
¿Qué es ser padre? No lo sé.
Llevo diecisiete años intentando responder esa pregunta y cada año la respuesta se aleja un poco más. Parece cercana, como la luna cuando se asoma enorme sobre el horizonte, pero basta intentar alcanzarla para entender la distancia que existe entre verla y tocarla. Y aun suponiendo que algún día llegáramos hasta ella, seguiría habiendo más espacio por recorrer y más preguntas esperando respuesta.
Si existiera un manual para ser padre, probablemente estaría guardado en algún cajón junto a las garantías vencidas y los tornillos que sobraron de un mueble mal armado. Y aunque existiera, sospecho que muchos tampoco lo leeríamos. Hay una costumbre profundamente mexicana de desconfiar de los instructivos. Conectamos el aparato, le ponemos las pilas, apretamos botones y esperamos que funcione.
Con los hijos ocurre algo parecido. Un día le hablas a una barriga que se mueve bajo una camiseta; después cargas a un recién nacido con el miedo de que se rompa entre tus brazos; más tarde corres detrás de una bicicleta, revisas tareas, impones castigos que tampoco entiendes del todo y, cuando menos lo esperas, estás intentando descifrar el silencio de un adolescente que te observa como si fueras un extranjero viviendo bajo el mismo techo.
La paternidad suele comenzar así, a oscuras y al tanteo. Nadie sabe exactamente qué está haciendo. Hay quienes aparentan seguridad, quienes hablan como expertos y quienes llenan las redes sociales de consejos para criar hijos perfectos. Pero la mayoría avanzamos golpeándonos con los muebles. Aprendemos sobre la marcha. Improvisamos. Cometemos errores, muchos. Corregimos algunos. Repetimos otros.
Y entonces ocurre algo extraño. Abres la boca para corregir o aconsejar a tu hijo y escuchas salir una frase que juraste no repetir jamás. Una sentencia pronunciada décadas atrás por tu padre. En ese instante entiendes que el tiempo tiene un sentido del humor bastante retorcido. Pasas media vida intentando escapar de ciertas voces y la otra mitad descubriendo que siguen ahí, mezcladas con tus recuerdos, incrustadas en la forma en que entiendes el mundo y en las palabras con las que intentas explicarlo.
La paternidad también es una conversación permanente con los ausentes. Con los que estuvieron, con los que faltaron y con los que se fueron demasiado pronto. Hay edades en las que uno deja de reclamar respuestas y empieza a imaginar conversaciones. Piensas en lo que habrías querido decirles, en las cosas que habría querido mostrarles, en esa necesidad extraña de enseñarles quién terminó siendo aquel niño al que temían cargar en brazos con esas manos toscas y ásperas. A muchos nos habría gustado enseñarles una fotografía de graduación, presentarles a las personas que terminaron cambiándonos la vida, contarles en qué acertamos y en qué nos equivocamos. También decirles que algunas heridas cerraron y que otras siguen ahí, recordándonos de dónde venimos.
Pero el tiempo no concede todas las reuniones que necesitamos.
Muchos crecimos tratando de llenar huecos cuya forma exacta desconocemos. No porque necesariamente nos abandonaran. A veces las ausencias tenían uniforme de trabajo, botas de seguridad, camisa empapada de sudor o jornadas interminables. Muchos padres desaparecieron de la vida cotidiana porque estaban intentando sostenerla y no, no fueron por cigarrillos.
Cambiaron presencia por sustento. Horas por comida en la mesa. Conversaciones por recibos pagados. El resultado fue una generación criada entre sacrificios, hijos de hombres agotados y de mujeres que también cargaban sus propias preocupaciones. Venimos de una época donde el afecto muchas veces se demostraba trabajando hasta el cansancio y no necesariamente encontrando las palabras adecuadas, mi padre nunca las tuvo.
Por eso la paternidad no es una fotografía sonriente tomada el tercer domingo de junio, ni siquiera tiene fecha exacta. Mucho menos una campaña comercial disfrazada de homenaje. Para muchos hombres ese domingo llega después de una semana de jornadas largas, preocupaciones acumuladas y cuentas por pagar. Se celebra entre pendientes, cansancio y responsabilidades que no se toman descanso. La paternidad se parece más a una obra en construcción que nunca termina, un edificio habitado mientras todavía se levantan muros. Hay andamios, grietas, reparaciones improvisadas y planos que cambian sobre la marcha.
Cada padre hereda herramientas que no eligió. Algunos reciben una caja completa; otros apenas un martillo oxidado y un puñado de recuerdos contradictorios. Con eso tienen que construir, reparar y sostener una familia mientras intentan entender qué chingados están haciendo.
Ahí aparece uno de los errores más frecuentes. Muchas veces educamos desde nuestras propias carencias. Queremos dar lo que no tuvimos. Corregimos aquello que nos lastimó. Intentamos reparar nuestra infancia a través de nuestros hijos. El problema es que, en ocasiones, estamos tan ocupados tratando de convertirnos en el padre que nosotros necesitábamos que dejamos de prestar atención al padre que nuestros hijos necesitan. Parecen la misma persona, pero no lo son.
Muchos fuimos criados por gente que también iba improvisando. Hombres y mujeres que cargaban sus propios miedos, frustraciones y asuntos pendientes. Entenderlo no borra los errores ni desaparece las consecuencias. El daño sigue siendo daño, aunque uno comprenda de dónde vino. Por eso el Día del Padre debería servir menos para repetir felicitaciones de compromiso y más para preguntarnos qué estamos dejando detrás de nosotros. No hablo del apellido ni de una fotografía colgada en la sala. Hablo de las formas en que hablamos, de los silencios que heredamos, de las ausencias que normalizamos y de las costumbres que pasan de una generación a otra sin que nadie las cuestione.
Porque no todos los padres fueron héroes y tampoco todos fueron villanos. Muchos simplemente hicieron lo que pudieron con lo que tenían a la mano. Algunos acertaron más que otros. Algunos dejaron recuerdos que vale la pena conservar. Otros dejaron cuentas pendientes que todavía pesan décadas después.
La herencia pesa. La historia empuja. Los fantasmas de nuestros padres siguen caminando detrás de nosotros. Algunos llegan acompañados de gratitud; otros, de preguntas que nunca encontraron respuesta. Muchos daríamos cualquier cosa por una última conversación, por enseñarles una fotografía, por contarles en qué acertamos y en qué volvimos a tropezar, por decirles que seguimos intentando entender las mismas cosas que ellos tampoco terminaron de entender.
Llega un momento en que dejamos de mirar a nuestros padres como figuras enormes y empezamos a verlos como eran, hombres cargando responsabilidades para las que nadie los preparó del todo. Entonces nos toca ocupar su lugar. Nos toca equivocarnos, corregir, volver a equivocarnos y seguir adelante.
No hay manual. Nunca lo hubo.
Lo único que existe es la oportunidad de dejar menos pendientes, menos ausencias y menos cuentas sin saldar para quienes vienen detrás.
Después escribo más, que tengo que trabajar.







