Ayer México venció 1-0 a Corea del Sur en un partido de fase de grupos. Me dio gusto, claro. Siempre es agradable ver triunfar a una selección nacional, aunque conviene recordar que los torneos no se ganan en junio ni en los programas de televisión. Todavía no se ha ganado nada, pero ya sabemos que en este país cualquier victoria futbolera suele venir acompañada de trompetas, fuegos artificiales y análisis que rozan la ciencia ficción.
Hoy, en cambio, ocurrió algo que para mí tiene un valor mucho más profundo. Brandon Delgado Castro, un joven nayarita y mexicano, se proclamó campeón del Iberoamericano de Atletismo Sub20 que se celebra en Lima, Perú, y, como si la medalla de oro no fuera suficiente, impuso un nuevo récord mexicano en lanzamiento de disco.
Y aquí aparece esa curiosa escala de valores que tanto caracteriza a nuestro país. Un triunfo en el futbol genera horas de debate, programas especiales, tendencias en redes sociales y expertos improvisados explicando por qué ahora sí viene la grandeza eterna. Mientras tanto, un atleta que acaba de convertirse en el mejor de su categoría en el ámbito iberoamericano y que además rompió un récord nacional apenas recibe algunas líneas, un puñado de felicitaciones y, con suerte, una entrevista rápida antes de que vuelva el tema importante: quién será titular el próximo partido del Tri.
Lo de Brandon debería provocar orgullo nacional. Debería ser noticia de primera plana. Debería inspirar a miles de niños que entrenan en pistas desgastadas, campos improvisados y unidades deportivas que sobreviven más por terquedad que por presupuesto. Debería ser motivo para presumir que en México también se forman campeones lejos de los reflectores, de los contratos millonarios y de las campañas publicitarias.
Pero así es México: un país donde once jugadores corriendo detrás de un balón pueden detener la conversación nacional, mientras un joven rompe récords, conquista medallas internacionales y pasa casi de puntillas por el radar colectivo.
Me alegró el triunfo de la Selección. Pero la felicidad que me provoca lo de Brandon Delgado Castro es distinta. Es de esas victorias que no duran noventa minutos, sino años de sacrificio. Es de las que merecen celebrarse en las plazas, en las escuelas y en las calles. Es de las que dan ganas de ir al Ángel, gritarlo a los cuatro vientos y recordar que existen héroes deportivos que no necesitan un estadio lleno para hacer historia.
Lástima que en este país el tamaño de un logro casi siempre se mide por el tamaño de la audiencia y no por la magnitud de la hazaña. Y en esa injusta competencia, nuestros atletas suelen llegar a la meta mucho antes que el reconocimiento que merecen







