El Panteón Hidalgo lució casi desierto durante el día dedicado a los progenitores, la lluvia persistente dictó el ritmo de la nostalgia. Entre los pasillos de cantera, el eco de las ausencias se mezcló con el aroma a tierra mojada, alejando a las multitudes que tradicionalmente abarrotan el recinto en estas fechas. Pocos fueron los valientes que desafiaron el temporal para limpiar lápidas o simplemente sentarse a conversar en silencio con quienes ya descansan en el sueño eterno.
Bajo las cruces más antiguas destaca una figura solitaria que parece mimetizarse con el duelo del entorno, vistiendo ropas oscuras. Sentado sobre una tumba, un hombre escucha con devoción las notas de Javier Solís mientras las lágrimas surcan su rostro, oculto tras unos lentes negros que no logran disfrazar su quebranto. Al ser abordado para una entrevista, una sonrisa triste fue su única respuesta antes de refugiarse nuevamente en la introspección y en un trago lento de cerveza.
Metros adelante, el ambiente cambia cuando los acordes de Amorcito Corazón rompen la pesadez del cielo nublado. Allí, la familia de Javier Hernández se congrega frente a un retrato que conserva la imagen del hombre que hace cinco años partió de este mundo. Se trata de su señor padre, Javier Hernández García, un mecánico de bicicletas cuya mayor herencia no fue material, sino un cúmulo de valores morales que hoy guían los pasos de sus descendientes bajo la brisa de Tepic.
El jefe de familia recuerda con orgullo que su padre fue un ejemplo de amor y responsabilidad constante en el hogar. “Me enseñó a no derrotarme ante las adversidades, a valorar la familia, a los hijos, pero además me heredó el gusto por la música”, comenta Javier hijo conmovido por los recuerdos que afloran en esta fecha. El sentimiento de pérdida sigue latente, manifestando que si tuviera la oportunidad de tenerlo enfrente, sólo le diría cuánto lo quiso y cuánto lo sigue queriendo.
Aquella mujer, María de la Paz Casasola Martínez, también guarda un profundo respeto por la memoria de quien fuera su suegro, destacando su rectitud en la crianza. Para ella, el carácter estricto del patriarca fue la base para formar al hombre que hoy es su esposo y un excelente guía para sus propios hijos. Aquel cantante aficionado que solía deleitar a los suyos con su voz se mantiene presente como un referente de vida que trasciende el tiempo.
Eduardo Javier Hernández Casasola, el nieto, mantiene viva la tradición de honrar al abuelo mediante los ritmos que tanto le apasionaban en vida. “De mi abuelo recuerdo muchas cosas bonitas, pero, sobre todo; que él era un gran cantante, hacía música, cantaba rancheritas, boleros”, comparte el joven mientras selecciona las pistas musicales. Para la nueva generación, el Día del Padre representa la oportunidad de devolverle al aire las melodías de Antonio Aguilar o Cuco Sánchez que marcaron su infancia.
Al alejarse del camposanto, los sonidos de Los Dos Oros y otras leyendas de la música vernácula se desvanecen lentamente entre los monumentos fúnebres. La brisa regresa con renovada fuerza, obligando a los pocos visitantes a buscar refugio bajo el pórtico de la entrada principal. El homenaje concluye en la intimidad de las familias, donde el recuerdo de los padres sobrevive a través de una canción, una oración o un brindis silencioso frente a la lápida.







