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Cumple 20 años el naufragio de nueve meses

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Una lancha tiburonera que cruzó medio Pacífico, dos tripulantes muertos sin nombre y un milagro que el mundo celebró y casi nadie comprobó. Crónica de la odisea de San Blas, en la frontera entre la hazaña y el montaje

Este agosto se cumplen veinte años de la historia que nos hizo creernos, por unos días, un país de héroes. Nayarit, por supuesto, fue el que los aportó, faltaba más. Tres pescadores de San Blas dijeron haber sobrevivido nueve meses a la deriva en el Pacífico, y el planeta entero los creyó sin pedir cuentas. Dos décadas después, esas cuentas no cuadran.

Empecemos por lo documentado. Antes del amanecer del 28 de octubre de 2005, cinco hombres salieron a pescar tiburón a unos cuarenta y ocho kilómetros al sur de las Islas Marías. Zarparon de la boca del río Santiago, de las comunidades pesqueras de El Limón y Boca del Asadero, en el municipio de San Blas. La embarcación era una panga de fibra de vidrio de cerca de ocho metros y medio, gris y sin nombre, con dos motores fuera de borda. Llevaban hielo, anzuelos, cuchillos, lámparas, una brújula y bidones de gasolina. No llevaban radio. Tres de ellos regresaron: Salvador Ordóñez, de treinta y siete años, tiburonero veterano al que apodaban El Gato por su destreza para atrapar aves; Jesús Eduardo Vidaña, de veintisiete, sinaloense que llegaba a San Blas por trabajo; y Lucio Rendón, también de veintisiete, el único de la zona. Los otros dos no volvieron: el dueño de la barca, a quien conocían sólo como Juan David o Señor Juan, identificado tiempo después como Juan David Lorenzo, de Mazatlán, y un amigo suyo, no pescador, al que llamaban El Farsero. A esos dos los habían tratado apenas la víspera.

Todo lo que sabemos de los nueve meses siguientes viene de los tres que volvieron. No hay bitácora ni testigos, y no existe una segunda versión: cada dato descansa en su palabra. Antes de emocionarse, conviene recordarlo.

Según su relato, al poco de salir se les soltó de la lancha la cimbra, la cara línea de anzuelos para el tiburón, y se fue a la deriva. El dueño exigió ir a buscarla. Ordóñez le aconsejó no hacerlo, y el otro respondió que él hacía lo que quería porque la barca era suya. En esa terquedad se les acabó la gasolina, y los vientos del este los empujaron a la Corriente Norecuatorial, la misma que cruza el Pacífico desde México hacia las Filipinas. Fue la última orden de un hombre del que, durante semanas, nadie pudo confirmar siquiera el nombre completo.

La deriva, como la cuentan, fue un catálogo de penurias. Comían lo que el mar les entregaba: pescado crudo, gaviotas, tortugas que jalaban a bordo. Bebían agua de lluvia recogida en los bidones vacíos, escasa el primer mes y más generosa cuando llegaron los frentes fríos del invierno. Bebieron también sangre de tortuga y, en los peores tramos, su propia orina. Pasaron hasta quince días sin comer. Hubo jornadas en que un solo pájaro se repartía entre tres. Se cubrían del sol con una manta, y cuando los tiburones rondaban la lancha y la golpeaban con el cuerpo, se quedaban quietos durante horas para no llamar su atención. Llevaban la cuenta de los días con el reloj de pulsera de Rendón. Para no enloquecer, cantaban baladas, fingían tocar la guitarra, bailaban y leían la Biblia. Llevaban una Biblia, contaron.

Las dos muertes llegaron pronto. El dueño murió en enero de 2006: se negó a comer la carne cruda, vomitó durante semanas y al final vomitó sangre. Ordóñez lo encontró una mañana tendido en la proa, le puso el oído en el pecho y ya no latía. El Farsero murió un mes después. A cada uno lo velaron, le rezaron y lo entregaron al mar. Aquí los números empiezan a tener una redondez de leyenda: cinco que salieron y tres que volvieron, nueve meses y nueve días de océano. Una aritmética demasiado limpia para una desgracia.

El rescate ocurrió el 9 de agosto de 2006, hacia las dos de la tarde, a unas doscientas millas al este de las Islas Marshall, en una región del Pacífico tan vacía que queda cerca de donde se perdió Amelia Earhart hace casi noventa años. Los recogió el Koo’s 102, un atunero de bandera marshalesa y tripulación taiwanesa. El capitán mandó investigar una señal de radar demasiado fuerte para ser una parvada de gaviotas, y así dio con la lancha. Los hombres escribieron sus nombres en una hoja que se mandó por fax a Majuro, porque casi no podían comunicarse con la tripulación, de habla china. Llegaron, según el reporte, muy flacos y hambrientos, pero por lo demás sanos. Dos traían los brazos y las piernas hinchados por el sol y la sal.

