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El gol perfecto es un haiku

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Reflexión a partir de la carta «¡Bravo, Mosquito!», de Juan Villoro, publicada este fin de semana en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Villoro abre con una imagen que es puro teatro y, debajo, pura ternura: pocas cosas tan dramáticas, escribe, como el rostro de un entrenador cuando su mejor jugador pide el cambio. Lo dice porque Caparrós se ausentó unos días, y la frase celebra su regreso sin nombrar lo que lo apartó. A la idea de su amigo, que a los países habría que medirlos por la salud pública que ofrecen, el mexicano responde con una ironía que le sale cara, acaba de cederle sus ahorros a un hospital privado. La salud y el futbol, los dos cuerpos frágiles, vuelven a cruzarse en la carta.

De ahí propone su propia vara para medir naciones, una ley emocional, «que gane la que sea más capaz de disfrutar». Y México encabeza el ranking. El paso perfecto por la fase de grupos desató, dice, una alegría de delirio. La noche de San Juan, con el 3-0 sobre Chequia, una tormenta convirtió las calles de la Ciudad de México en canales dignos de la antigua Tenochtitlan, y la gente descubrió el placer de nadar en aguas turbias. La frase con que lo corona es de las que se quedan, y de paso le contesta a la época, «nuestro éxtasis celebratorio supera todo esfuerzo de la inteligencia artificial».

El segundo lugar de esa tabla de la dicha lo ocupa Ecuador. Tras el triunfo sobre Alemania, el técnico argentino Sebastián Beccacece escaló una barda para abrazar a su familia y corrió por el campo besando a sus jugadores, «con el afecto de quien recupera hijos perdidos». Villoro repara en su melena, la misma que Caniggia llevaba a los veinticinco, y la convierte en metáfora: después de la victoria, esa crin se volvió «un estandarte de la euforia». A su lado coloca a Hincapié, cuyo apellido juega al futbol con insistencia, y recuerda el adagio latino, «nomen est omen», el nombre es destino.

La cara opuesta de esa euforia es Alemania, que no leyó su derrota como mérito del rival, la vivió como un daño autoinfligido. Todos culpan al veterano Manuel Neuer, a quien Plata le robó un balón que parecía tener en las manos. El portero de cuarenta años, acribillado en conferencia, negó su responsabilidad, y Villoro lo enmarca con una cita de Der Spiegel sobre los jugadores que ganan respeto al aceptar sus fallas, «Neuer nunca fue uno de ellos». De ahí pasa a una observación grave sobre el oficio, el arquero alemán no puede titubear, y evoca con sobriedad la tragedia de Robert Enke, el guardameta cuya depresión terminó en suicidio. La carta no se recrea en el dato, lo usa para medir el peso que carga esa posición.

El repaso de los tropiezos sigue con Estados Unidos. Fecha el desastre desde el inicio, cuando el balón del partido lo entregó la socialité Paris Hilton, «un desfiguro comparable a los que ocurren en la Casa Blanca». Pochettino creyó que podía ganar con suplentes, y Turquía se impuso 3-2 «como si disputara la toma de Constantinopla». La erudición irónica, una vez más, hace el trabajo del análisis táctico.

El centro de la carta, y su título, es una analogía hermosa. Villoro cuenta que, cuando Albert Camus ganó en Argelia la beca que le cambiaría la vida, el maestro que confiaba en él, y que le daba un cruasán para que no respondiera con el estómago vacío, celebró su examen con un grito, «¡Bravo, Mosquito!». Camus atajaba porque era la posición donde menos se gastaban los zapatos, y él no tenía para comprar otros. Pequeño y frágil, tenía las virtudes de quien sabe zumbar. Lo mismo, dice, le pasa al Mosquito Dembélé, que fusiló a Noruega con fogonazos de las dos piernas. Su camino fue largo y accidentado, poco corpulento, seis lesiones en el Barcelona, hasta hallar acomodo en el PSG y conquistar el Balón de Oro, que recogió lastimado. Su cuerpo fue su peor enemigo, remata Villoro, pero «los moscos se tonifican con las lluvias de verano».

El reverso del Mosquito es la resignación. Solbakken, técnico de Noruega, dio descanso a Haaland y a Odegaard y aceptó de antemano el segundo lugar del grupo, un conformismo que a Villoro le parece «tan deprimente como un libro de Jon Fosse». A Francia, en cambio, sólo la frenó la tormenta que suspendió dos horas su partido contra Irak. El resto del tiempo, escribe, son ellos los que lanzan los relámpagos.

La carta cierra con una pieza de crítica que vale por sí sola. Villoro se pregunta dónde quedaron las jugadas triangulares, ahora que casi todos los goles llegan de tiros lejanos o de rebotes a un metro del arco. Le devuelve a Caparrós dos frases suyas como quien le devuelve una moneda pulida, «cada salida de arco se ha convertido en una bruta zozobra», y aquella definición del tiki-taka estéril, «el toqueteo concéntrico que alguien ha llamado futbol tántrico». Su propio veredicto es más breve y más cruel, «mucha caricia y poco orgasmo». Frente a ese manoseo coloca a Japón, cuyos pases vertiginosos remiten a la vez al futbol abierto y a una tradición poética. Y deja la imagen con que conviene quedarse, el gol japonés perfecto es un haiku, «tres toques medidos que equivalen a tres versos».

La pieza confirma por qué la serie funciona. Villoro convierte una jornada de Mundial en una antología de la alegría y sus fracasos, con Camus y Der Spiegel, Caniggia y Jon Fosse, la toma de Constantinopla y el haiku. Donde Caparrós mira el torneo con la melancolía del dueño que pierde su finca, el mexicano lo lee como un crítico que encuentra, en cada gol, una cita escondida. Y deja para el lector una vara que sirve más allá de la cancha, medir a un país por su alegría antes que por sus victorias.

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