Villoro le escribe a Caparrós «en estado de irrealidad». A México le bastó un primer tiempo de locura para borrar a Ecuador, un rival con jugadores en el Arsenal, el Chelsea y el PSG, y meterse en octavos con un 2-0. El cronista repara en un detalle revelador del anfitrión: la FIFA prohíbe los paraguas en el Azteca, así que una tormenta empapó a todos y retrasó el partido, aunque nada frenó el júbilo «de un país donde la única ley que se cumple es el desmadre».
Ese júbilo tiene, en la carta, una sombra. Villoro recuerda que la celebración desbordó el Ángel de la Independencia y dejó «un terrible saldo de cuatro muertos», y lo remata con una frase que retrata al país entero, «cada victoria se celebra como si no pudiera haber otra». El dato es real, cuatro personas murieron por asfixia entre la multitud, y el escritor lo menciona con sobriedad, como contrapeso de la euforia.
De ahí nace su hallazgo más citable, un grito de guerra hecho de pura pregunta: «¿Y si sí?». El país entero, dice, lanza una interrogación, la de una esperanza que no se atreve a nombrarse. Y al frente aparece el próximo rival, Inglaterra y su «formidable Harry Kane», que contesta con un guiño a Shakespeare, «he ahí el dilema». El duelo, ya se sabe, será el domingo en el propio Azteca.
Villoro aprovecha para reponer su vieja ley, la de que en el futbol debería ganar el que más disfruta. La ilustra con una estampa de Berna, donde pasó un semestre en 2025: al cruzarse con los hinchas del Young Boys a la salida de un partido, le preguntó a su esposa si habían ganado o perdido, y fue imposible saberlo, «esos rostros hieráticos no habían sido afectados por el marcador». Habían ganado, subían al segundo lugar, pero «hay sitios donde los goles no incluyen un suplemento de felicidad extrema». El delirio mexicano queda, por contraste, como una forma superior de vivir el juego.
El agradecimiento a Caparrós enhebra el tema de fondo. «¡Buenos Aires fundada por paraguayos!», celebra, con una exclusiva que le llega «con quinientos años de retraso», y de ahí regresa a la pregunta que su amigo planteó en la primera carta, la rareza de que exista el orgullo nacional en plena era de la globalización y las franquicias. Entre unos y otros, apunta, algunas naciones no pierden su carácter: «Alemania garantiza regularidad», decepcionó ante Ecuador y volvió a decepcionar ante Paraguay.
Paraguay le sirve para el primer retrato de identidad. Su seña, dice, es una obsesión por defender tan extrema que durante años su mejor atacante fue un arquero, Chilavert, que cobraba penales y tiros libres. Aquel equipo granítico fue goleado por Estados Unidos en su debut, pero se rehízo en un vestidor «donde el castellano se mezcla con el guaraní», conducido, para colmo del asunto identitario, por un argentino.
Ese argentino abre el segundo retrato. Villoro sostiene que este Mundial se recordará por los estrategas de la tierra de Caparrós, y que la victoria sobre Alemania redimió a Gustavo «Lechuga» Alfaro, que confió la portería a Orlando Gill, un hombre «cuya vida amerita una telenovela de cien episodios»: sin contrato, tuvo que vender su uniforme y sus zapatos para dar de comer a su familia, y llegó a la selección pese a las críticas del propio Chilavert. Alemania nunca había perdido una tanda de penales, y encima diseña los balones, pero Gill tuvo su hora grande. Al final, escribe Villoro, se confirmó que a los argentinos «no sólo se les dan los goles sino también las frases»: Alfaro despidió el triunfo al modo de San Martín, «a la cancha entraron 26 guerreros y salieron 26 leyendas», y resumió su credo con un «resistir está en nuestro documento de identidad». Que él tenga pasaporte argentino no le quita fuerza, apunta el cronista, porque «en este mundo promiscuo la gente es de donde quiere», y cita a Chavela Vargas, «los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana».
El tercer retrato, y el que da título a la carta, es Marruecos, «un país del deseo». De sus veintiséis jugadores, dice Villoro, diecinueve nacieron fuera y sólo tres juegan allí; su pertenencia cabe en una camiseta roja y «su territorio es del tamaño de la cancha». Contra Países Bajos brillaron «de ida y vuelta», fueron superiores, y sólo una atajada del arquero Verbruggen, que le recordó la del «Dibu» Martínez en la final de 2022, llevó el pleito a los penales.
Y ahí Villoro roza, con cuidado, el terreno de la fe. En la tanda, observa, los holandeses se animaron con abrazos y los marroquíes se arrodillaron a rezar. Evita la polémica religiosa y se limita a una idea, «chutar era un asunto de fe»: quienes eligieron una patria imaginaria buscaban el respaldo de un Dios invisible, y el duelo dejó de ser deportivo para volverse, en clave racional, psicológico. Cuando el portero Bono detuvo un penal «de pie, como una estatua de sí mismo», ya se sabía quién ganaría. El cierre lo pone Galeano, «si los pelos fueran importantes estarían dentro de la cabeza», y Villoro lo tuerce hacia su tesis: para Marruecos, «el país, como Dios, está en la cabeza».
La carta reúne, en una sola jornada, varias maneras de tener patria. Una imaginada, la de Marruecos y la de Alfaro, que se elige y se lleva puesta como una camiseta. Otra delirante, la de un México que festeja hasta la tragedia. Y, al fondo, la de Berna, impasible, donde ganar no altera el rostro. Donde Caparrós mide el mundo por la desigualdad, Villoro lo mide por el deseo, y deja una idea que la serie ha ido puliendo carta a carta, que la nación, hoy, se parece menos a un mapa que a una decisión del corazón, capaz de encender a millones y, esa misma noche, de cobrarles la cuenta.







