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Conseguirlo todo sin ganar casi nada

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Reflexión a partir de la carta «¿Dónde hay un haiku, viejo Gómez?», de Martín Caparrós, publicada este fin de semana en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Caparrós contesta el haiku de Villoro convirtiéndose, dice, en cazador de haikus. Recoge la idea de su amigo, que en este Mundial los goles llegan de tiros lejanos o de rebotes a un metro del arco, y que las viejas triangulaciones, el gol tejido como un poema de tres versos, se extinguieron salvo en Japón. Le responde con un haiku propio, donde Villoro pone a Japón él pone a Argentina, y lo cierra con su hallazgo, «Japón me dices,/ yo te digo Argentina:/el gol poema». La carta nace de una confesión generosa, «me has corregido la mirada», y de ahí en adelante el cronista mira el torneo buscando esos versos.

El primer partido que pasa por su lupa es el España-Uruguay de Guadalajara, que dejó fuera a los charrúas. Caparrós es lapidario, fue malo y elocuente a la vez: cuatro millones de españoles, uno de cada doce, aguantaron despiertos hasta las cuatro de la mañana para ver «esa cosa». No hace falta más prueba, ironiza, de la existencia del dios futbol que nos tiene subyugados.

El drama lo puso Muslera, y aquí la carta baja la voz. El gran arquero «que ya no lo es» cometió el error que terminó de hundirlo, y Caparrós lee ese error con una ternura áspera: el final de su carrera es un gol que, de haber ocurrido al principio, lo habría dejado sin carrera. Lo llama «una victoria más del tiempo», y dispara contra la codicia actual que pretende que envejecer es una ficción, que sólo envejecen los débiles. En la serie, donde el cuerpo y su desgaste vuelven una y otra vez, la línea pesa más de lo que aparenta.

El centro de la carta es un homenaje envenenado a Marcelo Bielsa. En el entretiempo, el técnico sacó a Muslera, y para Caparrós eso lo acabó de hundir; reparte la culpa sin piedad, la carga sobre el entrenador que decidió y libra al arquero, que sólo se ofrecía. Después llega la estocada, formulada como elogio: Bielsa es «un ser excepcional», alguien que «ha conseguido todo lo que ha conseguido sin conseguir prácticamente nada». El cronista lo prueba con la hoja de servicios: un campeonato argentino con Newell’s en 1992, otro con Vélez en 1998, la medalla olímpica de 2004, y veintidós años sin ganar nada. A eso suma tres Mundiales que son tres naufragios, fuera en la fase de grupos con Argentina en 2002, eliminado por Brasil con Chile en 2010, y cuarto de su grupo con Uruguay en 2026, detrás de Cabo Verde y Arabia Saudita. Su permanencia, remata, es un milagro o un aviso sobre «los peligros de escuchar a un argentino».

La inquina viene de lejos y Caparrós no la disimula, lo odia «un poquito». Empezó en el año 2000, viendo a los jugadores de la selección argentina mirar al banco como niños que esperan la aprobación del padre. Siguió en el Mundial de 2002, cuando Bielsa prohibió todo contacto de sus futbolistas con la prensa y convirtió su concentración en un búnker, mientras pronunciaba arengas contra la mercantilización del futbol y se llevaba millones de dólares al año. Y culmina en un retrato de sus conferencias, donde el técnico recibía una pregunta simple, bajaba la cabeza y hablaba y enredaba hasta aburrir a todos. De ahí su veredicto, el más filoso de la carta: Bielsa encarna a esos personajes por los que «intelectual» se volvió insulto, los que «en lugar de simplificar lo complejo para tratar de entenderlo, complican lo simple para darse aires».

Hecha la diatriba, el cronista se desmarca del rencor con elegancia y sólo se permite saborear que hoy más gente piensa lo que él pensaba. Y cambia de bando: mientras tanto Argentina avanza, conducida por un técnico que parece diseñado para ser «exactamente lo contrario de Bielsa». Acaba de ganarle a Jordania, y Caparrós no se priva del chiste geopolítico, que un país con fronteras tan calientes no supiera armar una barrera defensiva. Por ahí se coló Lo Celso, que celebró su primer gol en un Mundial, y más tarde entró Messi a aprovechar las mismas barreras que no barrían nada.

Sobre Messi, la honestidad es la virtud de la carta. «Messi no está jugando bien», escribe, y se atreve con el dato que pocos dirían: pierde cerca de dos tercios de los balones que toca, en gambetas falladas y pases sin destino. Pero está «perfectamente incrustado» en un equipo que le permite hacer lo único que todavía hace mejor que nadie, meter goles. En este tramo final, observa, Messi se ha vuelto un nueve extraordinario, y lo disfruta él y lo disfrutamos todos. El elogio, despojado de mística, vale más por venir después del reparo.

Llega entonces el cálculo del camino. Empieza, dice, «el Mundial de verdad, el de 32», y la ruta argentina parece despejada, ganarles a Cabo Verde y a Australia o Egipto para los cuartos, y de ahí a Suiza, Argelia, Colombia o Ghana por las semifinales. Caparrós duda de la metáfora, no sabe si llamarla autopista o «una buena carretera nacional» con sus paradas de medialunas ricas, y advierte que nunca creyó que pudiera parecer tan fácil, «lo cual también es un peligro». Todo, concede, fue cosa de los sorteos, así que los que juran que Dios es argentino ya tienen otro milagro caprichoso. Y le dedica al de arriba una boutade teológica, debe serlo, porque «se ocupa mucho de lo que no importa y muy poco de todo lo demás».

El cierre desvela el título, y de paso deja una astilla política. La carta se llama como un tango de los años treinta que cantaba Tita Merello, «¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?», donde «mango» era, en lunfardo, un peso. Era una época de crisis, de «bruta mishiadura», y Caparrós la usa para pinchar a los nostálgicos: «las ultrahordas de estos días» quieren convencernos de que todo tiempo pasado fue mejor y de que conviene volver a él. Hasta los uruguayos, bromea, podrían caer en la trampa, porque cuando se compuso el tango eran campeones del mundo. El último gesto es de afecto fraterno hacia el rival caído, «honor a quien lo tuvo» y un «¡dale Uruguay, bó!» que cierra la carta con una sonrisa.

La pieza muestra al Caparrós más completo, el que pasa de la broma a la elegía sin cambiar de tono. En una misma carta entierra a Bielsa con un elogio, despide a Muslera con respeto al tiempo, mide a Messi sin piedad y con cariño, y aprovecha un tango viejo para discutir el presente. Donde Villoro encuentra haikus, Caparrós encuentra el reverso, que el futbol, como la vida, premia y castiga con la misma indiferencia, y que lo único honesto frente a esa lotería es nombrarla sin solemnidad.

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