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viernes, junio 12, 2026
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Vecinos distantes: Un retrato de los mexicanos | La cuna del monstruo urbano  (5/6)

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El colapso demográfico del altiplano, la centralización de los servicios públicos y la Ciudad de México como receptora de la migración rural de la provincia

El crecimiento geográfico de la capital constituye la consecuencia del modelo de desarrollo industrial adoptado tras la Segunda Guerra Mundial. En la distribución del presupuesto federal, la concentración de estímulos fiscales, infraestructura fabril y servicios asistenciales atrajo a la población rural de la provincia. Alan Riding expone la contradicción de este asentamiento al advertir que “para ser el centro urbano más grande del mundo, la ciudad de México se encuentra en el lugar menos práctico de todos. Está situada a 2 255 metros sobre el nivel del mar, rodeada por montañas y volcanes, asentada en una zona sísmica, hundiéndose gradualmente en su subsuelo blando, lejos de fuentes de abastecimiento de agua, alimentos y energía y, literalmente, con poco oxígeno”. A pesar de estas limitaciones, la herencia centralista del altiplano determinó la expansión de la mancha urbana por encima de los criterios de viabilidad, transformando la capital en un espacio de saturación demográfica.

La metamorfosis del entorno metropolitano se aceleró porque el incremento de la población corrió a un ritmo superior al de la capacidad de absorción de la infraestructura civil. Las mejoras en la salud pública y las campañas de vacunación de mediados de siglo provocaron la disminución de las tasas de mortalidad, manteniendo elevados los índices de natalidad. El valle de México pasó de albergar un millón y medio de habitantes en 1940 a más de diecisiete millones al inicio de los años ochenta. Esta masa humana quedó excluida de la estructura formal del empleo, integrándose a las actividades informales de subsistencia diaria. El sistema político asimiló esta marea demográfica para utilizarla como base corporativa, permitiendo ocupaciones irregulares de terrenos a cambio de respaldo electoral y postergando las soluciones de fondo en vivienda, agua y drenaje.

El colapso de la movilidad interna y las deficiencias del transporte colectivo elevan la tensión social en la geografía metropolitana. La distribución espacial obliga a millones de trabajadores de los barrios orientales a cruzar diariamente el valle para llegar a las zonas de fábricas en el norte o a las oficinas del poniente. La insuficiencia de autobuses y el hacinamiento en el metro provocan traslados de hasta cuatro horas diarias, afectando la salud de los sectores obreros. Riding documenta el malestar de la población ante este déficit estructural al recuperar la admisión del candidato presidencial Miguel de la Madrid durante sus recorridos de campaña, quien aceptó que “el capitalino está cada vez más irritado, frustrado y desesperado por las condiciones del transporte”.

Las deficiencias en las condiciones de vida de la periferia se reflejan en los indicadores epidemiológicos de las colonias populares, donde las enfermedades curables registran tasas de incidencia elevadas. La contaminación por desechos industriales y emisiones vehiculares se combina con tolvaneras provenientes del lecho seco del lago de Texcoco, el cual esparce bacterias y polvos salinos. La desnutrición y la ausencia de redes de agua potable exponen a la población infantil a padecimientos respiratorios e intestinales. El texto valida esta crisis de salubridad al incorporar las conclusiones de los organismos gubernamentales de la época, citando que “la mayoría de los problemas de salud tienen su origen en la pobreza, ignorancia e insalubridad que existe en el campo y los barrios pobres urbanos”, de acuerdo con un estudio de COPLAMAR emitido en 1979.

Ante la quiebra financiera de la administración local y la insuficiencia de las partidas presupuestales para el bienestar, la estructura de la familia extendida constituye la red de seguridad de la población. El núcleo doméstico absorbe a los parientes desempleados de la provincia y financia los costos del subempleo mediante comercios familiares. El Estado aprovecha este amortiguador y delega en el espacio privado las obligaciones de protección que la burocracia no cubre. El autor ilustra el pragmatismo de la élite gobernante ante el desajuste monetario de 1977 al recordar la declaración del mandatario José López Portillo, quien afirmó que “se podía contar con las familias mexicanas pues «le echarán más agua a los frijoles»” para atender las necesidades de los familiares.

Las dimensiones del problema habitacional y el desborde de los límites del Distrito Federal hacia el Estado de México generaron una división administrativa que dificulta la gestión de los servicios. Asentamientos como Netzahualcóyotl, edificados mediante invasiones de tierras, carecen de títulos de propiedad y de redes formales de alcantarillado, dependiendo de negociaciones con las autoridades locales para obtener su regularización. El autor concluye que la parálisis de la planificación responde a un cálculo político, toda vez que el régimen administra las carencias materiales de los asentamientos irregulares para postergar reformas urbanas que doten de autonomía a los municipios periféricos. La zona metropolitana transita hacia el fin de siglo como un centro demográfico que consume recursos para mantener una estabilidad precaria

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