Ignacio Morales Lechuga abre su columna de este miércoles en El Universal con una paradoja que organiza todo lo que sigue: hay generaciones que repiten los errores del pasado porque los desconocen, y eso es comprensible. Lo que resulta más inquietante, escribe el exProcurador General de la República, es el caso de quienes regresan voluntariamente a los desastres que ellos mismos atestiguaron y padecieron en su juventud.
El detonador concreto es la Circular 8/2026 del Banco de México, publicada recientemente, que faculta al banco central para adquirir bonos gubernamentales en el mercado secundario mediante mecanismos de subasta. Describe esa medida como “una forma disfrazada de disponer de recursos” y la ubica en una tradición que México conoce bien: el uso instrumental del banco central como apéndice del gasto público. Esa práctica caracterizó las décadas de los setenta y ochenta, con inflaciones galopantes, devaluaciones traumáticas y controles de cambio que, en palabras del columnista, “pulverizaron el patrimonio de millones de mexicanos.”
Lo que hace el texto más incómodo es la caracterización de quienes toman esa decisión. La presidenta Sheinbaum, escribe, pertenece a una generación de académicos e intelectuales de izquierda que vivió y criticó ese colapso estructural desde adentro. La paradoja que plantea el exProcurador que la memoria de esa generación “conserva intacta la indignación moral frente a las injusticias de antaño pero elimina la explicación de las catástrofes que esas mismas injusticias provocaron.” Se recuerda el sufrimiento, se olvida el mecanismo que lo produjo.
Para sostener ese argumento, recurre al economista Albert Hirschman y su tesis sobre la perversidad: las buenas intenciones distributivas tienden a producir catástrofes macroeconómicas porque las intervenciones estatales que buscan forzar un orden redistributivo terminan generando, por una fatalidad estructural, el efecto contrario al que perseguían. Ancla esa tesis en un dato histórico: en los años ochenta México llegó a tener más de mil100 empresas paraestatales, y esa acumulación contribuyó a la debacle que la generación hoy en el poder padeció en carne propia.
El patrón que describe el texto tiene una regularidad que el columnista llama “pasmosa”: el discurso redistributivo funciona como coartada para expandir el gasto público con fines electorales y clientelares, devora los ahorros colectivos, desancla la inflación y termina empobreciendo precisamente a los sectores más vulnerables que el discurso prometía proteger. Morales Lechuga rastrea ese ciclo desde la Revolución Francesa hasta las grandes crisis del siglo veinte, y lo encuentra operando de nuevo en el presente mexicano.
Los síntomas que enumera son reconocibles en el debate económico reciente: fuga de capitales, obras deficitarias de escala faraónica, desmantelamiento de los contrapesos que sostenían la certidumbre jurídica. Para el columnista, esos fenómenos forman parte del mismo escenario que la Circular 8/2026 contribuye a construir, uno caracterizado por “mecanismos diseñados supuestamente para garantizar el bienestar social” que están “construyendo el escenario ideal para una crisis de proporciones históricas.”
El tramo más duro de la columna apunta hacia la sociedad civil. El problema central, escribe, no son las complejidades técnicas de la política monetaria ni la arquitectura de las subastas financieras, sino “la quiebra moral de una sociedad civil que consiente su propia servidumbre a cambio de ficciones.” Es una afirmación que distribuye la responsabilidad más allá del gobierno y la deposita en quienes observan sin resistir, en quienes toleran la repetición del ciclo porque la promesa redistributiva sigue siendo más atractiva que la memoria de sus consecuencias.
Cierra con una imagen que concentra el argumento de toda la columna. Los proyectos políticos, escribe, poseen “una capacidad casi ilimitada para sobrevivir a sus propias ruinas, alimentándose del resentimiento y de la promesa de una redención que nunca llega.” Cuando un pueblo entrega la gestión de su libertad a una burocracia que “confunde la contabilidad con la fe”, el terreno queda preparado para el regreso de los viejos fantasmas del autoritarismo y la ruina económica.
La pregunta con la que cierra el texto es la que da título a la columna y merece reproducirse completa: “¿Qué extraña fascinación encuentran los gobernantes en los escombros del pasado que deciden, con terca alegría, volver a habitarlos?” La frase tiene el tono de quien lleva décadas observando el mismo ciclo y todavía encuentra inexplicable que se repita. Morales Lechuga fue Procurador General durante el sexenio de Carlos Salinas, conoce desde adentro el funcionamiento de las instituciones que analiza, y escribe sobre política monetaria con la autoridad de quien vivió las consecuencias de sus colapsos.
La Circular 8/2026 puede parecer un tecnicismo financiero menor. Lo que el columnista argumenta es que los tecnicismos de ese tipo raramente son menores: son el lugar donde se toman, disfrazadas de lenguaje burocrático, las decisiones que décadas después se llaman crisis.







