Zepeda Patterson construye su columna sobre una distinción que conviene subrayar desde el principio, la que separa el nombramiento de la respuesta. A Sheinbaum, escribe, se le podría reprochar haber puesto al frente de Pemex a un funcionario de capacidades discutibles, pero nadie puede cargarle «las deplorables escenas que todos contemplamos en un infame video». Lo que sí admite crítica, sostiene, es cómo reaccionó la Presidenta ante ese video, el de Víctor Rodríguez Padilla, su exdirector de Pemex, agrediendo a su esposa. Y de esa reacción el analista extrae un problema que excede el caso.
El problema es el lenguaje. Buena parte del desencanto mundial hacia la clase política, propone, nace del habla neutra y burocrática con que se comunica, cargada de lugares comunes y «deslavada de sentimientos y pasiones reales». Para probarlo despliega un muestrario de fórmulas de ocasión que cualquier lector reconoce, «se investigará hasta las últimas consecuencias», «no nos temblará la mano, caiga quien caiga», o la más socorrida, atribuir todo a «exageraciones de la prensa amarillista». Frases diseñadas, dice, para no incomodar a nadie y hacer control de daños.
Frente a ese molde coloca a la Sheinbaum que admira, y aquí la columna es generosa. Recuerda que su altísima popularidad, que llegó a rozar el ochenta por ciento, se nutre del partido y del entusiasmo por una mujer en la Presidencia, pero también de un perfil personal poco común, el de «una científica sensible, con los pies en la tierra», ajena a la impostación de las élites. Esa mujer, sugiere, es lo contrario de la máscara profesional en la que se acomodan los políticos tradicionales.
De ahí su desconcierto. A Zepeda le extraña la frecuencia con que la Presidenta hace a un lado esa naturaleza espontánea y opta por una «asepsia verbal» que el público termina confundiendo con indiferencia. Lo dice con una observación filosa: frente a las madres buscadoras o a la violencia que padecen miles de personas, las mayores muestras de indignación que se le escuchan suelen ser respuestas a las críticas de sus adversarios o defensas de miembros de Morena.
El caso del video le sirve de prueba. La primera declaración de la Presidenta, «si la señora presenta denuncia, será investigada», sonó, dice, casi a reclamo; sólo días después, tras la repulsa pública, subió el tono y pidió todo el peso de la ley contra el agresor. Habría sido mejor, escribe, una expresión de auténtica tristeza por la conducta de alguien en quien ella había confiado. Y le devuelve al gobierno su propia consigna: si «con Claudia llegaron todas», lo que un hombre del poder le hizo a María Felicia Jiménez tendría que resultarle inadmisible a la Presidenta, «con denuncia o sin ella».
La columna no reparte reproches sin matiz. Concede que parte de esa contención puede explicarse por un temor real, el de que, como primera mujer en el cargo, cualquier gesto emocional sea leído por la mirada misógina como debilidad. Pero calcula que el liderazgo ya demostrado por Sheinbaum ha reducido ese riesgo, y que el resguardo dejó de ser necesario.
El fondo de su argumento es una idea sencilla sobre el poder y la gente. Cuando a alguien le falta el agua o el trabajo, o pierde a un hijo, más que un diagnóstico o un expediente necesita reconocer en su Presidenta «a un ser humano capaz de experimentar una indignación proporcional al daño». Por eso le pide que confíe más en la persona que fue durante sesenta años, esa que aparece cuando pisa la plaza pública y que, en palabras del propio Zepeda, «nombra el dolor sin convertirlo en discurso, ofrece esperanza sin reducirla a propaganda». Ninguno de esos rasgos, concluye, riñe con la figura de un jefe de Estado «revestido de humanidad». Sheinbaum podría serlo, remata, «si se lo permite».
Conviene anotar la distancia editorial. La pieza pertenece al género de la opinión, y buena parte de su fuerza descansa en atribuirle a la Presidenta sentimientos y motivos que sólo ella conoce, lo que el columnista lee más que comprueba. En cuanto al caso que la origina, los hechos son públicos y graves, pero hasta ahora no hay resolución judicial, y el aludido pidió que se respete la presunción de inocencia y se separó de todo cargo público. Zepeda, además, escribe desde la simpatía, no desde la hostilidad, algo que da peso a su reclamo.
El valor de la columna está en otra parte. Su crítica se dirige al registro de Sheinbaum, a la distancia entre la mujer que muchos describen como cálida y la funcionaria que a veces la reemplaza en el micrófono, y deja fuera sus políticas y su fuerza, que el mismo autor ha elogiado en otros textos. Y formula una exigencia que sirve para cualquier gobierno, la de que el poder, ante el dolor ajeno, hable con voz humana en vez de fórmula burocrática. Para el lector, queda una pregunta incómoda y universal: por qué a tantos gobernantes les cuesta más mostrar tristeza que firmeza.







