Caparrós abre con una pregunta que es también una elegía, si Villoro recuerda cuando la palabra tercermundo significaba algo. Reconstruye el mapa perdido, el Occidente rico era el primero, la amenaza soviética el segundo, y el resto, los pobres, éramos el tercero, tanto que «incluso España se preguntaba si no era tercermundo». Después dejamos de decirlo, y el cronista da las razones: ya no hay segundo, algunas de aquellas naciones, China, India, se volvieron «primerísimo», y sobre todo nadie quiere hablar de pobres. De ahí la etiqueta que rescata de un libro reciente, el viejo tercermundo rebautizado como «el OtroMundo», un espacio exterior «confuso de asechanzas».
Sobre ese fondo coloca su tesis. El futbol es uno de los pocos territorios que ofrecen la ilusión de igualdad, y subraya la palabra, «la palabra clave es ilusión». Lo prueba con un dato que desarma cualquier romanticismo: los únicos países pobres que ganaron alguna vez un Mundial son Argentina y Uruguay. Por eso, cuando la supuesta paridad baja a la cancha y son once contra once, «la sorpresa es un rayo que quema».
Y esa noche cayeron dos rayos. Con pocas horas de diferencia, dos potencias prósperas se fueron por penales, derribadas por lo que Caparrós llama «un reino que expulsa a su gente y una república que solemos olvidar», Marruecos y Paraguay. Los hechos le dan la razón: Marruecos eliminó a Países Bajos en Monterrey y Paraguay dejó fuera a Alemania en Boston, las dos veces desde los doce pasos. Decimos que amamos el futbol elegante, escribe, los toques y las gambetas limpias, pero nada nos emociona tanto como encontrarnos con «un David y su gomera y su tremenda piedra».
La sorpresa paraguaya le toca una fibra particular. Cuenta que se durmió pensando escribirle a Villoro en guaraní, orgulloso de que Paraguay sea el único de nuestros países donde toda la población habla otra lengua, y que despertó con la noticia de que su presidente, Santiago Peña, había decretado feriado nacional. Se acordó entonces de lo que Villoro escribió sobre el Mundial de los festejos y decidió sumarse: «dejarnos de sandeces y festejar con ellos».
De ahí sale a la luz un secreto que el cronista sirve con gula porteña, «los porteños, creídos como somos, somos paraguayos». Y desmonta el mito fundacional: Buenos Aires fue obra de un grupo de muchachos que bajaron de Asunción del Paraguay y, en noviembre de 1580, armaron el pueblo a orillas del Río de la Plata, lejos de los andaluces y los curas castellanos de la leyenda. Desde entonces, remata, el esfuerzo por ocultarlo. El apunte histórico es fiel, la refundación de la ciudad partió de Asunción.
El hilo lo lleva a su golpe más hondo. Aquellos muchachos paraguayos, río abajo, pasaron frente al lugar donde tres siglos después nacería Rosario, y ahí Caparrós enlaza con la carta anterior de su amigo. Villoro había nombrado a un rosarino, Messi; él invoca al otro, Ernesto Guevara. Traza los cruces sin subrayarlos, los dos nacieron en esa ciudad y la dejaron pronto, se hicieron célebres lejos, se volvieron caras para una camiseta, y los dos, dice, fueron valientes. El detalle que lo desvela es la edad: ambos tienen 39 años, sólo que Messi los cumplió hace unos días y el Che los cumplió hace más de medio siglo y no llegó a más, murió a esa edad. «Qué hizo cada uno con sus años», escribe, y lo cierra con tres palabras que valen un ensayo, «formas del tercer mundo».
Del sur pobre pasa al norte próspero, donde el Mundial marcha mejor de lo augurado. Caparrós recuerda, con ironía hacia sí mismo, aquellos pronósticos de hace tres semanas que daban por hecho el torneo más vacío de la historia, por los precios, la mala fama americana y el lío de las visas. Ocurrió lo contrario, tribunas llenas como pocas veces. De ahí una reflexión que excede el futbol, esa «tentación apocalíptica» que nos hace desear siempre un final dramático. Se pregunta por qué extrañamos tanto un desenlace brutal, por qué nos cuesta soportar «este flujo tedioso y trabajoso que llamamos vida», donde nunca queda claro quién ganó.
Con el torneo cruzando su ecuador, el cronista se pone a contar el mapa, qué trajo y qué se llevó cada región. Las que mejor justificaron su presencia fueron África, con nueve clasificados de diez, y Sudamérica, que él llama «Sudaquia», con sólo Uruguay eliminado. Europa trajo dieciséis y perdió tres, buena proporción, «y ni así entra Italia», lo que le sirve para pinchar al presidente de la FIFA, «Infantino es demasiado honesto o demasiado bobo». La región inflada, dice, es la de Villoro, Norte y Centroamérica, con la mitad afuera. Y la peor, Asia, resumida en una línea cruel, «compran camisetas, pero no pelotas».
El remate es un chiste con filo histórico. De repente, escribe, ve un triunfo americano que nadie advirtió: cayeron juntos Alemania y Japón, y «el Eje sigue mandando malas vibras». La broma es exacta, las dos selecciones quedaron fuera el mismo día, Alemania ante Paraguay y Japón ante Brasil. Y con esa sonrisa se despide, deseándole suerte a México, que se dispone, en el momento que escribe, a cruzar su propio ecuador.
La carta confirma la marca de Caparrós, la de un cronista que usa un partido para hablar de todo lo demás. En unas cuantas líneas caben la geopolítica de la pobreza, la fundación de Buenos Aires, dos rosarinos de 39 y una teoría sobre por qué preferimos los finales trágicos. Donde Villoro encuentra la alegría, Caparrós encuentra la desigualdad y su reverso, esa igualdad que dura lo que un partido y que, cuando aparece, ilumina como un rayo antes de apagarse.







