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El sillón de escroleo

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Reflexión a partir del ensayo «Cómo superé mi adicción al algoritmo sin ayuda de la tecnología», de Meher Ahmad, publicado el 15 de julio de 2026 en The New York Times

No todo lo que trae el algoritmo es basura, y Meher Ahmad empieza por reconocerlo. Confiesa que, pese al odio de moda hacia las redes, a veces le gusta el suyo: ha adiestrado su TikTok como a un perro obediente que, en vez de aves, le lleva artistas de bodas egipcias, cocineros rurales de Vietnam y la llamada «estética balcánica». El problema es que esos regalos llegan con lo que llama «ardillas muertas», el vacío de asomarse a la vida mundana de tanta gente, la sospecha de que todos se divierten en otra parte y el empobrecimiento de los propios gustos. Su duda resume la trampa, si de verdad le gustan unas zapatillas o si Meta y tres influentes conspiraron para que las comprara.

De esa incomodidad nace un experimento que ella bautiza «verano de Ludd», por un grupo neoludita que empapeló Nueva York con carteles, uno decía «NO TODO ESTÁ EN INTERNET». Su método no requiere comprar nada nuevo. Borró Instagram, Twitter y TikTok de su teléfono principal y los pasó a un iPhone viejo, sin tarjeta SIM, sólo con wifi, al que llama su «teléfono de escroleo». Y le puso una condición de lugar: sólo puede usarlo sentada en un sillón concreto de su sala, el «sillón de escroleo». Hasta le compró un soporte con forma de cerdito, para recordarse que, cuando lo toma, está «devorando las redes como un cerdo en el comedero».

El texto gana cuando explica por qué esto no es otra solución a medias. Ahmad ya había probado el repertorio habitual, borrar y reinstalar las cuentas en ciclos, poner la pantalla en escala de grises, mirar Instagram sólo en la computadora, activar los temporizadores de Apple que, admite, ignoraba como casi todos. Nada curaba esa comezón de mirar y volver a mirar, un tic parecido al del cigarro. Tampoco la tentaron los aparatos de moda, el bloqueador Brick, los teléfonos tontos, la app que gamifica dejar de escrolear, porque le parecían «más una pose que una solución».

La diferencia del sillón, propone, es que recrea la fricción del internet antiguo. Como milénial que llegó a Facebook en la secundaria y a Instagram en la universidad, recuerda cuando las redes vivían atadas a un lugar y un momento, las salas de cómputo, los cables de ethernet, y una crítica ajena tardaba días en alcanzarte en vez de saltar como notificación instantánea. Esa localización, dice, permitía tratar la red como un pasatiempo más y no como «la extraña extensión de tu psique» en que se convirtió al volverse portátil y permanente.

Los resultados que reporta son el corazón de la pieza. Su verano de Ludd la devolvió a esos hábitos, pero mejores, con una ausencia casi total de FOMO, porque es difícil envidiar lo que hace en Berlín un conocido lejano si una no lo ve. Perdió el reflejo de capturarlo todo, ya no fabrica contenido sobre su propia vida, y sus fotos adquirieron «un aire boomer», horizontales y sin espacio para pies de foto. De ahí una observación que ella misma llama trillada y aun así cierta, «cuando vivo mi vida, me siento más presente»; y otra más fina, que al reducir el público a las personas que tiene al lado deja de importarle cómo la perciben, porque hay menos gente mirándola.

La honestidad del final es lo que salva al texto de la moralina. Ahmad aclara que no es una ludita rigurosa, sigue leyendo noticias y Reddit en su teléfono de verdad, chismea, manda mensajes, y su tiempo de pantalla ronda las dos horas al día, aunque presume haber bajado de seis. A diferencia de los neoluditas, no quiere destruir las redes; les guarda cariño y las imagina usadas con moderación. Su conclusión es una imagen, no hace falta romperlas, basta con dejarlas en un rincón, sobre ese soporte de cerdito que le recuerda que las redes nunca debieron tomarse tan en serio.

El valor del ensayo está en el giro que propone, que a un problema tecnológico lo curó la fricción, un sillón, un teléfono viejo y un cerdo de plástico. Ahmad desarma la carrera de aparatos y aplicaciones antidistracción mostrando que erraban el diagnóstico, si el mal es la ubicuidad, el remedio es un sitio. Y esquiva los dos extremos, la adicción y el purismo, para quedarse en la moderación. Para quien vive con el celular pegado a la mano, la propuesta seduce por barata y por lúcida, y coincide, sin citarla, con una vieja idea que ya circuló en estas páginas, que a veces el antídoto contra el exceso está en volver a ponerle un límite de tiempo y de lugar a lo que dejamos entrar, más que en otro dispositivo.

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