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“Magnifica Humanitas” VIII. La guerra, el ámbito más dramático en la era de la revolución digital.

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Al inicio del quinto y último capítulo del documento, el Papa sostiene que ese dramatismo que la transformación digital alcanza en los ámbitos de la verdad, el trabajo y la libertad, alcanza un carácter aún más dramático en el ámbito de la guerra, por lo que considera necesario dirigirle una mirada, por el “riesgo que la tecnología, separada de la ética y de la responsabilidad, haga más rápida la decisión sobre la vida y la muerte, y presente el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable”.

Retomando la dualidad que entraña la IA que “puede potenciar la defensa y la protección de los civiles, pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un ‘daño colateral’”, subraya la necesidad de recurrir a los principios de la Doctrina Social “para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla”.

Y ―como lo ha hecho a lo largo del documento― evoca las imágenes bíblicas de la construcción de la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén para expresar su pretensión de comparar dos lógicas opuestas: la lógica de “construir la torre de Babel confiando en el poder y en el orgullo” y la lógica de “la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, ‘pieza por pieza’, cuidando lo humano y el bien común”.

La lógica de la torre de Babel, se muestra, entre otras cosas, en “el enfrentamiento entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales” y en “la carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, o por asegurarse su control, según una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites”.

La lógica de la reconstrucción de Jerusalén, a su vez, se vislumbra en una “gran parte de la humanidad que trata de seguir siendo humana y de esforzarse por construir la ciudad de la convivencia y la paz” en “una construcción más lenta, menos visible y menos llamativa, que espera ser mejor comprendida y más coordinada para convertirse así en el compromiso consciente y articulado de cada comunidad, desde la familia hasta el gobierno de los estados y sus relaciones”.

La exposición más detallada de la lógica de la torre de Babel en la era de la transformación digital se desarrolla bajo el subtítulo “la cultura del poder” y comienza diciendo: “En los tiempos que vivimos se está consolidando una cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto a los intereses estratégicos”.

Y, no sin antes afirmar que esa cultura del poder penetra en la sociedad y modifica las relaciones y los comportamientos, señala cuatro ámbitos en que se expande y que va abordando uno por uno…

La normalización de la guerra.

“Hoy […] asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso”.

“A todo esto se suma un elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común”.

La persecución de un poder militar cada vez mayor.

“Un elemento decisivo del panorama actual es el crecimiento de la industria bélica, que se ha convertido en un sector clave de la economía de algunos países. La estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera una “nación armada”, en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas”.

“A este panorama se suma el desarrollo incesante de los sistemas de armas y en particular de las armas relacionadas con la IA. La Santa Sede ha señalado recientemente que la creciente facilidad con la que se pueden emplear los sistemas de armas con autonomía operativa hace que la guerra sea más “viable” y menos sujeta al control humano”.

La crisis del multilateralismo.

“La cultura del poder surge también de la crisis del sistema multilateral. Las instituciones creadas para salvaguardar la idea de un destino común de los pueblos y de un bien común a nivel mundial parecen debilitadas, no sólo por limitaciones estructurales, sino porque a menudo falta una voluntad compartida de apoyarlas, reformarlas y reconocer su autoridad moral”.

En ese contexto “reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. […] La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto ‘derecho del más fuerte’, y sus instrumentos”.

Un supuesto realismo político.

“Vivimos en una época” en la que “el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente” y en la que se “califica la paz y el diálogo como posiciones utópicas o irracionales que ignoran los riesgos en juego”.

En el segundo apartado del capítulo, el Papa, reiterando que “la construcción de un mundo en estado de beligerancia es un mal”, recuerda que “la perspectiva cristiana […] no se agota en la denuncia del mal”; que “incluso en las noches más oscuras el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación” y que “la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien”.

Y, haciendo notar que “cada uno dispone de un ámbito propio de acción” y que “ahí, está llamado a elegir “si alimenta la lógica de la fuerza […] o promueve la lógica de la paz”, propone cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: “desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”…

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