo Ochoa y Edson Álvarez. Los dos últimos bastiones del americanismo propiedad de Televisa que durante décadas ha dominado el futbol mexicano.

En resumidas cuentas, quienes saben del balompié, saben que para ellos en esta vida “todo es futbol, excepto el futbol, el futbol es poder”.

Este deporte como lo conocemos nació en Inglaterra, aunque sus vestigios pudieran situarse en la China antigua o el juego de pelota mesoamericano. Los ingleses lo utilizaron como una herramienta para la formación de sus élites. Sin embargo, su popularidad llevó a la clase trabajadora a apropiarse del deporte, no solo por su simpleza al practicarlo, sino por su alta capacidad de construir identidades colectivas.

La revolución industrial y el expansionismo británico no tardó en exportar este deporte alrededor del orbe, encontrando refugios en sociedades hambrientas de identidad nacional. Los gobiernos pronto entendieron este potencial. Uruguay utilizó el primer mundial de 1930, no solo para demostrar su superioridad en el deporte, sino también para proyectar su naciente imagen de nación moderna.

La Italia fascista de Benito Mussolini encontró en las victorias futbolísticas una gran herramienta de propaganda. Décadas después, las dictaduras de Emilio Garrastazu Médici en Brasil y Jorge Rafael Videla en Argentina harían lo propio para legitimar sus regímenes de manera interna y mejorar su imagen a nivel internacional. Esto sin importar que su ambición manchaba las victorias de su selección.

En la Guerra Fría esta lógica siguió permeando. Europa se apoyó del futbol internacional para reconstruir su reputación internacional y promover los valores occidentales que lucían como dominantes en la época. Lo cual terminó consolidando con la celebración del campeonato en un Estados Unidos cuya ideología recientemente se había impuesto a la soviética.

Con la llegada del nuevo siglo, la idea central no se modificó. Rusia y Qatar emplearon mundiales para fortalecer su influencia global y lavar su imagen internacional tras ser acusados por violaciones de derechos humanos. Mientras que Brasil, Sudáfrica, Alemania, Japón y Corea del Sur utilizaron el torneo para proyectar narrativas nacionales acordes a su nueva era.

Sin importar la sede, el futbol como plataforma de poder simbólico continúa demostrando su eficacia y para México no ha sido la excepción.

Muchos analistas e investigadores sostienen que una gran parte del negocio moderno del futbol nació en México. Joao Havelange, Horst Dassler y Televisa habrían entendido el juego como pocos lo habían hecho. Para 1970, la competencia llegó al país de la mano de Emilio Ázcarraga Milmo y Guillermo Cañedo. El momento no podía ser mejor. El régimen priista necesitaba legitimidad internacional ante las acusaciones de violaciones a los derechos humanos que alcanzaron su punto álgido en la masacre de Tlatelolco.

Para el año 1986, el campeonato del mundo se proyectaba como un gran negocio que cayó de rebote para Televisa y el país. A pesar de las dificultades que significó su organización tras el terremoto de 1985. La FIFA avaló su máxima fiesta para los mexicanos, motivando la reconstrucción y brindando alegría en una época oscura, en que el régimen priista comenzaba a tambalear.

Para esta edición, las cosas no han cambiado mucho. La sede del campeonato de Estados Unidos, México y Canadá, parece ser la complacencia a la nación de las barras y las estrellas que años atrás investigó y destapó el escándalo más grande que ha rodeado a la Federación Internacional de Futbol Asociación.  

Acusaciones de corrupción y amaño en la elección de plazas, terminaron costando la cabeza de varios directivos, entre ellos el suizo Josep Blatter, el principal discípulo de Joao Havelange, el brasileño que revolucionó el juego y creó el sistema político que hoy permite funcionar a la organización.

Para Estados Unidos, este torneo no puede celebrarse en un mejor momento. La promesa de una fiesta americana ayudará a aliviar el ánimo de un país inmerso en una polarización extrema. Así como lavarse la cara, ante las constantes acusaciones de violaciones a los derechos humanos y sobre la actual guerra que libra Medio Oriente.

En el caso de Canadá, el Mundial será un negocio más para exponer sus valores y hospitalidad como nación.

Pero para México es de nueva cuenta, un momento crucial en su historia. La competencia mundial llega al país como una herencia más del dúo PRI-Televisa a la Cuarta Transformación. El movimiento liderado actualmente por Claudia Sheinbaum, espera difundir su narrativa de prosperidad.

Esta apuesta no es nueva. En 2014, el gobierno de Dilma Rousseff intentó aprovechar la efervescencia mundialista para proyectar una imagen de prosperidad y estabilidad del proyecto iniciado por Lula Da Silva. Una historia similar a la que hoy viven Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador.

Pero el caso brasileño se convirtió en un fracaso político monumental. Aprovechando los ojos del mundo, ciudadanos inconformes tomaron las calles de las principales ciudades de Brasil para manifestarse por los escándalos de corrupción, el deterioro de la economía, servicios públicos deficientes y el exagerado gasto público para celebrar el torneo.

Descontento social que solo se intensificó con la mayor humillación de la canarinha en la historia de los mundiales, al caer con un marcador de 7-1 ante Alemania.

Esta historia no parece lejana a México. Hoy la presidenta Sheinbaum recibe con brazos abiertos la competencia internacional, en medio de protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y de los colectivos de búsqueda de desaparecidos que amenazan con opacar la fiesta futbolera.

Una mecha que puede encender el principio del fin para un movimiento. Mientras el fantasma de Dilma recorre Palacio Nacional, recordando que dos años después de la justa deportiva fue destituida del cargo por juicio político.

PRÓRROGA… La fotografía del abanderamiento deja claro quien ocupa el centro del encuadre. En este juego, lo más importante, es lo menos importante: los jugadores. A pesar de que sin ellos no hay espectáculo, su lugar parece estar siempre detrás quienes controlan y lucran con el balón. Como ha ocurrido desde Uruguay 1930 hasta hoy, los jugadores correrán, sudarán y cargarán con la derrota o la gloria. Mientras las élites buscarán como apropiarse de su significado.   

TERCER TIEMPO

“Lo mío es el tercer tiempo”, es una de las frases que más resuenan el futbol amateur. Suele ser acompañada por un destape que anuncia la presencia del dios Baco entre los mortales adictos al juego de pelota. No es casualidad que el balompié se haya vuelto la excusa perfecta para reunirse con los amigos. La pasión compartida en una cancha logra hermanar al mismo nivel que compartir las armas en zona de guerra. Después de todo, el juego también es una batalla que suele dejar estragos entre quienes los practican. Bastan dos tiempos para disfrutar lo que Valdano llamó: “La cosa más importante de las menos importantes.” El tercer acto ya es algo más serio.
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