A bordo del atunero pasó lo decisivo. Los tres estuvieron trece días antes de tocar puerto. La tripulación les dio comida, ropa, atención médica y reposo, los mantuvo a la sombra y, según ellos, hasta con aire acondicionado. Su salud mejoró de manera notable en esos días. Cuando desembarcaron en Majuro, el 22 de agosto, ya estaban en condiciones de dar entrevistas. Les hicieron un chequeo médico, los hallaron aptos para volar y los entregaron a las autoridades locales, y luego a un funcionario de la embajada mexicana. El viernes 25 de agosto bajaron de un avión comercial en la Ciudad de México. Aeromar los trajo a Tepic, con Radio y Televisión de Nayarit (RTN) grabándolos a bordo, y de ahí siguieron a sus pueblos. No los hospitalizaron ni hubo convalecencia larga, y nadie los bajó en silla de ruedas. La recuperación, si la hubo, ocurrió en la cubierta de un barco pesquero.

La fama llegó antes que ellos. Las agencias y las televisoras replicaron el relato en cuestión de horas. Vidaña, el más conversador, supo por teléfono que la hija que su esposa esperaba cuando él se perdió ya tenía cuatro meses. La mujer, tan conmovida que no pudo hablar, la sostuvo dormida ante las cámaras de la televisión mexicana. Televisa, antes de que terminaran de contar su odisea, les ofreció comprar los derechos de la tragedia. El episcopado mexicano los declaró un ejemplo de fe y pidió a otros seguir su devoción. En un país golpeado en 2006 por la política y la violencia, tres pescadores morenos y rezadores que volvían de entre los muertos eran la noticia que hacía falta. Casi nadie quiso estropearla con preguntas.

Las preguntas, sin embargo, estaban a la vista desde el primer día, y el primero en hacerlas en voz alta fue un policía. George Lanwi, comisario de las Islas Marshall, se preguntó por qué tres hombres a la deriva no fueron vistos antes en lo que llamó una ruta comercial transitada, y cómo cruzaron esa distancia en una lancha sin techo. Su frase quedó en el registro de  la cadena de noticias Al Jazeera: se veían mucho más sanos de lo que cabría esperar. Esa sospecha, la del buen semblante, es la que ningún relato épico logró despejar.

A partir de ahí, los huecos se cuentan solos. La tripulación no se aprovisionó en los comercios marítimos de costumbre. No dio el aviso de salida que obliga la capitanía de puerto, de modo que, oficialmente, aquel zarpe nunca existió, y nunca se abrió un expediente de búsqueda que probara que se perdieron cuando dijeron haberse perdido. A los dos muertos nadie les puso nombre y apellido hasta mucho después. El gerente de la pesquera, Eugene Muller, contó que los dos motores fuera de borda venían desarmados, al parecer canibalizados uno para hacer andar el otro, detalle que contradice la versión de una avería simple.

Y están las cifras, que no se ponen de acuerdo entre sí. La versión popular hablaba de nueve meses y nueve días. La agencia Associated Press contó 285 días desde la salida hasta el rescate y 301 hasta el regreso. El diario Noroeste, de Mazatlán, dijo 289. Las propias familias, entrevistadas por Notimex, sostenían que los hombres llevaban apenas tres meses desaparecidos. Hasta el origen de los pescadores baila según la fuente: a Vidaña unas notas lo ubican en Culiacán y otras en Las Arenitas. Cuando una historia no logra fijar cuántos días duró ni de dónde eran sus protagonistas, se desmiente sola.

A esto se sumó la sombra del lugar. San Blas y su comarca son zona de trasiego de droga hacia el norte, y la ruta transpacífica de la lancha alimentó la sospecha. El procurador general de la República declaró que no había evidencia de narcotráfico, pero anunció que el caso seguiría bajo observación, precisamente por la geografía. Corrió también la conjetura del canibalismo, que los tres negaron, y los tres se ofrecieron a pasar el detector de mentiras ante quien dudara. Se supo, además, que Ordóñez había tomado en septiembre de 2004 un curso de supervivencia donde le enseñaron lo mismo que aplicó: beber sólo agua de lluvia o sangre de animal y comer lo menos posible. El dato corta para los dos lados. Pudo ser la razón por la que sobrevivió, o la anécdota con la que armó un relato verosímil.

El testimonio más serio sobre estas dudas lo firmó un cronista. En febrero de 2007, la revista The New Yorker publicó «The Castaways» (Los Náufragos), un reportaje de fondo de Mark Singer, que convivió con los tres. Singer escribió que, al compartirle sus recuerdos de lo ocurrido en la panga, las cronologías y los detalles a menudo no terminaban de encajar, y que un abogado empeñado en impugnar su credibilidad habría podido hacerlos pedazos. Aun así, no suscribió la hipótesis de que llevaran combustible a un barco cargado de cocaína. Los conoció de cerca y, con las grietas a la vista, prefirió no cerrar el veredicto.

