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miércoles, julio 15, 2026

El costo de ser fuerte

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He escrito varias veces sobre salud mental masculina porque las cifras llevan años diciendo lo mismo. Ocho de cada diez personas que se quitan la vida en México son hombres. Sin embargo, apenas uno de cada cuatro diagnósticos de depresión corresponde a ellos. Parece una contradicción, pero en realidad describe un problema que aprendimos a normalizar.

Las mujeres suelen expresar con mayor facilidad lo que sienten y buscan atención cuando algo no está bien. Los hombres crecimos con otras reglas. Llorar era de débiles. Quejarse era de cobardes. Mostrar miedo significaba perder autoridad. Pedir ayuda era aceptar un fracaso y como hombres no se nos está permitido fracasar, es el imaginario colectivo.

Todavía hay quien sostiene que el machismo solo perjudica a las mujeres. Basta mirar estas cifras para entender que también ha encerrado a muchos hombres en una forma de vivir donde el dolor se oculta hasta que deja de ser visible incluso para quien lo carga.

Desde hace años me hago la misma pregunta: ¿qué significa ser hombre? La respuesta cambia con cada generación, pero hay una idea que permanece. El hombre debe soportarlo todo. Trabajar, resolver problemas, mantener a su familia, hacerse cargo de los demás y seguir adelante, aunque por dentro todo se esté desmoronando. La posibilidad de decir “ya no puedo” nunca formó parte del papel que nos enseñaron a desempeñar.

Nunca escuché a mis abuelos hablar de salud mental. Ni siquiera recuerdo haberlos oído decir que estaban cansados. Mi abuelo Juan, cuando peor la pasaba, era cuando mejor parecía estar. Se sentaba en el borde de una pileta, junto a la forja de su taller, daba un trago a su ballena y se quedaba mirando un punto fijo durante varios minutos. Yo lo veía desde niño y pensaba que simplemente estaba descansando. Con el tiempo entendí que aquel silencio también era una forma de decir que algo no estaba bien.

Cuando la enfermedad comenzó a consumirlo tampoco cambió demasiado. Llegó el momento en que había que cambiarle los pañales y yo era quien lo hacía. Él evitaba mirarme. Nunca pronunció la palabra vergüenza, pero se notaba en la manera en que bajaba la cabeza. Lo mismo ocurría cuando había que inyectarlo. Permanecía callado. Aguantaba. Como si depender de alguien fuera una derrota.

Mi padre, por su lado, tampoco fue muy distinto. Trabajaba fuera y era normal verlo una o dos veces por semana. De pronto desaparecía varios días y nadie sabía qué estaba pasando. Después nos enterábamos de que llevaba tiempo hospitalizado. Así supimos de la leucemia. Así conocimos otras enfermedades que lo obligaron a permanecer semanas internado. Nunca quiso preocuparnos. Prefería guardar silencio antes que mostrarse vulnerable. Con los años empecé a preguntarme cuántos hombres hicieron exactamente lo mismo convencidos de que proteger a su familia significaba ocultar lo que estaban viviendo.

Eventualmente entendí que ese silencio no pertenecía únicamente a mi abuelo o a mi padre. Hace algunos años mi mejor amigo se quitó la vida. Lo había intentado antes, pero el miedo siempre terminaba por detenerlo, dejaba marcas que se cubría. Hasta que un día ya no fue así. Eligió una fecha imposible de olvidar, nuestro cumpleaños. Los dos nacimos el mismo día.

Su último mensaje fue tan breve como devastador: “Perdón y gracias”. Después dejó de responder. Messenger quedó en silencio. Todavía me cuesta entenderlo porque, si alguien parecía disfrutar la vida, era él. Siempre sonreía, su frase icónica era “sonríe es gratis”. Siempre encontraba la forma de levantarle el ánimo a los demás. Durante su último año cumplió metas, hizo planes, viajó y celebró logros. Nunca habló de lo que estaba pasando por su cabeza. Nadie imaginó, ni yo que compartí tanto ese año con él, que estaba despidiéndose.

Lo lloramos y seguimos extrañándolo. También quedó esa sensación de no haber visto algo que quizá nunca estuvo a la vista. La depresión no siempre cambia el rostro de una persona. Muchas veces convive con la rutina, con el trabajo, con las reuniones y con las sonrisas. Desde fuera parece que todo sigue igual hasta que un día deja de seguir.

Esa presión tampoco desapareció con las nuevas generaciones. Muchos hombres siguen creyendo que su valor depende de cuánto producen. Si un empleo no alcanza, buscan otro. Si tampoco es suficiente, aceptan más horas de trabajo. Las cifras del INEGI muestran que la informalidad continúa siendo la realidad para millones de personas y trabajar más ya no garantiza una vida mejor. Apenas permite mantenerse a flote. México también figura entre los países con mayores niveles de estrés laboral y alrededor del 62 por ciento de los trabajadores presenta síntomas de burnout. Vivimos cansados, pero seguimos actuando como si reconocerlo fuera un signo de debilidad.

¿Por qué toco este tema, otra vez? Porque hace unos días, Orlando García Maciel, un policía municipal de León de apenas 27 años, grabó un mensaje antes de arrojarse del Distribuidor Vial Juan Pablo II. En ese video no habló como policía ni buscó señalar culpables, se quitó la placa (metafóricamente) y habló como un ser humano roto. Compartió que llevaba mucho tiempo viviendo con una depresión silenciosa y dejó un llamado claro, cuidar la salud mental, valorar a la familia y no permitir que otras personas controlen nuestras emociones.

No conozco las circunstancias que lo llevaron a tomar esa decisión y sería irresponsable intentar explicarlas. Lo que sí conozco es el entorno en el que muchos hombres crecimos. Nos enseñaron a resolver los problemas de todos, pero no a reconocer los propios. Se espera que seamos fuertes, proveedores y resistentes. Cuando el problema somos nosotros, pedir ayuda todavía provoca burlas. Ir a terapia sigue pareciendo un exceso para algunos, lujos para otros. Hablar de ansiedad continúa siendo, para muchos, una exageración.

Después aparecen las estadísticas y sorprende que los hombres se suiciden con mayor frecuencia mientras las mujeres concentran la mayoría de los diagnósticos de depresión. Quizá la diferencia está en que ellas llegan antes a consulta, hablan de lo que sienten y alguien las escucha. Tienen sus redes de apoyo sólidas. Muchos hombres esperan demasiado o nunca llegan y entre ellos es un tabú hablar de eso.

La conversación sobre salud mental suele comenzar cuando alguien dice que quiere morir. Casi nunca empieza cuando aparecen el insomnio, el agotamiento, las deudas, el miedo a perder el empleo o esa sensación de tener que seguir funcionando, aunque ya no queden fuerzas. Esperamos señales evidentes cuando la mayoría de las veces lo único que existe es una persona acostumbrada a callar.

A veces vuelvo a leer aquel “Perdón y gracias” que apareció en mi teléfono el día de nuestro cumpleaños. Han pasado los años y sigo sin saber qué responderle. Lo único que tengo claro es que seguimos educando a muchos hombres para esconder lo que sienten. Mientras eso no cambie, las estadísticas podrán actualizarse cada año, pero detrás de cada número seguirá habiendo una historia que casi siempre empezó mucho antes de que alguien decidiera guardar silencio para siempre.

Diego Mendoza
Diego Mendoza
Licenciado en Comunicación y Medios por la Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Estatal de Periodismo en 2021, 2022, 2025 y 2026, en las categorías de Columna, Crónica, Entrevista y Artículo de Fondo. Con gran experiencia en periodismo de datos enfocado en temas sociales y derechos humanos.
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