Hay que decir también qué se sostiene. La distancia y la duración, que cuesta creer, son justamente lo que mejor resiste el examen. Existe un hecho posterior documentado y mayor. En enero de 2014, el salvadoreño José Salvador Alvarenga apareció en las mismas Islas Marshall tras 438 días a la deriva, el récord confirmado de supervivencia en el mar. Las coincidencias con San Blas son tantas que incomodan: Alvarenga era tiburonero como ellos, zarpó de la costa mexicana, perdió a su acompañante por la misma causa, la negativa a comer carne cruda, cargó con la misma acusación de canibalismo y lo recibió la misma incredulidad. Oceanógrafos de la Universidad de Hawái confirmaron después, con boyas y modelos de corrientes, que su travesía de unas seis mil millas era posible. Si Alvarenga sobrevivió catorce meses, sobrevivir nueve no tuvo nada de imposible.

Pero esa misma comparación, que salva la verosimilitud de la deriva, hunde el detalle que más importa. Los cuerpos cuentan cosas distintas. Alvarenga llegó demacrado, con la presión por los suelos, los tobillos hinchados, apenas capaz de caminar. Lo subieron a una silla de ruedas y lo conectaron a un suero por deshidratación; después le detectaron anemia, y arrastró insomnio, miedo al agua y, según informes periciales, episodios de falta de lucidez. Eso es lo que catorce meses, o nueve, le hacen a un ser humano. Los de San Blas se recuperaron en trece días sobre un atunero, dieron conferencias de prensa en Majuro y bajaron de un vuelo comercial diciendo que querían volver a pescar. La travesía, en sí, es creíble. Lo que no cuadra es la condición en que desembarcaron y los papeles que faltan.

Queda la Biblia, que en este relato fue el blindaje de toda la versión. La fe declarada de los tres, su lectura de las Escrituras en altamar, el aval del episcopado, todo eso terminó por callar las sospechas de narcotráfico. La devoción operó como certificado de honradez. Por eso resulta tan elocuente un detalle que recogió una crónica posterior: el propio Salvador Ordóñez admitió que, desde que volvió, no había vuelto a abrir su Biblia. El hombre que la cargó nueve meses, y cuya fe enterneció a un país, la cerró el día que pisó tierra. El que esto escribe, que acompañó a los náufragos en el traslado de Aeromar a Tepic, se comió la historia e incluso le regaló a uno de ellos la traducción de Nácar-Colunga, pasta dura en tela roja, para darle intensidad al reportaje televisivo.

Lo que vino después fue el mercado. Un productor cristiano de Atlanta, Joe Kissack, formó una empresa a la que llamó Ezekiel 22 Productions y se lanzó a comprar los derechos de la historia de fe, con Warner Brothers y Paramount mencionadas en las negociaciones. La película grande nunca se hizo. Sí se filmó, ese mismo 2006, una cinta de bajo presupuesto, Los tiburoneros náufragos de San Blas, de Julio Aldama Jr., que ni siquiera respetó los hechos y que nadie recuerda. Hasta hoy ninguna plataforma ha vuelto los ojos a un material que en cualquier otro país sería una serie. Seamos exactos: el periodismo serio no la ignoró. The New Yorker le dedicó un reportaje mayor. Lo que faltó fue la consagración comercial.

Entonces, ¿dónde estuvo la estafa, si la hubo? Tal vez la estafa no la cometieron ellos. La cometimos los que quisimos creerles sin pedir nada a cambio. Nadie exigió el aviso de zarpe que faltaba, ni reclamó la identidad de los muertos, ni esperó a que las cifras cuadraran. Los recibieron en San Blas con una fiesta que ofreció el párroco en la plaza, y sacrificaron nueve borregos para la barbacoa, uno por cada mes a la deriva, como quien paga una manda. Hubo, eso sí, quienes nunca se subieron al milagro. El tío de Lucio Rendón, Remigio, contó que la abuela del muchacho se negó durante meses a rezarle el novenario de difuntos, convencida de que su nieto seguía vivo. Tenía razón. Esa fe, la de una anciana que no enterró a su muchacho, es la única de toda esta historia que no necesita detector de mentiras.

Veinte años después no hay sentencia. Nunca se probó que mintieran, ni que dijeran la verdad. Los huecos se ensancharon con el tiempo. La travesía pudo suceder; que haya sucedido, nadie lo ha demostrado. Y queda la sospecha de que la travesía que de veras importó, la que duró nueve meses y nueve días y todavía no termina, fue la nuestra: la de un país que prefirió no preguntar de qué se alimenta un hombre que dice haber comido aves en altamar, con tal de no quedarse sin héroes y sin un Nayarit que los aporta.

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